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sábado, 28 de febrero de 2026

LA CASA DE LOS SUEÑOS Poema libre de Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart en Arte.

 

Acrílico de Patricia Hart de la Serie: Amaneceres

LA CASA DE LOS SUEÑOS

Poema libre de Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart en Arte.

 Poema dedicado a mis seres imprescindibles.


 La casa de los sueños existe.

No es un palacio. ¡No, qué va!

Yo la vi. En la casa de los sueños pasan cosas todo el tiempo.

Por ejemplo: tiene un árbol en la calle que se erige como guardián vigilante  de todo lo que en ella ocurre. Protege su fachada y es tan grande que la “apapacha” con su copa de modo que sus ramas la cubren hasta en la terraza. Y sugiere, a los que se acercan, la conveniencia de guardar cierta compostura contemplativa antes de ingresar a su interior.

 Una vez dentro, uno confirma, con la primera respiración, que el aire y el verde del árbol está como multiplicado en la enredadera del muro  del pasillo, que me da la bienvenida. Mientras, los perros, dan saltos de alegría recibiéndome y giran alrededor de una mini selva de un patio interior, con una pared que juega a ser montaña para escalar. Algo cambia en uno, a medida que avanza, como una alegría, ¿vio? Mis ojos atesoran tanta creatividad.

 Personas queridas me escoltan, esas imprescindibles, esas que me abrieron la puerta, que me guían e  invitan a compartir. Me pregunto si podrán medir el nivel de emoción que me invade. Guardo silencio hasta llegar a la escalera, mezcla de bosque espléndido con aspecto de yunga jujeña. Cuánta magia, cuánto aire, cuánta cosa latiendo. Cuánto abrazo y afecto, cuánto proceso permanente, cuánto giro y contra giro, Cuánto movimiento.

 En la casa de los sueños la  vida palpita, sus moradores entretejen las palabras, construyen proyectos, intercambian risas, tristezas, inquietudes. En la casa de los sueños todo crece, todo cambia,  como las plantas, como el árbol de la entrada.

Les juro que la casa de los sueños existe. Yo la vi. Yo estuve allí.


En la imagen: Acrílico de Patricia Hart, de la Serie, Amaneceres.

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CUANDO SEAMOS PETRÓLEO De Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart en Arte.

 

Cuadro en acrílico de Patricia Hart de la Serie: Amaneceres

CUANDO SEAMOS PETRÓLEO

De Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart en Arte.

 Si se mantiene el ritmo de autodestrucción que late en el mundo, cuando nuestros cuerpos hayan sido transformados a petróleo, no habrá persona alguna en la tierra para extraernos.

(Tal vez, antes)

 En la imagen: cuadro en acrílico de Patricia Hart de la Serie: Amaneceres


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lunes, 16 de febrero de 2026

TEATRO Y NEUROCIENCIAS COMPARTEN RECURSOS, por Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart, en Arte

Los recursos del Teatro y de las Neurociencias, por Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart en Arte



LOS RECURSOS DEL TEATRO Y DE LAS NEUROCIENCIAS 

por Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart, en Arte.

Durante toda la historia de la humanidad las Artes, con todas sus formas de manifestación, han sido y son los “espacios-tiempo” que han alojado infinitas versiones de resistencias silenciosas, inagotables giros de retiradas activas, habitáculos para la preservación de la energía vital.

 Es en las Artes donde no se valida el sálvese quien pueda. Muy lejos de eso las Artes conciben al conjunto con todas sus posibilidades de realización. Las Artes perciben con total magnitud el sentido de la existencia.

 Las Artes, imitan los movimientos circulares y espiralados de la naturaleza a través de las metáforas, las cuales sugieren, revelan, fortalecen y clarifican sin armaduras.

El descubrimiento de las neuronas espejo ha llevado a los científicos a realizar una comparación sistemática de sus descubrimientos con los saberes y modos de comunicarse que tienen los actores con los espectadores, de la habilidad de producir empatía, y de la capacidad de  construir emociones creíbles e impactantes a voluntad.  Los neurocientíficos comenzaron a entender lo que el teatro ha sabido desde siempre.

