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| "A por ellos" Cuando los secretos oscuros se escapan por una rendija. Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en arte) De la Serie: "Cuestiones de hermanos" |
Las barreras y diques cerebrales que frenan y filtran los
impulsos más primitivos o los comentarios más crueles, permiten que las buenas relaciones se muevan
con fluidez en el intercambio social, nos
posibilitan instaurar conductas respetuosas hacia los otros y nos facilitan la
observación de las reglas de convivencia.
Funcionan como murallas que rechazan exabruptos e impiden el desarrollo de
instintos desbocados. Es cierto que algunas personas, por alguna enfermedad o
accidente, tienen afectada la región cerebral que controla estos impulsos. Y
adquieren costumbres que muestran una impertinencia rayana en la
agresividad. Dicen cualquier cosa en cualquier momento, sin importarles en lo
más mínimo qué repercusión pueden tener sus palabras en los demás. Se vuelven
soeces y atrevidos con las palabras y en sus actitudes corporales. Suelen maldecir e insultar con toda
naturalidad y resaltar cuestiones defectuosas de otros, con ensañamiento.
Si todos los integrantes de la sociedad padecieran estas
dolencias; digo, estas irregularidades y descontroles; la vida social sería
imposible de sobrellevar. Estaríamos inmersos en una sesgada y restringida
manera de vincularnos, donde imperaría la respuesta reactiva, irreflexiva, la
réplica inmediata, de rechazo y ataque. Todo se transformaría en una lucha sin
cuartel. Todo sería enfrentamiento, gritos, malhumores y discursos sentenciosos
y discriminatorios. Todo se reduciría a
ganar una batalla, como sea. La conocida expresión: ¡A por ellos!, tendría una vigencia absoluta.
En la vejez, puede suceder que esas secciones del cerebro
con tareas de control, se afecten, disminuyan sus potenciales, se vuelvan disfuncionales,
Cuando esto pasa, podemos ver cambios
abruptos en ancianos que habiendo sido moderados y considerados durante toda su
vida, de pronto, no tienen ningún problema en decir lo primero que se les
ocurre, o de relatar aspectos prohibidos
de sus experiencias anteriores y censurables para cualquier época.
Pero también, sin que medie ningún proceso degenerativo
cerebral, algunos ancianos, sabiendo que les queda poco tiempo, es que deciden de
forma consciente y calculada advertir a los que los escuchan, de algunas
conductas nefastas e inmorales vigentes en todas las épocas. De ciertos
comportamientos degradantes, que humillan a quienes los padecen, avergüenzan a los que los presencian y pocas veces a
quienes los ejecutan. Tienen apuro por derribar esas estructuras de la
simulación y el disimulo. Seguro que
piensan: “quiero liberar el espacio que me ocupa tanto secreto, que se sepa de
una vez por todas la verdad, quiero vaciar los cajones de mentiras y engaños, propios
y ajenos, yo no tengo nada que perder, no necesito aprobación, no está en juego
ningún premio por recibir, más vale que alerte a los otros, para que sepan cuán aberrantes podemos ser los
seres humanos. Ya no soporto tanto peso”.
Bueno, el caso es que en este segundo grupo yo ubico a mi
madre que con ciento diez años, sobrevivió a sus hermanos
menores, quince años; sobrevivió a su
marido, cuarenta años; sobrevivió a dos de sus hijos, cincuenta años y lo sobrevivió dos años a Diego Maradona. Después
se fue con mucha tranquilidad.
El asunto se dislocó durante el mundial de football de 2014,
donde Argentina perdió con Alemania en el estadio Maracaná de Río de Janeiro.
Ella profesaba adoración por Messi. El partido lo vimos en su casa. Quedó
conmocionada con el resultado. Ver el rostro de Messi con la decepción de la
derrota, fue insoportable para ambas. Ella no toleraba que los comentaristas
deportivos lo criticaran, que ensañados en encontrar un culpable,
lo señalaran como único responsable de tan negativo desenlace y lo
defenestraran. Estaba indignada y dijo:
—No
entiendo, tenemos un ídolo, un genio, un dotado y lo defenestran. Hay que verlo jugar. Es un fuera de reglas.
