martes, 27 de enero de 2026

“TIRAR LA TOALLA EN EL CUADRILÁTERO DEL PENSAMIENTO” Artículo de Patricia Steinhardt (Patricia Hart, en Arte) / Teatro y Neurociencias

 


“TIRAR LA TOALLA EN EL CUADRILÁTERO DEL PENSAMIENTO”

Artículo de Patricia Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)  / Teatro y Neurociencias

Artículo de Patricia Steinhardt, Patricia Hart
en arte / Teatro y Neurociencias


La realidad vista desde la perspectiva de la articulación Ciencia-Arte

 ¡Y claro! Si en el título ya sugiero un ring de boxeo, es inevitable que a quien lo lea, aunque no sea consciente, le aparezca en el cerebro una contienda, un enfrentamiento, una lucha de box entre rivales,  una competencia donde gana el mejor, el más hábil, el más fuerte, el más resistente, el más creativo, el más astuto, el más inteligente, el más talentoso, el más entrenado, el más plástico, en fin, “el más, en algo”. Y pierde el menos…bueno, amigos, no voy a desarrollar ni enumerar los menos,  porque se sobrentienden.

 Sólo bastó un título para que en el lector se disparara el chip de todos los mecanismos cerebrales y de la memoria cultural que responde al paradigma que nos fue dado casi genéticamente, (casi),  y que privilegia como valor por antonomasia del ser humano, el ganar la batalla, el salir victorioso, el vencedor, el que tiene poder sobre el otro porque es más y lo provee de privilegios.

Tiene sentido en una competencia deportiva, que gracias a dios (o a quien quieran) permite y posibilita hacer “catarsis” de esa condición, tanto en los deportistas, como en quienes los observan (para el cerebro es lo mismo).

Pero el “cuadrilátero” que propongo está en nuestras cabezas. Este cerebro peleador y “cocorito”  (los que tienen años “de más”, disfrutarán  este término) que llevamos adentro de la caja craneal, se las trae:

 —¡En esta esquina el campeón de las emociones y los sentimientos!  !Y en esta otra esquina, el campeón del razonamiento abstracto y la reflexión!

 Caramba, amigos, parece que el enfrentamiento en nuestro cerebro, en esta noche de boxeo “internacionalinterno”, promete un espectáculo imperdible. Menos mal que lo tenemos adentro nuestro, porque lo podemos visualizar cuando queramos y sin que nadie se entere de su contenido. Bueno no es tan así de que nadie se entera, digo, ya que  si alguien nos está observando, ya sea por el lenguaje corporal o las expresiones del  rostro o el tipo de  mirada que manifestemos, puede considerarlas como  pautas para deducir que algo nos sucede, que algo nos está afectando.  Pero esto último,  no es motivo de este artículo.

 El cerebro no puede mantener por mucho tiempo estas contiendas de campeones, con la intensidad que exige su desarrollo.  Por alguna razón los rounds en el box, son de tan pocos minutos. El desgaste es inconmensurable.

Algunos temas que captura nuestro “acorazonadocerebro” se acomodan perfectamente en la categoría de competencia espectacular de altísimo rendimiento  extra-cotidiano.

Cabe hacernos una pregunta: ¿Cuánto tiempo un ser humano puede mantener ese estado de exigencia extrema con sus contendientes cerebrales? ¿Acaso, es posible que los managers y los popes y empresarios del boxeo, armen y exijan a los boxeadores, que jueguen por ejemplo, 40 rounds seguidos? ¿Es posible? Supongamos que sí. Supongamos que es posible.

 Entonces el espectáculo cambiaría su razón de ser, su móvil, su sentido y  se transformaría de catarsis deportiva, a placer perverso de los observadores al ver el inevitable proceso de desintegración de los dos participantes / de deterioro / aniquilamiento / extinción / muerte / hasta que ambos tiran la toalla en el cuadrilátero / y otros los sacan como despojos y los recaudadores de las apuestas se embolsan las ganancias  /  y los organizadores del evento, festejan que se han  llenado de dinero, a sabiendas que otros dos luchadores están esperando para subir al ring.

.¿De qué estamos hablando? ¿Cuál sería la concepción y el objetivo profundo que persigue quien planifica tan drástico espectáculo?  Y volviendo al cuadrilátero del cerebro, ¿también colapsan nuestros campeones? ¿Tal vez sea una metáfora?

 Tengo para mí, las asociaciones y posibles respuestas que se me han ocurrido. Pero no las transcribo porque no superararán nunca las vuestras. Me asumo limitada y confieso el temor que me produce aventurar restringidas opciones.

 

 Ah, me olvidaba decirles que me encanta ver  box, cuando los deportistas lo transforman en una “lucha-arte” / cuando hacen un despliegue de exactitud de observación en millonésimas de segundo del contrincante / y en millonésimas de segundo reaccionan en ataque o en defensa / cuando el árbitro cuida a los jugadores / cuando los entrenadores los estimulan o apaciguan / cuando ellos disfrutan con pasión sus cualidades / cuando se abrazan al final / cuando se reconocen / cuando comparten y construyen entre los dos y el público, el acontecimiento deportivo / cuando son aplaudidos por los espectadores y entonces, felices y satisfechos de haber dado lo mejor que cada uno podía, se retiran del cuadrilátero para descansar y entrenarse con pasión para un próximo encuentro. Y otro encuentro y otro encuentro y otro más, por siempre.