 En Neuropsicoeducación se define al ser humano como una Unidad/Cuerpo/Cerebro/Mente/Medio Ambiente (mundo escénico cotidiano). En Teatro se define al actor como Unidad/Artística/Expresiva en Acción con el Entorno (mundo escénico ficcional). Para que un Actor sea un Actor lleva incorporados a través de sus prácticas, ejercicios y entrenamientos, un nivel de autoconocimiento y de conciencia de la evolución de los procesos emocionales, reflexivos y de la memoria que demuestran que las neuronas espejo están desarrolladas en modo superlativo y que dan lugar a un fortalecimiento de las conexiones sinápticas entre las distintas regiones neuronales.

 Son  especialistas en el aprendizaje, en la memoria, en la empatía y en la imitación. Significa entonces que ese procedimiento del cerebro puede ser tomado con el objetivo de mejorar y enriquecer la relación entre las personas y su mundo circundante, sea el educativo, el privado familiar  o el profesional social.

 Los aportes del Teatro a las Neurociencias consisten en facilitar esos modos y prácticas que posibilitan el desarrollo del cerebro y sus funciones. Cómo funcionamos, cómo mejorar y enriquecer los potenciales personales, los campos intelectuales e incursionar sobre los modos en que se desarrollan las emociones, el funcionamiento de la memoria en sus subjetivos y diferentes tiempos de existencia, el poder de concentración, las etapas creativas, las asociaciones intuitivas y el desarrollo del imaginario y la creatividad. Estas cualidades y condiciones de las funciones cerebrales son las que nos guían hacia la invención de sistemas, de mecanismos, de operaciones matemáticas, de composiciones artísticas, de elaboración de obras de todo tipo y producción de ideas.

 Es imprescindible entonces que se incorpore la educación emocional en todos los ámbitos educativos para facilitar los procesos de aprendizaje.

Los Recursos y Saberes del Teatro aportan los modos en que debe gestionarse ese proceso, Lo Recursos de las Neurociencias fundamentan científicamente, desde el punto de vista biológico, electroquímico y morfológico, funcional lo que sucede en el cerebro y los fenómenos y cambios que intervienen en los procesos neuronales.

 Esta interdisciplinariedad indisoluble y armónica de ArteCiencia o CienciaArte hace posible la adquisición de una actitud abierta y disponible hacia el conocimiento.

 “El Teatro me posibilitó, más allá de un saber escénico, adquirir seguridad en mí, como persona pensante y emocional.

Fortaleza para resistir los embates siempre inoportunos de la vida.

Ingenio para transformarlos en aprendizajes.

E imaginación para hacer de cada día una instancia única”


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domingo, 15 de febrero de 2026

COINCIDENCIAS en veinte segundos, Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

Patricia Hart en la escena del desbande del pueblo en la obra "Fuenteovejuna" de Lope de 
Vega, en el Teatro Municipal General San Martín, de Buenos Aires. Sala Martín Coronado.


COINCIDENCIAS en veinte segundos

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)
 

—Hola Benítez, venite ya. Venite preparado.

Ese mensaje grabado por Hugo, lo escuché a las seis de la mañana, no bien salí de la ducha.

Me llamó la atención el  “venite preparado”. Siempre ando bien preparado. Entre la variedad de objetos necesarios para mi trabajo, que me pego al cuerpo antes de salir, está  el revólver en la sobaquera y una funda en la cintura con el silenciador. Él lo sabe. En fin. Fui.

¡Qué cosa las vueltas de la vida!  A nadie se le ocurre pensar que un ex seminarista, con los votos de obediencia, castidad y pobreza en orden, ande por las calles de Buenos Aires armado hasta los dientes. Recordé cómo en el seminario de la hermandad en Córdoba  —en el que estuve pupilo por años siendo chico, como novicio— nuestro confesor nos mostraba ilustraciones de Cerbero, el perro de tres cabezas, custodio del infierno.  Desarrollé una pavura irracional  a los monstruos, a los perros negros, enormes,  con colmillos goteando sangre.  Cuidador de puertas que no deben  ser traspasadas, sin el debido permiso, para salir o para entrar. ¿Por qué pensaba esto mientras iba a lo de Hugo? Hasta hoy,  la imagen de Cerbero, ávido e insaciable de sangre, me produce terror. Cerbero, cancerbero,  me suena a carcelero.