Bueno… en realidad sí entiendo…porque en la familia…en nuestra familia…las
reglas incumplidas se castigaban fiero…
Y dejó de hablar. El silencio que hizo, fue lo que me
sorprendió. Me llegó como una cachetada. Ella me miraba a los ojos con los
suyos bien abiertos, las cejas para arriba, la boca fruncida y ladeada,
mientras asentía con la cabeza a sus pensamientos. Utilizaba todo ese cuadro
gestual para reemplazar las palabras. Y en ese silencio me estaba diciendo:
—Hija,
si supieras…
—¿Qué
cosa, mamá? —le pregunté.
—Nada,
nada —respondió.
Mientras sosteníamos la mirada, la suya transfiguró a una
que censuraba su recuerdo. Bajó los párpados por un segundo para verlo mejor,
volvió a mirarme y dijo:
—Patri,
hoy no puedo. Demasiada conmoción. Otro día.
Quedé con una intriga feroz. Estuve a poco de
insistirle que me contara. Pero algo me
retuvo. Claro, mi cabeza comenzó a hilvanar otras situaciones que me habían
parecido intrascendentes, sin embargo, a la luz de ese momento, cobraron su justo
grado de importancia.
Es muy probable, que en anteriores encuentros ella
hubiese estado tanteando el momento oportuno para confidenciarme algunas cuitas
de los antepasados. Es posible que el
impacto que le produjo el desastroso resultado del partido, le dejara su chasis
emocional quebrado y por allí pugnaran por salir los secretos
oscuros, con urgencia de ver la luz.
La cuestión es que ya estaba el resquicio hecho, un tajo
en su memoria, por donde ya podía desangrarse a borbotones, todo asunto
críptico posible. Las angustias, ansias y anhelos de los que nos precedieron se
alinearon prolijitos en su mente. No es
que yo adivinara lo que ocurría en su cabeza, sino que días después deshilvanó
los acontecimientos con increíble orden.
A partir de ese momento estuve atenta a detectar su
disponibilidad para el abordaje a esas revelaciones. A su vez, ella buscaba en mí, la actitud abierta a
escucharla. Por lo que entonces, todo se redujo a que nuestras expectativas
coincidieran. No nos resultó difícil ese encuentro.
A la semana, llegué una tardecita a visitarla. Ella
miraba las noticias. Los reporteros estaban convulsionados por un episodio de
abuso sexual de un padre con sus hijas. Periodistas y entrevistados mostraban
indignación. Ella protestaba:
—No sé
por qué hacen tanto escándalo. Los que se muestran más berrinchudos, seguro
tienen un episodio parecido en sus familias.
Supe que ese era el momento esperado por ambas. Ni ahí, que
iba a perder la oportunidad, y le pregunté:
—¿Qué
estás diciendo mamá? —lo dije utilizando a propósito un cierto tono de censura,
sabiendo que esto a ella le resultaba provocativo y que se iba a despachar con
gusto, “sin pelos en la legua”, como quien dice.
—Lo que
escuchás. Se hacen los sorprendidos. En todas las generaciones se esconde una
de esas historias —explicó, con la satisfacción de que podría por fin aliviarse
del peso de los secretos.
—¿En
nuestra familia también? —pregunté.
—¡Por
supuesto! —respondió, natural y taxativa—. En mi infancia, cuando las esposas se negaban a cumplir con
sus deberes de alcoba, eran castigadas con dureza por sus maridos. Ya que la
regla imperante de satisfacer carnalmente, en cualquier momento, a sus maridos,
era ley. Y si alguien las infringía, era
escarmentada con severidad.
Pensé: ¡caramba la que se viene! Detuvo su relato a propósito, para que yo le
hiciera la pregunta que ella estaba esperando.
—¿A la
abuela le pasó eso? —Rió a carcajadas y señaló:
—A mi
madre, no, ella tenía pasión por mi padre. Pero sí le pasó a su hermana, tu tía
abuela Dolores.