 Abrazos para todos.

viernes, 23 de enero de 2026

ESTAMBUL Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

ESTAMBUL Cuento de Patricia Steinhardt (Patricia Hart 
en arte) 

ESTAMBUL

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)

Un día, mi madre ya anciana, me dice:

—Hay Patri, no sabes lo que soñé; estaba en Estambul, paseaba por sus calles. —Mientras reía con ganas, dijo con sorpresa— ¡En Estambul! ¡Jamás se me ocurrió ir a Estambul!  No sé nada de Estambul. Compraba telas vistosas y abalorios exóticos…Estambul…hay, no sé cómo se me ocurrió soñar eso, caminaba con entusiasmo, había mucha gente, yo estaba vestida con sedas y gasas livianas que se movían con gracia. Estaba en Estambul y era feliz. —Ahora reía a mandíbula batiente y se recostaba sobre mi hombro para recobrar fuerzas—

Su risa era contagiosa y su asombro era de tal magnitud que lo único que yo hacía era escucharla y dejar libre mi propia carcajada. La tentación de risa duro largo rato y nos quitaba la respiración. Se nos caían las lágrimas de la risa. No podíamos parar. Intentamos controlarla, pero al mirarnos repetíamos al unísono:

—¡Estambul!— Y otra vez las carcajadas.

Creo, que un pensamiento fugaz se coló en mi cerebro, pero lo desestimé por distractivo; no podía permitir que nada interrumpiera ese momento.

La risa y la extrañeza de mi madre resonaban en mí, ocupando  todo mi ser, de modo de generar esa complicidad única con ella.  Al punto que comencé a percibir los olores de Estambul y  su universo sonoro. ¿Cuánto tardan dos personas en ingresar al espacio de la maravilla, donde no hay puertas, ni ventanas, ni llaves, ni oscuridades? Pues… ¡nada!... entran, así nomás, al portal de los espacios abiertos. Estábamos en el mismo sueño, estando despiertas. No es “moco de pavo”, compartir con otra persona la existencia simultánea de dos realidades que son complementarias y que  el común de las gentes las define como antagónicas y enfrentadas. Pero nosotras no éramos el común, nunca lo fuimos.

Desde chica siempre recordé mis propios sueños con detalle. Los terroríficos, esos que me despertaban a medianoche, toda transpirada y temblando de miedo,  me enseñaron sobre la fragilidad de la condición humana.

Otro tipo de sueños recurrentes y deliciosos,  siguen siendo aquellos en que  remonto vuelo,  y desde las alturas, veo la ciudad, o los campos y sus ondulaciones.  Me llenan de libertad  y afirman la  certeza de una realidad aparentemente imposible. Porque yo vuelo, literalmente, vuelo. Mi mundo onírico posee el poder de la realidad soñada. Que es una realidad. Es un lenguaje que completa la comprensión del mundo de “ojos abiertos”.


EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la serie: Cuestiones de hermanos


                                  "El asunto de la hermandad es un infierno" Cuento de Patricia

                                  Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la Serie: "Cuestiones

                                  de hermanos"

EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) de la serie: Cuestiones de hermanos

"Te recomiendo Contar hasta diez. Contar hasta diez antes de levantar la voz, antes de agredir, antes de acusar. Contar hasta diez, antes de dañar, antes de romper, antes de engañar. Te recomiendo... Contar hasta diez. Contar hasta diez, antes de presumir, antes de negar, antes de abandonar. Contar hasta diez, hasta diez nada más... Es el tiempo que se necesita para no arrepentirse jamás..."

Entiendo que mi capacidad para observar las actitudes de los demás de manera tan exquisita, se debe a varias cuestiones: una, la sensibilidad natural con la que vine de marca —para ver más allá de lo que se dice o hace— el nivel de empatía, la capacidad de comprensión y mi profesión como actriz, escritora y directora. Estas expresiones parecerán un poco soberbias, y es probable que lo sean, pero la intención de este escrito no es ni desarrollar ni incluir mis debilidades, que las tengo, como todos. Por otro lado, qué me importa pecar de soberbia, por decirlo de alguna manera. Perdón, estoy tentada de risa. Con todos los años que tengo encima, alrededor y adentro, estoy harto habilitada para decir las cosas como las digo —siempre después de mucha reflexión— de remarcar lo que observo, de escribir la vida misma. ¿Vio, este chico, cómo son las cosas?

El asunto es que llegó el día de la escritura de la venta del departamento grande que nos quedó a los 11 hermanos como herencia de nuestros padres, bueno: nueve hermanos vivos y por los dos fallecidos, estaban los seis sobrinos, algunos presentes y otros representados con poderes. En reuniones previas de los hermanos y los sobrinos, mis hermanos habían querido descontarles a los sobrinos, de la parte proporcional que les correspondía de la herencia, lo que ellos habían puesto para ayudar a mamá. En esa reunión dejé sentado lo que había sostenido por años. Que lo que cada hermano aporta de dinero a su madre no es deuda entre hermanos y menos de los seis sobrinos, hijos de nuestros dos hermanos fallecidos. ¡Una locura de avidez descontrolada, de egoísmo extremo, de distorsión descabellada!