En algunos trabajitos, para no despertar sospechas uso el alza cuello sacerdotal. Todo se me hace más fácil, porque conozco bien la jerga y adopto con facilidad los gestos de benevolencia característicos del clero.   Entre los de la iglesia también informalmente lo llamamos “collar de perros”. ¡Pero si seré estúpido! Recién ahora caigo. Yo, con este cuello, soy un perro guardián. Me reí sin ganas. Pensé: que ironía ser un perro guardián y aterrorizarme con los perros.

Bueno, listo, ya sé por qué asocié a Cerbero. Antes de llegar, tengo que deducir por qué Hugo me dijo “venite preparado”. Me inquieta. Por lo general adopto este atuendo de sacerdote, cuando necesito tiempo extra de análisis, anterior a la consumación de la tarea. La gente al ver un cura, se tranquiliza, baja las defensas, y en ese tiempo, ajusto el plan, cambio algo, si es necesario y  acelero o retardo su ejecución.

Tomé el subte. Sólo una estación me separaba de lo de Hugo. Todos los asientos estaban ocupados. Compartí el pasa manos de la puerta con otros que también estaban de pie. En el medio del pasillo del vagón, una mujer alta, muy blanca, de pelo largo y abultado,  con flequillo, bien vestida, que no parecía estar en sus cabales, hablaba a viva voz, como si se dirigiera a mucha gente en un espacio enorme. En tono de arenga decía cosas sin sentido. Hablaba con desparpajo. Sin serlo, se asemejaba, por las maneras, a un discurso político. Mechaba su perorata con algún giro humorístico elaborado, que sorprendía a los pasajeros y los llevaba a la risa y a prestarle más atención. Los tenía como hipnotizados. Todo esto, me hizo pasar todavía más desapercibido, y a afinar mi alerta del entorno, sabedor de cómo,  en concentraciones de gentes, se planifican situaciones atractivas, que las  distraen de algún episodio “non sancto”,  pronto a ser realizado por  personas de mi especialidad, digamos.

Sentado en el borde del asiento, un tipo pelirrojo, gordito, pecoso, parecía llevar peluca, pero observándolo detenidamente confirmé que era su pelo natural, así, cortito y duro. Dejó  de mirar a la “habladora”  y cruzó miradas conmigo. ¿Sintió que yo lo miraba o me miró para marcarme su presencia? Un ojo entrenado como el mío, detecta el desvío de una mirada que ocurre en milésima de segundo. Y esto es lo que hizo el pelirrojo, “pirinchos parados”. Cruzó mirada con una mujer que estaba sentada frente a él.  Ella, tenía la cabeza gacha. La levantó para contactar con el pelirrojo. Era la única en el vagón, que no le prestaba atención a la “oradora”. Antes que reclinara su cabeza, la giró hacia mí, sin mirarme y observé sus labios gruesos, sobre todo el inferior, la piel muy blanca, pelo muy rubio, atado en una cola bien tirante. Tenía un notable parecido con Liv  Ullman, por lo que me dije, es sueca.

En diagonal a mi puerta y medio abrazando el caño vertical, estaba de pie un sujeto flaco, petiso, con un bigote ralo, el pelo lacio, grasoso pegado a su cráneo blanco, el saco del traje holgado. Seguía a la charlatana con el ceño fruncido y las pupilas de los ojos bien para arriba. Hizo un imperceptible movimiento con sus hombros, como una sacudidita. No le hubiera dado importancia, de no ser, que fue replicado por la sueca y el pelirrojo y que la oradora se desplomó en el piso.

Coincidió con la llegada de la formación, a la estación siguiente, Tribunales, y con la apertura de las puertas. Con el desbande de los pasajeros. Coincidió con los pedidos de ayuda, los gritos de alarma de los que intentaban asistir a la mujer, que convulsionaba en el piso, los pitazos de los guardas, las corridas del personal de vigilancia, coincidió con mis asociaciones de que los cuatro tenían la piel muy blanca, que habían sido ubicados estratégicamente en el vagón, de manera que triangulaban conmigo y entre ellos, coincidió con el replanteo de ese, “venite preparado” , de Hugo, que jamás decía y coincidió que yo comenzaba a entender algo así como una traición. Coincidió con la confirmación de la traición de Hugo, cuando la sueca, rodeó mi cuello en un abrazo, mientras me besaba en los labios con pasión, mientras tapaba con su cuerpo al grasoso, que desde abajo me aplicaba un inyectable letal en la ingle. Coincidió cuando la vigilancia me gritaba que deje de franelear y que desocupe el vagón. Coincidió cuando el pelirrojo puso su espalda contra la mía, manteniéndome erguido y entre los tres me sacaron al andén, como si fuésemos parte del caos general. Coincidió cuando me sentaron en uno de los bancos y me apoyaron contra un pasajero que se reponía de un bajón de presión y que no tenía fuerzas para rechazar mi peso. Coincidió cuando me quitaron la sobaquera, el silenciador, el cuchillo de asalto del tobillo y el celular y me plantaron la documentación como clérigo de un pueblo perdido boliviano, fronterizo a Tartagal.