Yo la recordaba de forma difusa, una mujer flaca,
ojerosa, vestía siempre de negro y muy
severa. A mí me atemorizaba su aspecto. Sí, tenía más presentes a sus dos hijas, las
primas de mi madre, La Gorda y Estelita. Venían a ser como mis tías segundas. Ellas
comenzaron a frecuentarnos luego que su madre Dolores falleció. Recordaba más
que nada a La Gorda, que reía todo el tiempo, era mi madrina y me encantaba
abrazarla, sobre todo porque volvía a sonreír, complacida. En mi cumpleaños
número diez, La Gorda y Estelita vinieron
a mi festejo en la casa grande. Me gustaba que nos visitaran. Con mi inocencia
de criatura, más el afecto que sentía por La Gorda, que no dejaba de reír, le pregunté:
—Gorda,
¿por qué ríes todo el tiempo? —Su respuesta fue una enorme sonrisa. La tenía
como dibujada y le cubría toda la cara. Fue la última vez que la vi. Después
que se fueron, mamá me dijo que ella no
estaba bien. Recién allí apareció la expresión: “no está bien de la cabeza”,
“está loca”. Yo no entendía qué era la locura. Lo único que yo sabía en ese
entonces es que se habían quedado solas en un gran departamento de barrio norte
y se mantenían con la renta de los campos que tenían en Salto, en los que
habían vivido hasta la pubertad. Mi mente infantil supuso que se habían venido
a Buenos Aires para estudiar y salir a bailar de noche. Claro que todas esas
suposiciones de mi niñez estaban “a años luz”, de la realidad que mi madre,
después de décadas de esa última visita, comenzó a desentrañar. Tomó aire y con
la rigurosidad de quien tiene organizado un relato desde hace tiempo y sin hacer pausa alguna, dijo:
—A tu tía abuela, Dolores Sierra,
hermana mayor de mi mamá, la habían casado con un Montes. Era su tío y le
llevaba veinte años. Tuvieron dos hijas, La Gorda y Estelita. Había sido un
casamiento concertado por conveniencia, no por amor. Un modo de ampliar las
haciendas de ambas familias, distribuidas en la Provincia de Buenos Aires y en
la de Córdoba. Eran descendientes de conquistadores españoles que habían
llegado a estos lares desde las cultas comarcas del Virreinato del Alto Perú, siguiendo las rutas del inca y
los caminos que otras tribus autóctonas utilizaron durante siglos. Mi madre, tu
abuela, viendo los padecimientos de su hermana Dolores, se juró en la
adolescencia que sólo se casaría por amor. Así lo hizo. Pero esa es otra
historia.
»Los
Sierra llegaron a Salto hacia el mil setecientos cincuenta, cuando todavía era
un fuerte. Las autoridades esperaron a que se convirtiera en pueblo, para ahorrar los dineros que
significaban mantener las milicias que defendían las zonas fronterizas con los
aborígenes insurrectos y reducían los ataques de los malones. Ya desde el
principio del siglo diecinueve, se pudieron nombrar a Arrecifes o a Salto como
pueblos. Los Sierra tenían vastas extensiones de tierra para pastoreo y
cultivos. Las familias se asentaron en cascos de estancias, apartadas unas de otras y lejos de los centros
administrativos. Este hecho las obligó a
conseguir una organización que les garantizaba una subsistencia independiente.
Se autoabastecían en cuanto a suministros elementales y en algunos aspectos, sociales y culturales. Solían tener
a su servicio, mujeres aborígenes, a las
que les decían, “chinitas”. Para
cubrir las tareas del campo reclutaban mestizos, negros y gauchos sumisos. Era
costumbre bien vista darles un trato casi de esclavos. Esto significaba que ante cualquier cuestión
que los “patrones” consideraran desobediencias, cometidas por la servidumbre o
la peonada, merecían un castigo. A los hombres los escarmentaban con unos
rebencazos y a las mujeres las sometían sexualmente.
»Los
señores de las estancias, cebados con tanta impunidad para administrar
correctivos a sus subalternos, aplicaron
parecidas sanciones a los miembros de su familia: hijos, hijas y esposa. Lo
hacían ante cualquier actitud que ellos consideraran rebeldías, indisciplinas o
cuestionamientos a las reglas que ellos mismos imponían o contrario a la
legalidad establecida de la época.
»Dolores,
nunca soportó a su marido impuesto. Desde el principio fue abordada con rudeza
y egoísmo. Sufría horrores. Tuvo a sus dos hijas, sin saber de placer o
dulzura. A veces lograba contarle a su hermana; mi madre, tu abuela; de sus
padecimientos. Como te dije, mi madre supo prometerse a sí misma que eso no le
sucedería y logró casarse enamorada y libre. Era un cascabel, divertida y
feliz. Mantenía el humor, hasta cuando tu abuelo, mi padre, le contaba que la
escultora tucumana Lola Mora, lo iba a visitar a su despacho del Ministerio de
Minería y Petróleo, para pedirle que le regalara el mármol que necesitaba para
sus obras. Ella le decía:
»—Hay
Willy, mira que sos pícaro —Y lo abrazaba riendo.