Mi hermana Florencia, que justo se sentó frente a mí, me miraba con insistencia, su cara ya no era la de ella, era la de mamá cuando se ponía prepotente y autoritaria y agresiva, cuestión que los hermanos se negaban a reconocer en mamá, pero que obviamente la  habían padecido.  Pero que ahora, después de muerta, era una santa mujer, casi virgen. Lo digo así, con esta expresión absurda de mi mamá virgen, para dejar registrado el nivel de negación de la realidad y de idealización preponderante de la persona de mamá, de parte de  la mayoría de mis hermanos.  La mirada de Florencia era la de una persona desequilibrada, obsesiva, impulsiva resentida. Florencia, me buscaba para molestarme. Yo estaba en otra,  total, tranquila, en paz. De pronto no pudo más y con movimientos de la boca y en silencio (es muy zorra) balbucea una palabra que no entiendo.  De no haber estado alertada yo, de que eso podía sucederle, me hubiera asustado, pero sólo me movió a la compasión y hacerle una sonrisa, mientras le dije: no es el ámbito, éste,  para tratar ningún asunto, en todo caso se puede hacer después. Reaccionó con un: “nunca”, que sonó como un disparo preparado con tiempo en la recámara de una pistola, antes de cometer un asesinato ya premeditado y calculado.  Ya hacía rato que Florencia había adoptado esa forma tan odiosa de madre autoritaria: era clarísimo, se expresaba así, “tus hermanos, tal cosa, tus hermanos tal otra”. Eso lo puede decir una madre. Un hermano, cuando se refiere a sus otros hermanos dice por ejemplo: nosotros o nosotras, se incluye. Y no era el caso de Florencia. De terror, lo peor era que no era consciente y tampoco lo iba a poder elaborar. Ella desde ese lugar en que se había ubicado, vaya a saber por qué, bajaba línea todo el tiempo y confabulaba sin ningún pudor, contra el que pensara diferente. ¿Intrigas palaciegas? Un poroto. Se nota que le había quedado como aprendizaje posible, esa maldita costumbre que tenía mamá de criticar a uno de nuestros hermanos, todos y cualquiera, cuando estaba sola con alguno. Yo me di cuenta de ese mecanismo de mamá, desde muy temprano y no dudé en preguntarle, ¿por qué hacía eso? luego, un poquito más grande, llegué a decirle que no estaba bueno que me criticara a fulano o a mengana, que eso sólo producía malestar, que lo único que lograba era fomentar enemistad entre hermanos. Ella intentaba con este modo que adhiriéramos a su crítica atroz y destructiva. Por último le prohibí que me criticara a los hermanos. Se quedó muda. Para que mamá se quedara muda, debía suceder algo (¿cómo lo diría?) sobrenatural. Eso. Claro está, que cuando mamá me criticó despiadadamente, todos le creyeron y fue allí donde se produjo la mayor injusticia de mi vida. Menos mal que años después, mamá, estando en Azcuénaga, me dijo: “Patri, perdóname por todo lo que te hice sufrir”. Eso, mientras estábamos abrazadas. Por supuesto sabíamos que se refería a ese episodio tan perverso. Lástima que su orgullo no le permitió explicarles a mis hermanos, cuánto se había equivocado conmigo. ¿Mis hermanos?, ni qué hablar, se abrazaron como un rito a esas difamaciones de mi madre y mantuvieron durante 25 años las falsedades sobre mí, desprestigiándome. ¿Mis hermanos?, un infierno, el Ku Klux Klan.

Alejandro, el menor de todos los hermanos y pronto a cumplir 60 años, el día ese; el de la escritura del departamento grande; se sentó a mi lado, por supuesto sin saludar, cosa que yo sabía iba a suceder, igual que con los demás. Yo sabía que nadie se iba a atrever a saludarme, y así fue. Dejé que Alejandro hiciera y ni siquiera giré hacia él, para no abrir, ningún tipo de intercambio. Todo iba bien, hasta que en un momento  percibí que algo iba a hacer. No tardó mucho tiempo y lo tenía de pie, detrás de mí, apoyándose en el respaldo de mi silla y moviéndola, para molestarme, al mejor estilo de niño patotero, provocando a un compañero. Puede ser que el inconsciente lo haya traicionado, sí, puede ser, y que su disgusto se le escapara “inconscientemente” de ese modo. Pero dada la circunstancia que él, en un momento de nuestras vidas, me había reconocido que se había comportado conmigo de forma perversa, (esa fue la palabra que usó), puedo entonces afirmar que esa provocación que ponía en movimiento era adrede. Era costumbre suya contarnos, cómo en muchas oportunidades bardeaba a sus alumnos o se las ingeniaba para molestarlos por algún motivo. Alejandro, a medida que creció, fue perfeccionando el manejo de la ironía. Para mí, ese mecanismo es agotador, violento  y destructivo. Me levanté y me cambié de silla.

La escribanía contaba con una máquina que cuenta los billetes y detecta los falsos. La escribana nos ofreció que ponía a nuestra disposición una secretaria de su estudio, especialista en hacer funcionar el aparato. Asentimos. No bien comenzó la operación 5 o 6 de mis hermanos rodearon la máquina. Yo los veía de espaldas. No era una visión agradable. Estaban curiosos y controladores y eso es correcto, normal, necesario. El asunto es que no era agradable verlos porque cuando yo preguntaba algo o quería sacar un número o hacer una cuenta, inmediatamente se enojaban mal y me agredían o decían que yo desconfiaba o que no valoraba el trabajo del otro. De locos. Realmente, patético. La especialista  y voz cantante de este proceder era Adrianita. Todas las veces que nos reuníamos hacía un acting donde lloraba y decía que nadie le agradecía (o algunos) Se engolosinó mal, a medida que pasó el tiempo y transformó para ella, lo que sería hacer cuentas, en un  despliegue de poder y soberbia, donde no aceptaba que cometía algún error, que “el sistema lo dice, es infalible”, decía,  y donde ella distribuía sólo la información escueta que le parecía. Desde chiquita le encantaba hacer cuentas. Lo mismo en estos episodios. Tenía un mensaje contradictorio al límite: consistía en reservarse las cuentas, protestar por el tiempo que le demandaba hacerlas e imposibilitar de una y mil maneras que otros lo hicieran,  con arteras y mentirosos recursos. No daba explicaciones, y maltrataba al que le preguntaba. Bueno, especialmente a mí. Estaba como ensañada, intentando cobrarme vaya a saber qué deuda infantil que me adjudicaba. Problema de ella. Patético.

Adriana se había sentado en la cabecera de la mesa de la escribanía y había desplegado su computadora, con las planillas infalibles, según ella. La flanqueaba mi hermana mayor que no dejaba de cuchichearle cosas, y que estaba provista de papel y lápiz. Mi Dios, si yo hubiese pelado lápiz y papel, se me hubieran abalanzado como fieras, como ya lo habían hecho en otras tantas oportunidades. Es decir, las cuentas, las hacen dos o tres y los demás asienten, sin preguntar y si preguntan, los castigan, desestiman, agreden, ningunean, les faltan el respeto, los excomulgan y expulsan de la comunidad. ¡Pero mirá qué lindo ch’amigo!! ¡Mirá ch`amigo como repiten la prepotencia aprendida de la madre”

Desde joven, cuando yo recién comencé a trabajar y todavía vivía con mis padres y hermanos, todos los meses colaboraba con la mitad de mi sueldo para ayudar a mis padres y hermanos. Y en una oportunidad durante esos años, que mi padre sufría penurias económicas le entregué la totalidad de un dinero de una indemnización que yo había cobrado. Era una buena suma. A mí me producía mucha alegría y orgullo aportar. Sí, es verdad, lo hacía, de algún modo, postergando satisfacer cuestiones que una joven necesita cubrir. No puedo olvidar la alegría de mis hermanos chiquitos, cuando yo les compraba algo a ellos en forma especial. O la actitud de mi padre de agradecimiento y un poco de pesar al mismo tiempo, por tener que pedirme dinero.