Coincidió cuando falsos enfermeros llevaron a la mujer en camilla hacia la superficie, y la sueca, el grasoso y el pelirrojo se esfumaron entre la multitud.

Y por último, coincidió cuando sonó el pito de cerrar las puertas del vagón, con los ladridos furiosos de Cerbero, preparado con sus tres cabezas para desgarrar mi cuerpo…dormido…digamos.

 

En la imagen: Patricia Hart en el momento del desbande del pueblo, en la representación de  “Fuenteovejuna”.

 

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miércoles, 11 de febrero de 2026

Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte) COMEDIA MUSICAL: UN GÉNERO TEATRAL CON SUS EXIGENCIAS, ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

 


Patricia Hart en el personaje "Caperucita",  de la comedia
musical "¿Quién es, quién es, quién será?" de Jorge Landó

Por Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)

COMEDIA MUSICAL: UN GÉNERO TEATRAL CON SUS EXIGENCIAS

ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

 Entraba a hacer la función con 52 kg. Cuando finalizaba, apenas llegaba a los 49 Kg. Claro que después los reponía. Esto que menciono, me sirve como un índice, más que claro, para  nombrar las exigencias  que sobrelleva un actor al componer un personaje dentro de una comedia musical. ¿Cuándo fue?  Yo hacía de Caperucita. Y… sí—hace bastante tiempo. Lo digo tentada de risa,  porque ahora, podría componer a la abuelita de Caperucita Roja. Aunque en esa obra —no era el cuento tradicional—  no estaba la abuelita. El autor había tomado personajes de cuentos clásicos haciéndolos intervenir en una historia emocionante, con bailes y canciones.

Tres años consecutivos. Tres temporadas completas de representaciones de la comedia musical infantil: ¿Quién es, quién es, quién será? de Jorge Landó, premio Argentores.

La época de ensayos había sido rigurosa y agotadora.

 En general los actores, cuando tienen función, a la tarde o a la noche, organizan sus actividades diarias sin excesos. Tampoco son de aceptar algún paseo que los aleje un poco del lugar de su trabajo. Algo así, como que si yo tengo función a las 19 hs en el San Martín, no me voy a ir a pasar el día a una isla del Delta a comer un asado. ¿Se entiende, no?

 La premisa con la que nos manejamos los actores consiste en “mantener el cuerpo afinado” Cuando decimos cuerpo, nos referimos a nuestra totalidad, física, espiritual y anímica. Nos importa sobre todo esa “disponibilidad” esa “actitud de entrega, al trabajo que debemos realizar”. Todo, gira alrededor de ello. Llegar al Teatro, una hora y media o  dos horas antes de la representación, es parte del trabajo. Casi diría que uno va siendo el personaje cuando comienza a maquillarse. En la intimidad del camarín, mientras delineaba mis ojos, le decía a mi personaje:

 —Bueno, ya me abandono, no te inquietes, ya puedes ir habitándome.

 Una manera divertida de correr mi ego a conciencia, para que no contamine las circunstancias del personaje.

Pero volvamos a la comedia musical. A la composición del personaje que te toque, debes agregarle los recursos del baile y del canto para contar lo que le pasa. Entonces el actor de este género debe poseer un entrenamiento corporal de excelencia y expresividad para la danza y una habilidad, técnica vocal y buen registro para el canto. Lo que significan clases de danza que mantengan y mejoren cada vez más el tono muscular, la tensión, la fuerza, la resistencia y la flexibilidad. Y también las clases de canto que amplíen el registro, que sepa administrar el aire, que funcione la respiración correcta para cantar mientras se despliega una coreografía exigente o con giros acrobáticos (como me tocó en esa comedia que menciono).