Sé que mi madre estuvo a punto de apartarse de su relato
principal para explayarse sobre ese
recuerdo. Por un instante, la emoción que quizás creyó perdida, la invadió. O
tal vez, comenzó a dudar por primera vez sobre la verdad de ese episodio. Sacudió
la cabeza y continuó:
»Como te
iba diciendo, Dolores fue desarrollando una profunda aversión hacia su marido.
Como ella se negaba a mantener relaciones, él la obligaba a hacerlo por la
fuerza. Era común verle el rostro amoratado durante las mañanas. Caminaba con
dificultad y sangraba entre las piernas. La Gorda y Estelita, llorando, la
abrazaban para consolarla. En uno de los tantos días en que se repitió la
escena, el padre miró a las tres mujeres abrazadas. Se acercó a ellas, alzó a cada una de las
niñas y las sentó en sillas separadas, lejos de su madre. Luego se sentó frente
a ellas, en un sillón de esterillas con apoyabrazos, mantuvo las piernas bien abiertas.
Se acomodó en el respaldo. Era corpulento y musculoso. Estiró una pierna. La otra la dejó flexionada
y sobre ella apoyó el brazo. Calzaba botas altas. En la otra mano tenía una
fusta de cuero con la que golpeteaba de forma suave y rítmica la caña de la bota. Detuvo la mirada en las hijas largo tiempo, en
silencio. Sin mirar a su mujer, le dijo:
»—Está
bien Dolores. Te juro que no te tocaré nunca más. —Entrecerró los ojos hasta
dejarlos como una línea, de la que se desprendió un brillo amenazador que
traspasó a las niñas. Esbozó apenas una sonrisa apretada, mientras se humedeció
los labios con la punta de la lengua.
»Era
hombre de palabra. Cumplió su juramento. Pero le dio lugar a conductas
deleznables, favorecidas por el aislamiento en el que vivían.
»Al poco
tiempo mis primas comenzaron a tener pesadillas y severos trastornos de
conducta y disfunciones orgánicas. La Gorda solía esconderse durante horas en
la cocina, detrás de las ollas, sartenes y las enormes vasijas de barro. Fueron
atendidas por una curandera que les recetó unos yuyos que hacían disminuir el
imaginario infantil exacerbado. Mucho después se supo, que la curandera había
sido sobornada con dinero para ocultar las verdaderas razones de los malestares
de las niñas.
»Una
noche, el marido se anunció en la
habitación de Dolores, con suaves golpecitos. Desde el día de la promesa, tenían
dormitorios separados. Ella, quitó el cerrojo y entreabrió la puerta con temor,
él no ingresó, no necesitaba hacerlo, estaba con el torso descubierto,
brilloso, transpirado, llevaba uno de sus brazos detrás de la espalda, como
escondiendo algo. Desde el umbral, le
dijo:
»—Ya has
visto que he cumplido el juramento. Pero mereces un castigo acorde, por
incumplir los deberes de esposa, de complacerme en la cama. Tus hijas te están
reemplazando. —Llevó el brazo escondido, hacia adelante. Del dedo índice
colgaban las ropas interiores de las niñas. Las balanceó cerca de su rostro y
las olfateó mientras entrecerraba los ojos con placer y añadió—: Por cierto,
son bastante obedientes.
»Y se
fue. Dolores cerró la puerta y desde ese momento comenzó a organizar su huida. Mientras
más se reponía Dolores, más se deterioraban sus niñas. Tardó un tiempo en
acomodar los distintos aspectos necesarios que garantizaran el éxito de su
plan. Para no levantar sospechas, hasta llegó a facilitarle los encuentros
privados con sus hijas.
»En uno
de los últimos pasos del plan, Dolores se ocupó de encontrar unas “chinitas” bien dotadas, para que
distrajeran a su marido de la obsesión con sus hijas. Con ardides y mañas logró
que las sirvientas, compradas en un asentamiento de aborígenes, se introdujeran en la habitación de su esposo.