Siento además un orgullo muy grande de haber ayudado a mis hermanos, y a muchos de mis sobrinos y sobrinas de distintas maneras durante toda mi vida. Es hermoso y multiplicador. También seguí ayudando con dinero a mamá cuando murió papá. Lo único es que jamás quise que se anotaran mis aportes en una lista que habían hecho los hermanos. ¿Por qué?

El dinero que cada hijo le dio a nuestros  padres, para su bienestar y sostén, en distintos momentos de nuestra historia —  consecuentemente con lo que pienso como principio desde hace años, y de lo cual los hermanos están enterados desde ese entonces— no se convierte en deuda entre hermanos, ni es préstamo de dinero entre hermanos, que deba ser  reintegrado o devuelto o restado  de la onceava parte que le corresponde legalmente a cada uno por la venta de las propiedades heredadas.   Tanto me refiero a la plata que yo puse cuando pude, haciendo sacrificios, como la que pusieron otros hermanos cuando pudieron, haciendo sacrificios.

Por eso, el día de la escritura de la venta del departamento grande fue La Liberación del Infierno. 



 

DIVA SUPERGALÁCTICA Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)

"DIVA SUPERGALÁCTICA! Cuento de
Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart)
De la Serie: "Cuestiones de hermanos" 

 

DIVA SUPERGALÁCTICA

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)

No sé si añoro las destrezas y energía de la juventud. (Creo que la frase anterior es una mentira descarada)

Tampoco sé si prefiero esta paz contemplativa, ya que las dolencias varias que padezco, interrumpen ese estado,  de manera sistemática. (También es mentira esta supuesta duda)

Confieso cierta predilección por el corto tiempo que me demandaba en mi juventud, pasar de un estado de “recién levantada”  a súper diva.

Ahora, con tantos años sobre, entre, atrás de mí, necesito varias horas para arrancar el día. Y ni hablar de la inversión de tiempo para cerrarlo y conciliar el sueño. Eso es el paraíso perdido.

Ahora vamos mejor con la veracidad de las realidades.

De todos modos, no es tan trágico. Igual que la materia oscura intergaláctica, que es invisible —indetectable de manera directa, pero que tiene un efecto gravitacional innegable en las galaxias— también habita en mí esa materia oscura.  Ella se ocupa de reforzar mi estructura, sobre todo la relacionada con el transcurrir del tiempo, para que no se desmorone.

Y logra que yo mantenga íntegra, la arquitectura de mi ser, de forma invisible e indetectable.




JAMÁS ME ABURRO Patricia Hart


 

¡A POR ELLOS! CUANDO LOS SECRETOS OSCUROS SE ESCAPAN POR UNA RENDIJA Cuento de Patricia Josefina Steinhardt. (Patricia Hart en arte) De la serie: “Cuestiones de hermanos"

 

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)
"A por ellos" Cuando los secretos oscuros se escapan por una
rendija. Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en arte)
De la Serie: "Cuestiones de hermanos"


Durante mi vida, la curiosidad por los más diversos temas, me ha llevado algunas veces a estudiar con ahínco y método, y otras, a investigar de forma aleatoria cuestiones de las ciencias y las artes. La profunda relación que entre ellas existe, sigue siendo  hoy motivo de mi interés. Ciencia y arte me habitan como totalidad en permanente diálogo; alimentándose una de la otra de manera fluida. Mi amigo Leonardo da Vinci,  sabía bastante sobre este vínculo. Toda su obra nace de esa complicidad esencial.  En estos últimos años, los estudios de las neurociencias me han provisto saberes, que me han guiado de modo inevitable, a relacionar historias, leyendas y mitos de otros siglos con este presente tan efímero. Y así puedo crear universos con reglas propias, sin pedir permiso, con la misma libertad que los lectores incursionan en ellos. Ese es nuestro festivo punto de  encuentro.

Las barreras y diques cerebrales que frenan y filtran los impulsos más primitivos o los comentarios más crueles,  permiten que las buenas relaciones se muevan con fluidez en el intercambio social,  nos posibilitan instaurar conductas respetuosas hacia los otros y nos facilitan la observación de las  reglas de convivencia. Funcionan como murallas que rechazan exabruptos e impiden el desarrollo de instintos desbocados.  Es cierto que  algunas personas, por alguna enfermedad o accidente, tienen afectada la región cerebral que controla estos impulsos. Y adquieren costumbres que   muestran una impertinencia rayana en la agresividad. Dicen cualquier cosa en cualquier momento, sin importarles en lo más mínimo qué repercusión pueden tener sus palabras en los demás. Se vuelven soeces y atrevidos con las palabras y en sus actitudes corporales.  Suelen maldecir e insultar con toda naturalidad y resaltar cuestiones defectuosas de otros, con ensañamiento.  

Si todos los integrantes de la sociedad padecieran estas dolencias; digo, estas irregularidades y descontroles; la vida social sería imposible de sobrellevar. Estaríamos inmersos en una sesgada y restringida manera de vincularnos, donde imperaría la respuesta reactiva, irreflexiva, la réplica inmediata, de rechazo y ataque. Todo se transformaría en una lucha sin cuartel. Todo sería enfrentamiento, gritos, malhumores y discursos sentenciosos y discriminatorios.  Todo se reduciría a ganar una batalla, como sea. La conocida expresión: ¡A por ellos!, tendría una vigencia absoluta.