Patricia Hart en el personaje "Caperucita",  de la comedia
musical "¿Quién es, quién es, quién será?" de Jorge Landó

 Lo más interesante de todo esto, para el actor, es que además de adquirir habilidades extra-cotidianas, espectaculares visualmente, aprende a manejar el silencio y la ausencia de movimiento. Hay una fuerza expresiva en la inmovilidad y en los silencios, que dimensiona y profundiza el sentido de la palabra dicha, remarcando la presencia del personaje y sus circunstancias.  Y este diálogo interno del personaje entre lo que muestra y lo que oculta, es una de las cuestiones que más movilizan al espectador.

Patricia Hart en el personaje "Caperucita",  de la comedia
musical "¿Quién es, quién es, quién será?" de Jorge Landó


 Por cierto tanto el universo musical como el de la danza y la acrobacia, no sólo tuvieron relevancia en mi formación como actriz, sino que me permitieron manejar esos lenguajes con fluidez tanto en mis composiciones como actriz, como en mis puestas como directora. Pero eso es otro capítulo.

 Abrazos, amigos.

 CAPERUCITA: el personaje

PATRICIA HART: la actriz

¿QUIÉN ES, QUIEN ES, QUIÉN SERÁ?: la comedia musical infantil (premio Argentores)

JORGE LANDÓ: el autor

CENTRO CULTURAL SAN MARTÍN, TEATRO EMBASSY

TEATRO MUNICIPAL ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

SALA SARMIENTO (la del ex zoológico): los teatros

CARLOS NÚÑEZ CORTÉS (el pianista del GRUPO LES LUTHIERS): la composición musical

ESTHER FERRANDO: la coreografía

ALFREDO DE VITA: el director


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domingo, 8 de febrero de 2026

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)

 

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o

CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart en Arte)

 

Todas las tardes —a las cinco—  Martirio, Matilde y Margarita bajan a jugar después de la merienda. Visten  a las muñecas de princesas, hacen carreras, intercambian figuritas de colección, inventan cuentos y hasta crean melodías sobre las cuales recitan las tablas de multiplicar que aprendieron ese día.  Y me habitan a mí, el pasaje empedrado —de una sola cuadra— que comunica sus casas. Saltan a la soga y el ruido de sus zapatitos sobre mis adoquines, se me hacen latidos. Sus voces reverberan en el aire y delimitan mi corta extensión. Cuando los lilas y magentas tiñen mi aspecto, se escuchan a sus madres llamándolas para el baño y la cena. Recién ahí se despiden  y cada una se va para su casa. En la noche,  los ecos de los juegos infantiles me mantienen dispuesto para otra jornada plena de ellas.    

·          

Al día siguiente —exactamente a las cinco— bajan con sus bancos, los ubican entre  dos relieves que me sobresalen en el sector de la pared del este y que les ofrezco como  protección. Las remeras ajustadas ponen en evidencia que ya usan sostén. Pienso: «Qué rápido han abandonado a las muñecas». Sus cuerpos de mujer, sin terminar, se acomodan en una cercanía que anuncia secretos, y las jovencitas comentan la experiencia de la primera menstruación y del primer beso.  Escondo sus confidencias entre la argamasa y las junturas de mis ladrillos; y los sello después, para que nadie se entere de nada, con el polvo que flota en agosto. Una de mis peculiaridades es que sé guardar, en reserva absoluta, misterios y claves que amparan a los salvadores.

·          

A la tarde de otro largo día  —siempre a las cinco— reconozco el taconeo de Margarita que regresa de su trabajo, por el sur, con un portafolio de oficina, elegante trajecito y los labios pintados. Sonríe cuando reconoce las siluetas de Martirio y Matilda; que, con delantales de maestras, me abordan por el norte. Las tres aceleran el paso. Me urge facilitarles el encuentro e intento hacerme más cortito para apurar los abrazos. ¡Se me ocurre cada cosa! Pero son ellas las que disminuyen la distancia como si su alegría rodara por un declive que no tengo. Y ahí están en animosa tertulia de señoritas, mientras intercambian  las primeras experiencias laborales. Pongo especial empeño en mantenerme fresco, para aliviarles tanta actividad.

