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| ESTAMBUL Cuento de Patricia Steinhardt (Patricia Hart en arte) |
ESTAMBUL
Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)
Un día, mi madre ya anciana, me dice:
—Hay Patri, no sabes lo que soñé; estaba en Estambul, paseaba por sus
calles. —Mientras reía con ganas, dijo con sorpresa— ¡En Estambul! ¡Jamás se me
ocurrió ir a Estambul! No sé nada de
Estambul. Compraba telas vistosas y abalorios exóticos…Estambul…hay, no sé cómo
se me ocurrió soñar eso, caminaba con entusiasmo, había mucha gente, yo estaba
vestida con sedas y gasas livianas que se movían con gracia. Estaba en Estambul
y era feliz. —Ahora reía a mandíbula batiente y se recostaba sobre mi hombro
para recobrar fuerzas—
Su risa era contagiosa y su asombro era de tal magnitud que lo único que yo
hacía era escucharla y dejar libre mi propia carcajada. La tentación de risa
duro largo rato y nos quitaba la respiración. Se nos caían las lágrimas de la
risa. No podíamos parar. Intentamos controlarla, pero al mirarnos repetíamos al
unísono:
—¡Estambul!— Y otra vez las carcajadas.
Creo, que un pensamiento fugaz se coló en mi cerebro, pero lo desestimé por
distractivo; no podía permitir que nada interrumpiera ese momento.
La risa y la extrañeza de mi madre resonaban en mí, ocupando todo mi ser, de modo de generar esa
complicidad única con ella. Al punto que
comencé a percibir los olores de Estambul y
su universo sonoro. ¿Cuánto tardan dos personas en ingresar al espacio de
la maravilla, donde no hay puertas, ni ventanas, ni llaves, ni oscuridades?
Pues… ¡nada!... entran, así nomás, al portal de los espacios abiertos. Estábamos
en el mismo sueño, estando despiertas. No es “moco de pavo”, compartir con otra
persona la existencia simultánea de dos realidades que son complementarias y
que el común de las gentes las define
como antagónicas y enfrentadas. Pero nosotras no éramos el común, nunca lo
fuimos.
Desde chica siempre recordé mis propios sueños con detalle. Los
terroríficos, esos que me despertaban a medianoche, toda transpirada y
temblando de miedo, me enseñaron sobre
la fragilidad de la condición humana.
Otro tipo de sueños recurrentes y deliciosos, siguen siendo aquellos en que remonto vuelo, y desde las alturas, veo la ciudad, o los
campos y sus ondulaciones. Me llenan de
libertad y afirman la certeza de una realidad aparentemente
imposible. Porque yo vuelo, literalmente, vuelo. Mi mundo onírico posee el
poder de la realidad soñada. Que es una realidad. Es un lenguaje que completa
la comprensión del mundo de “ojos abiertos”.

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