viernes, 23 de enero de 2026

EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la serie: Cuestiones de hermanos


                                  "El asunto de la hermandad es un infierno" Cuento de Patricia

                                  Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la Serie: "Cuestiones

                                  de hermanos"

EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) de la serie: Cuestiones de hermanos

"Te recomiendo Contar hasta diez. Contar hasta diez antes de levantar la voz, antes de agredir, antes de acusar. Contar hasta diez, antes de dañar, antes de romper, antes de engañar. Te recomiendo... Contar hasta diez. Contar hasta diez, antes de presumir, antes de negar, antes de abandonar. Contar hasta diez, hasta diez nada más... Es el tiempo que se necesita para no arrepentirse jamás..."

Entiendo que mi capacidad para observar las actitudes de los demás de manera tan exquisita, se debe a varias cuestiones: una, la sensibilidad natural con la que vine de marca —para ver más allá de lo que se dice o hace— el nivel de empatía, la capacidad de comprensión y mi profesión como actriz, escritora y directora. Estas expresiones parecerán un poco soberbias, y es probable que lo sean, pero la intención de este escrito no es ni desarrollar ni incluir mis debilidades, que las tengo, como todos. Por otro lado, qué me importa pecar de soberbia, por decirlo de alguna manera. Perdón, estoy tentada de risa. Con todos los años que tengo encima, alrededor y adentro, estoy harto habilitada para decir las cosas como las digo —siempre después de mucha reflexión— de remarcar lo que observo, de escribir la vida misma. ¿Vio, este chico, cómo son las cosas?

El asunto es que llegó el día de la escritura de la venta del departamento grande que nos quedó a los 11 hermanos como herencia de nuestros padres, bueno: nueve hermanos vivos y por los dos fallecidos, estaban los seis sobrinos, algunos presentes y otros representados con poderes. En reuniones previas de los hermanos y los sobrinos, mis hermanos habían querido descontarles a los sobrinos, de la parte proporcional que les correspondía de la herencia, lo que ellos habían puesto para ayudar a mamá. En esa reunión dejé sentado lo que había sostenido por años. Que lo que cada hermano aporta de dinero a su madre no es deuda entre hermanos y menos de los seis sobrinos, hijos de nuestros dos hermanos fallecidos. ¡Una locura de avidez descontrolada, de egoísmo extremo, de distorsión descabellada!

Mi hermana Florencia, que justo se sentó frente a mí, me miraba con insistencia, su cara ya no era la de ella, era la de mamá cuando se ponía prepotente y autoritaria y agresiva, cuestión que los hermanos se negaban a reconocer en mamá, pero que obviamente la  habían padecido.  Pero que ahora, después de muerta, era una santa mujer, casi virgen. Lo digo así, con esta expresión absurda de mi mamá virgen, para dejar registrado el nivel de negación de la realidad y de idealización preponderante de la persona de mamá, de parte de  la mayoría de mis hermanos.  La mirada de Florencia era la de una persona desequilibrada, obsesiva, impulsiva resentida. Florencia, me buscaba para molestarme. Yo estaba en otra,  total, tranquila, en paz. De pronto no pudo más y con movimientos de la boca y en silencio (es muy zorra) balbucea una palabra que no entiendo.  De no haber estado alertada yo, de que eso podía sucederle, me hubiera asustado, pero sólo me movió a la compasión y hacerle una sonrisa, mientras le dije: no es el ámbito, éste,  para tratar ningún asunto, en todo caso se puede hacer después. Reaccionó con un: “nunca”, que sonó como un disparo preparado con tiempo en la recámara de una pistola, antes de cometer un asesinato ya premeditado y calculado.  Ya hacía rato que Florencia había adoptado esa forma tan odiosa de madre autoritaria: era clarísimo, se expresaba así, “tus hermanos, tal cosa, tus hermanos tal otra”. Eso lo puede decir una madre. Un hermano, cuando se refiere a sus otros hermanos dice por ejemplo: nosotros o nosotras, se incluye. Y no era el caso de Florencia. De terror, lo peor era que no era consciente y tampoco lo iba a poder elaborar. Ella desde ese lugar en que se había ubicado, vaya a saber por qué, bajaba línea todo el tiempo y confabulaba sin ningún pudor, contra el que pensara diferente. ¿Intrigas palaciegas? Un poroto. Se nota que le había quedado como aprendizaje posible, esa maldita costumbre que tenía mamá de criticar a uno de nuestros hermanos, todos y cualquiera, cuando estaba sola con alguno. Yo me di cuenta de ese mecanismo de mamá, desde muy temprano y no dudé en preguntarle, ¿por qué hacía eso? luego, un poquito más grande, llegué a decirle que no estaba bueno que me criticara a fulano o a mengana, que eso sólo producía malestar, que lo único que lograba era fomentar enemistad entre hermanos. Ella intentaba con este modo que adhiriéramos a su crítica atroz y destructiva. Por último le prohibí que me criticara a los hermanos. Se quedó muda. Para que mamá se quedara muda, debía suceder algo (¿cómo lo diría?) sobrenatural. Eso. Claro está, que cuando mamá me criticó despiadadamente, todos le creyeron y fue allí donde se produjo la mayor injusticia de mi vida. Menos mal que años después, mamá, estando en Azcuénaga, me dijo: “Patri, perdóname por todo lo que te hice sufrir”. Eso, mientras estábamos abrazadas. Por supuesto sabíamos que se refería a ese episodio tan perverso. Lástima que su orgullo no le permitió explicarles a mis hermanos, cuánto se había equivocado conmigo. ¿Mis hermanos?, ni qué hablar, se abrazaron como un rito a esas difamaciones de mi madre y mantuvieron durante 25 años las falsedades sobre mí, desprestigiándome. ¿Mis hermanos?, un infierno, el Ku Klux Klan.