·          

En la tarde siguiente —clavadas las cinco— argumentan con vehemencia conceptos filosóficos y criterios de organización comunitaria. Están sentadas en el umbral de una de sus casas, tomando mate y escuchando rock nacional. Menos mal que este acuerdo tácito del encuentro a la misma hora se cumple a rajatabla. Entre sus trabajos y sus estudios universitarios, temí en un momento que se diluyera el rito. Pero saben que yo profeso una gran admiración hacia ellas y un acompañamiento incondicional a sus proyectos. Por eso aceptan mi tutela cada vez más dedicada,  me dejan hacer y prevenir a voluntad algunas cuestiones.

·          

Un día más y allí están las tres —a las cinco—  armando carteles y banderas para la manifestación. Entusiastas y apasionadas, planifican y organizan la marcha e introducen en su conversación tres nombres masculinos con una vehemencia que me inquieta. Pareciera que a cada una de ellas le correspondiese uno de esos varones en particular, por el modo en que marcan las diferencias entre ellos y describen sus virtudes individuales. A medida que las exageran me inclino a pensar que sí, que cada una tiene su preferido.  ¿Acaso las separarán de mí y no estoy preparado todavía para ello? Me incomoda la irrupción de esos entrometidos. Puedo asociar —según los diálogos entre personas que aleatoriamente me han transitado—  que el sentimiento que experimento se llama celos. Martirio, Martina y Margarita no toman en cuenta mi debate interior y parten hacia el centro de la ciudad con sus pancartas en alto. Cuando doblan mi esquina del norte cantan todavía,  a viva voz, las estrofas que las identifican como militantes de un grupo juvenil de asistencia social en los barrios.  El miedo a que me abandonen se interrumpe de modo repentino. Lo suplanta  un sabor  agrio de peligro próximo, de amenaza de algo que no puedo definir. La terquedad de mi ego, interfiere y dificulta, no permite que apacigüe mi confusión. Por fin, logro que se quede adormilado en una cornisa, “me lo saco de encima”, y cuando esto ocurre, me convenzo de que no son celos lo que siento; se  define con claridad un sentimiento premonitorio que me pone en estado de alerta.  Tomo entonces los recaudos necesarios, ya que soy guardián de sus vidas. Ellas lo saben.

·          

A la tarde siguiente —a las cinco en punto— irrumpen unos vehículos militares que vallan  mis esquinas y la policía montada me invade con el  sonido ensordecedor que hacen  los cascos de los caballos contra mis adoquines. Los uniformados vociferan vocablos irreproducibles; buscan a mis niñas con una furia descontrolada; gritan sus nombres a viva voz, mientras tiran al viento amenazas de muerte; hieren mis límites cuando golpean las puertas de las tres casas; sangro, cuando quiebran las ventanas. El estupor inhibe mi comprensión por unos instantes, pero instintivamente y como defensa, cubro de humedad toda mi extensión y exudo de mis paredes un vaho maloliente y pegajoso.  Atraigo una bruma que oscurece y desdibuja los contornos, genero un huracán que paraliza la respiración de los caballos  y arroja de las monturas a sus jinetes. Una maraña de patas, brazos, cabezas y cachiporras ruedan en infinitas direcciones y colisionan unos con otros,  confundiendo a los hombres que suplantan los gritos amenazantes, por súplicas y alaridos de terror. Los fusiles se les disparan solos y hay bajas entre ellos. Se oyen también relinchos desesperados, y cuerpos estallando contra los carros de asalto.  Huyen en estampida que no reconoce especies, llevándose sus muertos y heridos.

·          

Parte alguna de mí se ha replegado ante el ataque. Las he defendido  con todas mis fuerzas. Nada de lo que soy les sirvió a los invasores para asirse o protegerse. Ni siquiera las salientes de mi pared del este, que disimulan a la perfección, la abertura por la que Martirio, Matilde y Margarita han huido hacia la libertad de sus días siguientes.