Cuando se escucharon los suspiros intensos, las
corridas y las exclamaciones
propias de una orgía, entonces Dolores, que ya tenía todo preparado, huyó con La Gorda y Estelita a Buenos Aires. El
marido pasó dos noches y dos días de lujuria y borrachera, sin salir de su
habitación. Nada hizo cuando se enteró de la fuga. Hasta dicen que sintió
satisfacción de que así fuera. Tenía todo lo que necesitaba para continuar dominando
a su arbitrio. Con gusto enviaba periódicamente
a Buenos Aires todo lo necesario para garantizar el buen pasar de “las
fugitivas”, así se refería a ellas, con tono irónico. Que no les faltara nada, era una condición
implícita para justificar ante los demás ese distanciamiento, y evitar las
sospechas de los verdaderos motivos. Aunque en algunos círculos dudaron al
principio de las argumentaciones esgrimidas; que las niñas debían seguir sus
estudios, que el padre no podía desatender la estancia, que tanto habían
llorado las niñas porque no querían separarse de su padre, etcétera, etcétera; todos terminaron creyendo y aprobando la
decisión y las razones inventadas y las mentiras, como ciertas y verdaderas.
»Ocuparon
el departamento que tenían en la calle Arroyo. Estelita quedó deteriorada
físicamente, quedó chiquita, diminuta, como sin desarrollar y dejó de hablar durante muchos años. Hasta
creyeron que tenía lesionadas las cuerdas vocales. Le costaba mucho tragar. La
Gorda padecía horribles pesadillas, sus gritos alteraban toda la casa. Durante
el día, corría angustiada, buscando dónde esconderse, mientras decía:
»—Ya
vienen los soldados alemanes a atacarnos. Escucho el taconeo de sus botas. ¡Están
en el pasillo! ¡Son monstruos! ¡No quiero que me hagan más daño!
»Con una
cacerola en la cabeza, como casco, se metía debajo de los muebles y se negaba a
salir por horas. No había manera de hacerle entender que la guerra se
desarrollaba en Europa. Los momentos de
paz se borraron de la vida cotidiana y todo se transformó en un infierno. Dolores,
lejos de acompañar a las chicas con afecto para que volviesen a estabilizarse y
sanar de tantas violaciones, las trató con la misma dureza que ella había
padecido. Las ataba a las camas para que no se movieran y a La Gorda le ponía
una mordaza para silenciar sus alaridos. Crecieron en ese ambiente. Completaron
sus estudios del secundario y eso las mejoró bastante. Yo cursaba el cuarto
año, era un poco menor que mis primas. Yo sabía algo de sus experiencias
traumáticas. Sentía por ellas una mezcla de pena y afecto profundo. Compartíamos
nuestros encuentros, con charlas propias de jóvenes. Antes de que llegaran a
casa a visitarnos, mi madre siempre me decía:
»—Viene
mi hermana Dolores con tus primas a tomar el té. Parece que están serenas. Quédense
en el comedor las tres, mientras yo hablo con tu tía en la salita. Tenemos que
arreglar unas cuestiones y no queremos que nos interrumpan.
Mi madre tomó un respiro en su relato. Me dio tiempo a
deducir que en esa “salita”, mi tía abuela Dolores, le confidenciaba todo a su
hermana, con lujo de detalles. Tardaban horas en salir. Luego mi abuela, se lo
contó a mi madre y era lo que ahora me
estaba transmitiendo.
—¿La
querías mucho a La Gorda? —le pregunté.
—Sí
—respondió.
—¿Te
daba lástima? —insistí.
—Mucha.
—¿Por qué
la elegiste como mi madrina?
—Cuando
te vio recién nacida, quedó prendada. Te alzaba con un cuidado y una emoción
sorprendentes. Le gustaba tenerte en brazos y eran los únicos momentos en que
hacía gala de una lucidez brillante. Hasta pensaron que realmente estaba sana.
Todo lo que hizo, mientras fuiste bebé, fue tan convincente que pensé que si la
nombraba como tu madrina, eso la curaría de forma definitiva. Ya sea que
hablara de vos o te recordara, bastaba para que su comportamiento fuera
sosegado, su razonamiento normal y su diálogo, agradable y variado. Estuvo
presente en tus primeros cumpleaños. Luego desmejoró paulatinamente, hasta que
dejó de asistir. Hasta el día en que le preguntaste, por qué reía todo el
tiempo. Ese día vino a despedirse de vos. Esa era la condición que había puesto
para aceptar que la internaran en un manicomio. Cosa que ocurrió al día
siguiente y ella sabía que no volvería a verte, sabía que no saldría jamás de
allí. Murió al poco tiempo. No resistió los electroshocks, la mala alimentación
y los maltratos. Estaba muy deteriorada. El mismo día murió Estelita, de un
ataque al corazón, fulminante. No fue cierto lo que te dije, eso de que habían
muerto las dos en un accidente de tren.