En la vejez, puede suceder que esas secciones del cerebro con tareas de control, se afecten, disminuyan sus potenciales, se vuelvan disfuncionales,  Cuando esto pasa, podemos ver cambios abruptos en ancianos que habiendo sido moderados y considerados durante toda su vida, de pronto, no tienen ningún problema en decir lo primero que se les ocurre, o de relatar aspectos  prohibidos de sus experiencias anteriores y censurables para cualquier época.

Pero también, sin que medie ningún proceso degenerativo cerebral, algunos ancianos, sabiendo que les queda poco tiempo, es que deciden de forma consciente y calculada advertir a los que los escuchan, de algunas conductas nefastas e inmorales vigentes en todas las épocas. De ciertos comportamientos degradantes, que humillan a quienes los padecen,  avergüenzan  a los que los presencian y pocas veces a quienes los ejecutan. Tienen apuro por derribar esas estructuras de la simulación y el disimulo.  Seguro que piensan: “quiero liberar el espacio que me ocupa tanto secreto, que se sepa de una vez por todas la verdad, quiero vaciar los cajones de mentiras y engaños, propios y ajenos, yo no tengo nada que perder, no necesito aprobación, no está en juego ningún premio por recibir, más vale que alerte a los otros,  para que sepan cuán aberrantes podemos ser los seres humanos. Ya no soporto tanto peso”.

Bueno, el caso es que en este segundo grupo yo ubico a mi madre que con   ciento diez años, sobrevivió a sus hermanos menores, quince años;  sobrevivió a su marido, cuarenta años; sobrevivió a dos de sus hijos, cincuenta años y  lo sobrevivió dos años a Diego Maradona. Después se fue con mucha tranquilidad.

El asunto se dislocó durante el mundial de football de 2014, donde Argentina perdió con Alemania en el estadio Maracaná de Río de Janeiro. Ella profesaba adoración por Messi. El partido lo vimos en su casa. Quedó conmocionada con el resultado. Ver el rostro de Messi con la decepción de la derrota, fue insoportable para ambas. Ella no toleraba que los comentaristas deportivos lo criticaran, que ensañados en encontrar  un culpable,  lo señalaran como único responsable de tan negativo desenlace y lo defenestraran. Estaba  indignada y dijo:

            —No entiendo, tenemos un ídolo, un genio, un dotado y lo defenestran. Hay  que verlo jugar. Es un fuera de reglas. Bueno… en realidad sí entiendo…porque en la familia…en nuestra familia…las reglas incumplidas se castigaban fiero…

Y dejó de hablar. El silencio que hizo, fue lo que me sorprendió. Me llegó como una cachetada. Ella me miraba a los ojos con los suyos bien abiertos, las cejas para arriba, la boca fruncida y ladeada, mientras asentía con la cabeza a sus pensamientos. Utilizaba todo ese cuadro gestual para reemplazar las palabras. Y en ese silencio me estaba diciendo:  

            —Hija, si supieras…

            —¿Qué cosa, mamá? —le pregunté.

            —Nada, nada —respondió.

Mientras sosteníamos la mirada, la suya transfiguró a una que censuraba su recuerdo. Bajó los párpados por un segundo para verlo mejor, volvió a mirarme y dijo:

            —Patri, hoy no puedo. Demasiada conmoción. Otro día.

Quedé con una intriga feroz. Estuve a poco de insistirle  que me contara. Pero algo me retuvo. Claro, mi cabeza comenzó a hilvanar otras situaciones que me habían parecido intrascendentes, sin embargo, a la luz de ese momento, cobraron su justo grado de importancia. 

Es muy probable, que en anteriores encuentros ella hubiese estado tanteando el momento oportuno para confidenciarme algunas cuitas de los antepasados. Es posible que  el impacto que le produjo el desastroso resultado del partido, le dejara su chasis emocional  quebrado  y por allí pugnaran por salir los secretos oscuros, con urgencia de ver la luz.

La cuestión es que ya estaba el resquicio hecho, un tajo en su memoria, por donde ya podía desangrarse a borbotones, todo asunto críptico posible. Las angustias, ansias y anhelos de los que nos precedieron se alinearon prolijitos en su mente.  No es que yo adivinara lo que ocurría en su cabeza, sino que días después deshilvanó los acontecimientos con increíble orden.

A partir de ese momento estuve atenta a detectar su disponibilidad para el abordaje a esas revelaciones. A su vez,  ella buscaba en mí, la actitud abierta a escucharla. Por lo que entonces, todo se redujo a que nuestras expectativas coincidieran. No nos resultó difícil ese encuentro.

A la semana, llegué una tardecita a visitarla. Ella miraba las noticias. Los reporteros estaban convulsionados por un episodio de abuso sexual de un padre con sus hijas. Periodistas y entrevistados mostraban indignación. Ella protestaba:

            —No sé por qué hacen tanto escándalo. Los que se muestran más berrinchudos, seguro tienen un episodio parecido en sus familias.

Supe que ese era el momento esperado por ambas. Ni ahí, que iba a perder la oportunidad, y le pregunté:

            —¿Qué estás diciendo mamá? —lo dije utilizando a propósito un cierto tono de censura, sabiendo que esto a ella le resultaba provocativo y que se iba a despachar con gusto, “sin pelos en la legua”, como quien dice.

            —Lo que escuchás. Se hacen los sorprendidos. En todas las generaciones se esconde una de esas historias —explicó, con la satisfacción de que podría por fin aliviarse del peso de los secretos.

            —¿En nuestra familia también? —pregunté.

            —¡Por supuesto! —respondió, natural y taxativa—. En mi infancia,  cuando las esposas se negaban a cumplir con sus deberes de alcoba, eran castigadas con dureza por sus maridos. Ya que la regla imperante de satisfacer carnalmente, en cualquier momento, a sus maridos, era ley. Y si alguien las infringía,  era escarmentada con severidad.

Pensé: ¡caramba la que se viene!  Detuvo su relato a propósito, para que yo le hiciera la pregunta que ella estaba esperando.