Alejandro, el menor de todos los hermanos y pronto a cumplir 60 años, el día ese; el de la escritura del departamento grande; se sentó a mi lado, por supuesto sin saludar, cosa que yo sabía iba a suceder, igual que con los demás. Yo sabía que nadie se iba a atrever a saludarme, y así fue. Dejé que Alejandro hiciera y ni siquiera giré hacia él, para no abrir, ningún tipo de intercambio. Todo iba bien, hasta que en un momento  percibí que algo iba a hacer. No tardó mucho tiempo y lo tenía de pie, detrás de mí, apoyándose en el respaldo de mi silla y moviéndola, para molestarme, al mejor estilo de niño patotero, provocando a un compañero. Puede ser que el inconsciente lo haya traicionado, sí, puede ser, y que su disgusto se le escapara “inconscientemente” de ese modo. Pero dada la circunstancia que él, en un momento de nuestras vidas, me había reconocido que se había comportado conmigo de forma perversa, (esa fue la palabra que usó), puedo entonces afirmar que esa provocación que ponía en movimiento era adrede. Era costumbre suya contarnos, cómo en muchas oportunidades bardeaba a sus alumnos o se las ingeniaba para molestarlos por algún motivo. Alejandro, a medida que creció, fue perfeccionando el manejo de la ironía. Para mí, ese mecanismo es agotador, violento  y destructivo. Me levanté y me cambié de silla.

La escribanía contaba con una máquina que cuenta los billetes y detecta los falsos. La escribana nos ofreció que ponía a nuestra disposición una secretaria de su estudio, especialista en hacer funcionar el aparato. Asentimos. No bien comenzó la operación 5 o 6 de mis hermanos rodearon la máquina. Yo los veía de espaldas. No era una visión agradable. Estaban curiosos y controladores y eso es correcto, normal, necesario. El asunto es que no era agradable verlos porque cuando yo preguntaba algo o quería sacar un número o hacer una cuenta, inmediatamente se enojaban mal y me agredían o decían que yo desconfiaba o que no valoraba el trabajo del otro. De locos. Realmente, patético. La especialista  y voz cantante de este proceder era Adrianita. Todas las veces que nos reuníamos hacía un acting donde lloraba y decía que nadie le agradecía (o algunos) Se engolosinó mal, a medida que pasó el tiempo y transformó para ella, lo que sería hacer cuentas, en un  despliegue de poder y soberbia, donde no aceptaba que cometía algún error, que “el sistema lo dice, es infalible”, decía,  y donde ella distribuía sólo la información escueta que le parecía. Desde chiquita le encantaba hacer cuentas. Lo mismo en estos episodios. Tenía un mensaje contradictorio al límite: consistía en reservarse las cuentas, protestar por el tiempo que le demandaba hacerlas e imposibilitar de una y mil maneras que otros lo hicieran,  con arteras y mentirosos recursos. No daba explicaciones, y maltrataba al que le preguntaba. Bueno, especialmente a mí. Estaba como ensañada, intentando cobrarme vaya a saber qué deuda infantil que me adjudicaba. Problema de ella. Patético.

Adriana se había sentado en la cabecera de la mesa de la escribanía y había desplegado su computadora, con las planillas infalibles, según ella. La flanqueaba mi hermana mayor que no dejaba de cuchichearle cosas, y que estaba provista de papel y lápiz. Mi Dios, si yo hubiese pelado lápiz y papel, se me hubieran abalanzado como fieras, como ya lo habían hecho en otras tantas oportunidades. Es decir, las cuentas, las hacen dos o tres y los demás asienten, sin preguntar y si preguntan, los castigan, desestiman, agreden, ningunean, les faltan el respeto, los excomulgan y expulsan de la comunidad. ¡Pero mirá qué lindo ch’amigo!! ¡Mirá ch`amigo como repiten la prepotencia aprendida de la madre”

Desde joven, cuando yo recién comencé a trabajar y todavía vivía con mis padres y hermanos, todos los meses colaboraba con la mitad de mi sueldo para ayudar a mis padres y hermanos. Y en una oportunidad durante esos años, que mi padre sufría penurias económicas le entregué la totalidad de un dinero de una indemnización que yo había cobrado. Era una buena suma. A mí me producía mucha alegría y orgullo aportar. Sí, es verdad, lo hacía, de algún modo, postergando satisfacer cuestiones que una joven necesita cubrir. No puedo olvidar la alegría de mis hermanos chiquitos, cuando yo les compraba algo a ellos en forma especial. O la actitud de mi padre de agradecimiento y un poco de pesar al mismo tiempo, por tener que pedirme dinero.

Siento además un orgullo muy grande de haber ayudado a mis hermanos, y a muchos de mis sobrinos y sobrinas de distintas maneras durante toda mi vida. Es hermoso y multiplicador. También seguí ayudando con dinero a mamá cuando murió papá. Lo único es que jamás quise que se anotaran mis aportes en una lista que habían hecho los hermanos. ¿Por qué?

El dinero que cada hijo le dio a nuestros  padres, para su bienestar y sostén, en distintos momentos de nuestra historia —  consecuentemente con lo que pienso como principio desde hace años, y de lo cual los hermanos están enterados desde ese entonces— no se convierte en deuda entre hermanos, ni es préstamo de dinero entre hermanos, que deba ser  reintegrado o devuelto o restado  de la onceava parte que le corresponde legalmente a cada uno por la venta de las propiedades heredadas.   Tanto me refiero a la plata que yo puse cuando pude, haciendo sacrificios, como la que pusieron otros hermanos cuando pudieron, haciendo sacrificios.

Por eso, el día de la escritura de la venta del departamento grande fue La Liberación del Infierno. 



 

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