Me escuché decir:
—¡Sí que
las arrolló un tren! ¡Pavada de tío abuelo me eché! Les pasó por encima con las
botas puestas. ¡Sí!, las arrolló como un tren.
Una pausa prolongada se hizo entre nosotras. Para mí, era
necesaria. No podía procesar con rapidez la abundancia y la magnitud de la
información de mi madre. Mis asociaciones eran vertiginosas, me venían como
pantallazos. Y mis sentimientos eran profundos, contrarios y simultáneos. Como
si estuviesen subidos en una montaña rusa, pasaban de la cima de la compasión a
una caída libre de asco, repugnancia y disgusto. Ella utilizó ese silencio como
una catapulta y prosiguió diciendo:
—Después
de que huyera Dolores, a su marido, Montes, le nacieron dos hijos varones al
mismo tiempo, uno por cada “chinita” que dejó preñada. Los recluyó en los
establos, mientras pergeñaba qué destino les daría. Para él, eran bastardos
desechables. Los hizo desaparecer. Las dos mujeres lograron escapar hacia los
montes. Hubieran tenido igual destino. Conocedoras del frondoso terreno se
escondieron de tal modo que fue imposible encontrarlas. Una noche regresaron y no
les resultó difícil escabullirse en la estancia. Los perros no les ladraron,
tampoco se oyeron relinchos de caballos, ni el canto del urutaú. Llegaron a la habitación, que estaba en
penumbras. Sabían muy bien qué iban a hacer. Calzaban facones largos de
degüello. A Montes lo vieron desnudo, sentado sobre la cama, en una extraña
posición. Estaba inmóvil, demasiado inmóvil. Se acercaron con sigilo. Un olor
acre flotaba en el aire. Olía a muerte. Una estaca clavada vertical en la cama
servía para mantener su espalda derechita. Una soga de cuero trenzado debajo de los
sobacos le ajustaba el torso a la estaca. Sobre la frente, otra soga le
sostenía erguida la cabeza. Tenía las
piernas cruzadas, las botas puestas, las manos sobre un charco de sangre
sosteniendo su miembro separado del cuerpo. Y en el rostro le habían cocido una
sonrisa eterna, el tajo le llegaba hasta las orejas. Lo dejaron sin párpados,
para que pudiera ver su trágico destino, aún muerto. Las mujeres salieron, sin
hacer nada, sin dejar rastros, alguien se les había adelantado. A la mañana
siguiente lo encontró la peonada. Dieron aviso a la comandancia. No pudieron
culparlos porque justo los peones habían compartido con las milicias, una
juerga nocturna en el pueblo. Tampoco encontraron al culpable, ni ese día, ni
nunca. Dicen que en el medio del baile sobre la medianoche se escuchó retumbar
una carcajada femenina. Te dije, las faltas en la familia se castigaban fiero.
Cualquier tipo de faltas a cualquier tipo de reglas.
Suspendió el relato, como quien lo da por finalizado. Desvió la mirada hacia el televisor. Yo le
había bloqueado el sonido para que no nos interfiriera. Pero continuaban con la
misma noticia del padre violador. Repetían una y otra vez, la grabación de las
locaciones donde habían transcurrido los hechos, las declaraciones de testigos
y los comentarios de cualquiera que se acercara a sus micrófonos. Entonces
dijo:
—¡Esos
periodistas son unos estúpidos! Se creen que tienen una “exclusiva”, esa
noticia es de hace un siglo. ¡Y vaya a saber desde cuánto tiempo antes se viene
repitiendo! La historia de una sola familia es suficiente para ejemplificar
toda la escala de sentimientos y emociones de los seres humanos, desde los más
generosos y heroicos hasta los más egoístas y traicioneros. ¿No te parece?
Tardé en responderle porque debí esperar a que el aluvión
de sentimientos encontrados que me habían invadido durante su relato, dejaran
de entreverarse, se calmaran. Con lentitud comenzó abrirse un resquicio de luz
en mi propia memoria que iluminó algunos recuerdos. Advertí cómo se iban
agrupando en felices o
desagradables. Descubrí cómo sobre los
más secretos, se había encendido un alerta. Y lo que vislumbré me llevó a
decirle:
—Me
parece, que llevas razón.

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