            —¿A la abuela le pasó eso? —Rió a carcajadas y señaló:

            —A mi madre, no, ella tenía pasión por mi padre. Pero sí le pasó a su hermana, tu tía abuela Dolores.

Yo la recordaba de forma difusa, una mujer flaca, ojerosa, vestía siempre de  negro y muy severa. A mí me atemorizaba su aspecto.  Sí, tenía más presentes a sus dos hijas, las primas de mi madre, La Gorda y Estelita. Venían a ser como mis tías segundas. Ellas comenzaron a frecuentarnos luego que su madre Dolores falleció. Recordaba más que nada a La Gorda, que reía todo el tiempo, era mi madrina y me encantaba abrazarla, sobre todo porque volvía a sonreír, complacida. En mi cumpleaños número diez,  La Gorda y Estelita vinieron a mi festejo en la casa grande. Me gustaba que nos visitaran. Con mi inocencia de criatura, más el afecto que sentía por La Gorda, que no dejaba de reír,  le pregunté:

            —Gorda, ¿por qué ríes todo el tiempo? —Su respuesta fue una enorme sonrisa. La tenía como dibujada y le cubría toda la cara. Fue la última vez que la vi. Después que se fueron, mamá me dijo  que ella no estaba bien. Recién allí apareció la expresión: “no está bien de la cabeza”, “está loca”. Yo no entendía qué era la locura. Lo único que yo sabía en ese entonces es que se habían quedado solas en un gran departamento de barrio norte y se mantenían con la renta de los campos que tenían en Salto, en los que habían vivido hasta la pubertad. Mi mente infantil supuso que se habían venido a Buenos Aires para estudiar y salir a bailar de noche. Claro que todas esas suposiciones de mi niñez estaban “a años luz”, de la realidad que mi madre, después de décadas de esa última visita, comenzó a desentrañar. Tomó aire y con la rigurosidad de quien tiene organizado un relato desde hace tiempo y  sin hacer pausa alguna, dijo:

            —A tu tía abuela, Dolores Sierra, hermana mayor de mi mamá, la habían casado con un Montes. Era su tío y le llevaba veinte años. Tuvieron dos hijas, La Gorda y Estelita. Había sido un casamiento concertado por conveniencia, no por amor. Un modo de ampliar las haciendas de ambas familias, distribuidas en la Provincia de Buenos Aires y en la de Córdoba. Eran descendientes de conquistadores españoles que habían llegado a estos lares desde las cultas comarcas del Virreinato  del Alto Perú, siguiendo las rutas del inca y los caminos que otras tribus autóctonas utilizaron durante siglos. Mi madre, tu abuela, viendo los padecimientos de su hermana Dolores, se juró en la adolescencia que sólo se casaría por amor. Así lo hizo. Pero esa es otra historia.

            »Los Sierra llegaron a Salto hacia el mil setecientos cincuenta, cuando todavía era un fuerte. Las autoridades esperaron a que se convirtiera  en pueblo, para ahorrar los dineros que significaban mantener las milicias que defendían las zonas fronterizas con los aborígenes insurrectos y reducían los ataques de los malones. Ya desde el principio del siglo diecinueve, se pudieron nombrar a Arrecifes o a Salto como pueblos. Los Sierra tenían vastas extensiones de tierra para pastoreo y cultivos. Las familias se asentaron en cascos de estancias,  apartadas unas de otras y lejos de los centros administrativos. Este hecho las obligó  a conseguir una organización que les garantizaba una subsistencia independiente. Se autoabastecían en cuanto a suministros elementales y  en algunos  aspectos, sociales y culturales. Solían tener a su servicio,  mujeres aborígenes, a las que les decían, “chinitas”. Para cubrir las tareas del campo reclutaban mestizos, negros y gauchos sumisos. Era costumbre bien vista darles un trato casi de esclavos.  Esto significaba que ante cualquier cuestión que los “patrones” consideraran desobediencias, cometidas por la servidumbre o la peonada, merecían un castigo. A los hombres los escarmentaban con unos rebencazos y a las mujeres las sometían sexualmente.

            »Los señores de las estancias, cebados con tanta impunidad para administrar correctivos a sus subalternos,  aplicaron parecidas sanciones a los miembros de su familia: hijos, hijas y esposa. Lo hacían ante cualquier actitud que ellos consideraran rebeldías, indisciplinas o cuestionamientos a las reglas que ellos mismos imponían o contrario a la legalidad establecida de la época.

            »Dolores, nunca soportó a su marido impuesto. Desde el principio fue abordada con rudeza y egoísmo. Sufría horrores. Tuvo a sus dos hijas, sin saber de placer o dulzura. A veces lograba contarle a su hermana; mi madre, tu abuela; de sus padecimientos. Como te dije, mi madre supo prometerse a sí misma que eso no le sucedería y logró casarse enamorada y libre. Era un cascabel, divertida y feliz. Mantenía el humor, hasta cuando tu abuelo, mi padre, le contaba que la escultora tucumana Lola Mora, lo iba a visitar a su despacho del Ministerio de Minería y Petróleo, para pedirle que le regalara el mármol que necesitaba para sus obras. Ella le decía:

            »—Hay Willy, mira que sos pícaro —Y lo abrazaba riendo. 

