viernes, 23 de enero de 2026

ESTAMBUL Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

ESTAMBUL Cuento de Patricia Steinhardt (Patricia Hart 
en arte) 

ESTAMBUL

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)

Un día, mi madre ya anciana, me dice:

—Hay Patri, no sabes lo que soñé; estaba en Estambul, paseaba por sus calles. —Mientras reía con ganas, dijo con sorpresa— ¡En Estambul! ¡Jamás se me ocurrió ir a Estambul!  No sé nada de Estambul. Compraba telas vistosas y abalorios exóticos…Estambul…hay, no sé cómo se me ocurrió soñar eso, caminaba con entusiasmo, había mucha gente, yo estaba vestida con sedas y gasas livianas que se movían con gracia. Estaba en Estambul y era feliz. —Ahora reía a mandíbula batiente y se recostaba sobre mi hombro para recobrar fuerzas—

Su risa era contagiosa y su asombro era de tal magnitud que lo único que yo hacía era escucharla y dejar libre mi propia carcajada. La tentación de risa duro largo rato y nos quitaba la respiración. Se nos caían las lágrimas de la risa. No podíamos parar. Intentamos controlarla, pero al mirarnos repetíamos al unísono:

—¡Estambul!— Y otra vez las carcajadas.

Creo, que un pensamiento fugaz se coló en mi cerebro, pero lo desestimé por distractivo; no podía permitir que nada interrumpiera ese momento.

La risa y la extrañeza de mi madre resonaban en mí, ocupando  todo mi ser, de modo de generar esa complicidad única con ella.  Al punto que comencé a percibir los olores de Estambul y  su universo sonoro. ¿Cuánto tardan dos personas en ingresar al espacio de la maravilla, donde no hay puertas, ni ventanas, ni llaves, ni oscuridades? Pues… ¡nada!... entran, así nomás, al portal de los espacios abiertos. Estábamos en el mismo sueño, estando despiertas. No es “moco de pavo”, compartir con otra persona la existencia simultánea de dos realidades que son complementarias y que  el común de las gentes las define como antagónicas y enfrentadas. Pero nosotras no éramos el común, nunca lo fuimos.

Desde chica siempre recordé mis propios sueños con detalle. Los terroríficos, esos que me despertaban a medianoche, toda transpirada y temblando de miedo,  me enseñaron sobre la fragilidad de la condición humana.

Otro tipo de sueños recurrentes y deliciosos,  siguen siendo aquellos en que  remonto vuelo,  y desde las alturas, veo la ciudad, o los campos y sus ondulaciones.  Me llenan de libertad  y afirman la  certeza de una realidad aparentemente imposible. Porque yo vuelo, literalmente, vuelo. Mi mundo onírico posee el poder de la realidad soñada. Que es una realidad. Es un lenguaje que completa la comprensión del mundo de “ojos abiertos”.


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