Sé que mi madre estuvo a punto de apartarse de su relato principal para  explayarse sobre ese recuerdo. Por un instante, la emoción que quizás creyó perdida, la invadió. O tal vez, comenzó a dudar por primera vez sobre la verdad de ese episodio. Sacudió la cabeza y continuó:

            »Como te iba diciendo, Dolores fue desarrollando una profunda aversión hacia su marido. Como ella se negaba a mantener relaciones, él la obligaba a hacerlo por la fuerza. Era común verle el rostro amoratado durante las mañanas. Caminaba con dificultad y sangraba entre las piernas. La Gorda y Estelita, llorando, la abrazaban para consolarla. En uno de los tantos días en que se repitió la escena, el padre miró a las tres mujeres abrazadas.  Se acercó a ellas, alzó a cada una de las niñas y las sentó en sillas separadas, lejos de su madre. Luego se sentó frente a ellas, en un sillón de esterillas con apoyabrazos, mantuvo las piernas bien abiertas. Se acomodó en el respaldo. Era corpulento y musculoso.  Estiró una pierna. La otra la dejó flexionada y sobre ella apoyó el brazo. Calzaba botas altas. En la otra mano tenía una fusta de cuero con la que golpeteaba de forma suave y rítmica  la caña de la bota.  Detuvo la mirada en las hijas largo tiempo, en silencio. Sin mirar a su mujer, le dijo:

            »—Está bien Dolores. Te juro que no te tocaré nunca más. —Entrecerró los ojos hasta dejarlos como una línea, de la que se desprendió un brillo amenazador que traspasó a las niñas. Esbozó apenas una sonrisa apretada, mientras se humedeció los labios con la punta de la lengua.

            »Era hombre de palabra. Cumplió su juramento. Pero le dio lugar a conductas deleznables, favorecidas por el aislamiento en el que vivían.

            »Al poco tiempo mis primas comenzaron a tener pesadillas y severos trastornos de conducta y disfunciones orgánicas. La Gorda solía esconderse durante horas en la cocina, detrás de las ollas, sartenes y las enormes vasijas de barro. Fueron atendidas por una curandera que les recetó unos yuyos que hacían disminuir el imaginario infantil exacerbado. Mucho después se supo, que la curandera había sido sobornada con dinero para ocultar las verdaderas razones de los malestares de las niñas.

            »Una noche, el marido se anunció en  la habitación de Dolores, con suaves golpecitos. Desde el día de la promesa, tenían dormitorios separados. Ella, quitó el cerrojo y entreabrió la puerta con temor, él no ingresó, no necesitaba hacerlo, estaba con el torso descubierto, brilloso, transpirado, llevaba uno de sus brazos detrás de la espalda, como escondiendo algo. Desde el umbral,  le dijo:

            »—Ya has visto que he cumplido el juramento. Pero mereces un castigo acorde, por incumplir los deberes de esposa, de complacerme en la cama. Tus hijas te están reemplazando. —Llevó el brazo escondido, hacia adelante. Del dedo índice colgaban las ropas interiores de las niñas. Las balanceó cerca de su rostro y las olfateó mientras entrecerraba los ojos con placer y añadió—: Por cierto, son bastante obedientes.

            »Y se fue. Dolores cerró la puerta y desde ese momento comenzó a organizar su huida. Mientras más se reponía Dolores, más se deterioraban sus niñas. Tardó un tiempo en acomodar los distintos aspectos necesarios que garantizaran el éxito de su plan. Para no levantar sospechas, hasta llegó a facilitarle los encuentros privados con sus hijas.

            »En uno de los últimos pasos del plan, Dolores se ocupó de encontrar unas “chinitas” bien dotadas, para que distrajeran a su marido de la obsesión con sus hijas. Con ardides y mañas logró que las sirvientas, compradas en un asentamiento de aborígenes,  se introdujeran en la habitación de su esposo. Cuando se escucharon los suspiros intensos, las  corridas y las  exclamaciones propias de una orgía, entonces Dolores, que ya tenía todo preparado,  huyó con La Gorda y Estelita a Buenos Aires. El marido pasó dos noches y dos días de lujuria y borrachera, sin salir de su habitación. Nada hizo cuando se enteró de la fuga. Hasta dicen que sintió satisfacción de que así fuera. Tenía todo lo que necesitaba para continuar dominando a su arbitrio. Con gusto enviaba periódicamente  a Buenos Aires todo lo necesario para garantizar el buen pasar de “las fugitivas”, así se refería a ellas, con tono irónico.  Que no les faltara nada, era una condición implícita para justificar ante los demás ese distanciamiento, y evitar las sospechas de los verdaderos motivos. Aunque en algunos círculos dudaron al principio de las argumentaciones esgrimidas; que las niñas debían seguir sus estudios, que el padre no podía desatender la estancia, que tanto habían llorado las niñas porque no querían separarse de su padre, etcétera, etcétera;  todos terminaron creyendo y aprobando la decisión y las razones inventadas y las mentiras,  como ciertas y verdaderas.

            »Ocuparon el departamento que tenían en la calle Arroyo. Estelita quedó deteriorada físicamente, quedó chiquita, diminuta, como sin desarrollar y  dejó de hablar durante muchos años. Hasta creyeron que tenía lesionadas las cuerdas vocales. Le costaba mucho tragar. La Gorda padecía horribles pesadillas, sus gritos alteraban toda la casa. Durante el día, corría angustiada, buscando dónde esconderse, mientras decía:

            »—Ya vienen los soldados alemanes a atacarnos. Escucho el taconeo de sus botas. ¡Están en el pasillo! ¡Son monstruos! ¡No quiero que me hagan más daño!

            »Con una cacerola en la cabeza, como casco, se metía debajo de los muebles y se negaba a salir por horas. No había manera de hacerle entender que la guerra se desarrollaba en Europa.  Los momentos de paz se borraron de la vida cotidiana y todo se transformó en un infierno. Dolores, lejos de acompañar a las chicas con afecto para que volviesen a estabilizarse y sanar de tantas violaciones, las trató con la misma dureza que ella había padecido. Las ataba a las camas para que no se movieran y a La Gorda le ponía una mordaza para silenciar sus alaridos. Crecieron en ese ambiente. Completaron sus estudios del secundario y eso las mejoró bastante. Yo cursaba el cuarto año, era un poco menor que mis primas. Yo sabía algo de sus experiencias traumáticas. Sentía por ellas una mezcla de pena y afecto profundo. Compartíamos nuestros encuentros, con charlas propias de jóvenes. Antes de que llegaran a casa a visitarnos, mi madre siempre me decía:

            »—Viene mi hermana Dolores con tus primas a tomar el té. Parece que están serenas. Quédense en el comedor las tres, mientras yo hablo con tu tía en la salita. Tenemos que arreglar unas cuestiones y no queremos que nos interrumpan.

Mi madre tomó un respiro en su relato. Me dio tiempo a deducir que en esa “salita”, mi tía abuela Dolores, le confidenciaba todo a su hermana, con lujo de detalles. Tardaban horas en salir. Luego mi abuela, se lo contó a mi madre y era lo que ahora  me estaba transmitiendo.

            —¿La querías mucho a La Gorda? —le pregunté.

            —Sí —respondió.

            —¿Te daba lástima? —insistí.

            —Mucha.

            —¿Por qué la elegiste como mi madrina?

            —Cuando te vio recién nacida, quedó prendada. Te alzaba con un cuidado y una emoción sorprendentes. Le gustaba tenerte en brazos y eran los únicos momentos en que hacía gala de una lucidez brillante. Hasta pensaron que realmente estaba sana. Todo lo que hizo, mientras fuiste bebé, fue tan convincente que pensé que si la nombraba como tu madrina, eso la curaría de forma definitiva. Ya sea que hablara de vos o te recordara, bastaba para que su comportamiento fuera sosegado, su razonamiento normal y su diálogo, agradable y variado. Estuvo presente en tus primeros cumpleaños. Luego desmejoró paulatinamente, hasta que dejó de asistir. Hasta el día en que le preguntaste, por qué reía todo el tiempo. Ese día vino a despedirse de vos. Esa era la condición que había puesto para aceptar que la internaran en un manicomio. Cosa que ocurrió al día siguiente y ella sabía que no volvería a verte, sabía que no saldría jamás de allí. Murió al poco tiempo. No resistió los electroshocks, la mala alimentación y los maltratos. Estaba muy deteriorada. El mismo día murió Estelita, de un ataque al corazón, fulminante. No fue cierto lo que te dije, eso de que habían muerto las dos en un accidente de tren.   

Me escuché decir:

            —¡Sí que las arrolló un tren! ¡Pavada de tío abuelo me eché! Les pasó por encima con las botas puestas. ¡Sí!, las arrolló como un tren. 

Una pausa prolongada se hizo entre nosotras. Para mí, era necesaria. No podía procesar con rapidez la abundancia y la magnitud de la información de mi madre. Mis asociaciones eran vertiginosas, me venían como pantallazos. Y mis sentimientos eran profundos, contrarios y simultáneos. Como si estuviesen subidos en una montaña rusa, pasaban de la cima de la compasión a una caída libre de asco, repugnancia y disgusto. Ella utilizó ese silencio como una catapulta y prosiguió diciendo:

            —Después de que huyera Dolores, a su marido, Montes, le nacieron dos hijos varones al mismo tiempo, uno por cada “chinita” que dejó preñada. Los recluyó en los establos, mientras pergeñaba qué destino les daría. Para él, eran bastardos desechables. Los hizo desaparecer. Las dos mujeres lograron escapar hacia los montes. Hubieran tenido igual destino. Conocedoras del frondoso terreno se escondieron de tal modo que fue imposible encontrarlas. Una noche regresaron y no les resultó difícil escabullirse en la estancia. Los perros no les ladraron, tampoco se oyeron relinchos de caballos, ni el canto del urutaú.  Llegaron a la habitación, que estaba en penumbras. Sabían muy bien qué iban a hacer. Calzaban facones largos de degüello. A Montes lo vieron desnudo, sentado sobre la cama, en una extraña posición. Estaba inmóvil, demasiado inmóvil. Se acercaron con sigilo. Un olor acre flotaba en el aire. Olía a muerte. Una estaca clavada vertical en la cama servía para mantener su espalda derechita.  Una soga de cuero trenzado debajo de los sobacos le ajustaba el torso a la estaca. Sobre la frente, otra soga le sostenía erguida la cabeza.  Tenía las piernas cruzadas, las botas puestas, las manos sobre un charco de sangre sosteniendo su miembro separado del cuerpo. Y en el rostro le habían cocido una sonrisa eterna, el tajo le llegaba hasta las orejas. Lo dejaron sin párpados, para que pudiera ver su trágico destino, aún muerto. Las mujeres salieron, sin hacer nada, sin dejar rastros, alguien se les había adelantado. A la mañana siguiente lo encontró la peonada. Dieron aviso a la comandancia. No pudieron culparlos porque justo los peones habían compartido con las milicias, una juerga nocturna en el pueblo. Tampoco encontraron al culpable, ni ese día, ni nunca. Dicen que en el medio del baile sobre la medianoche se escuchó retumbar una carcajada femenina. Te dije, las faltas en la familia se castigaban fiero. Cualquier tipo de faltas a cualquier tipo de reglas.

Suspendió el relato, como quien lo da por finalizado.  Desvió la mirada hacia el televisor. Yo le había bloqueado el sonido para que no nos interfiriera. Pero continuaban con la misma noticia del padre violador. Repetían una y otra vez, la grabación de las locaciones donde habían transcurrido los hechos, las declaraciones de testigos y los comentarios de cualquiera que se acercara a sus micrófonos. Entonces dijo:

            —¡Esos periodistas son unos estúpidos! Se creen que tienen una “exclusiva”, esa noticia es de hace un siglo. ¡Y vaya a saber desde cuánto tiempo antes se viene repitiendo! La historia de una sola familia es suficiente para ejemplificar toda la escala de sentimientos y emociones de los seres humanos, desde los más generosos y heroicos hasta los más egoístas y traicioneros. ¿No te parece?

Tardé en responderle porque debí esperar a que el aluvión de sentimientos encontrados que me habían invadido durante su relato, dejaran de entreverarse, se calmaran. Con lentitud comenzó abrirse un resquicio de luz en mi propia memoria que iluminó algunos recuerdos. Advertí cómo se iban agrupando  en felices o desagradables.  Descubrí cómo sobre los más secretos, se había encendido un alerta. Y lo que vislumbré me llevó a decirle:

            —Me parece, que llevas razón.