·          

Desconozco si otros pasajes han vivido situaciones similares, tampoco puedo salir a buscarlos. En el reparto de las cualidades esenciales, me ha sido negada la capacidad de trasladarme. Existo para que otros seres se trasladen a través de mí, no para cambiar de lugar. Por eso me sorprendo, harto de mí mismo, cuando siento que mi vida es ahora una noche interminable inundada de ausencias. Quizá, la intensidad de los acontecimientos ha trastocado la unidad de tiempo que manejo, constituida por el día y el día siguiente y no me sea posible verlas… ¡Ay, a mis niñas! No tengo modo de dimensionar el tiempo, sumido en esta desolación.

·          

Al siguiente día —a las cinco de la tarde— agudizo mi percepción al punto que puedo intuirlas o adivinarlas antes de que ingresen a mi campo visual. Hasta que por fin, las veo a las tres aparecer por mi parte norte, con el pelo blanco, blanquísimo. Me dispongo a recibirlas.  Tienen los brazos entrelazados,  se apoyan en bastones y se asisten las unas a las otras, logrando así  un equilibrio perfecto. Caminan lento, muy lento, oigo sus voces un poco más graves y resquebrajadas en animada conversación. A medida que avanzan,  brotan entre mis adoquines florcitas multicolores y mis muros estallan en enredaderas, dándoles la bienvenida.  Las espero ansioso hasta que  logran el centro, entonces el sol ilumina mis salientes de la pared del este, esas que disimulan el pasadizo por donde huyeron una vez, y se acurrucan allí con cierta dificultad. Yo las protejo   —sabiendo que han venido a despedirse—  y suelto sus secretos y libero sus recuerdos. Ellas me honran con risas vibrantes, también ese día, y me preparan para el día siguiente sin ellas. Se alejan siempre unidas, afirmándose en sus bastones.

·          

Ignoro cómo serán las voces de los nuevos que me habiten, claro que me dispongo a cobijar las costumbres que traigan y los rituales que organicen. ¡Eso sí!, me las ingeniaré para que no sea a las cinco de la tarde; reservo ese tiempo para Martirio, Matilde y Margarita. Cuando mi memoria las traiga, ellas me iluminarán de punta a punta, como  guía para los forasteros y claridad para los elegidos.

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sábado, 31 de enero de 2026

UNA VEZ TUVE MIEDO Micro cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) Teatro y Neurociencias

 

Patricia Hart en el cuadro: "Sentadita en el
hall" del espectáculo Sabores del Alma, en 
el Festival Internacional de Teatro de Cuba



UNA VEZ TUVE MIEDO  

Micro cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart)

Teatro y Neurociencias

 

Una vez tuve miedo de enfermarme de polio, como mi hermana pequeña. Me desperté de una pesadilla, gritando y empapada en el sudor de mis nueve años. Mi padre, alarmado, llegó a mi cuarto, y como si hubiese estado soñando lo mismo que yo me preguntó:

 —¿Tienes miedo de contagiarte?

 —Sí, le dije. —Me abrazó y me dijo:

 —No, no te vas a enfermar.

 Fue su abrazo el que me proveyó de todos los anticuerpos necesarios. Dejé de temblar. No enfermé.

 Es probable que todos los miedos experimentados en mi larga vida, hayan sido sólo versiones enmascaradas de ese episodio.

 Por eso, cualquier pavura que me invada, sólo durará lo que tardo en pronunciar la palabra miedo, siempre que medie un abrazo.

 En la Imagen: Patricia Hart en el espectáculo “Sabores del Alma” en el Festival Internacional de Teatro de Cuba.  Cuadro: “Sentadita en el hall”

 

viernes, 23 de enero de 2026

ESTAMBUL Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

ESTAMBUL Cuento de Patricia Steinhardt (Patricia Hart 
en arte) 

ESTAMBUL

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)

Un día, mi madre ya anciana, me dice:

—Hay Patri, no sabes lo que soñé; estaba en Estambul, paseaba por sus calles. —Mientras reía con ganas, dijo con sorpresa— ¡En Estambul! ¡Jamás se me ocurrió ir a Estambul!  No sé nada de Estambul. Compraba telas vistosas y abalorios exóticos…Estambul…hay, no sé cómo se me ocurrió soñar eso, caminaba con entusiasmo, había mucha gente, yo estaba vestida con sedas y gasas livianas que se movían con gracia. Estaba en Estambul y era feliz. —Ahora reía a mandíbula batiente y se recostaba sobre mi hombro para recobrar fuerzas—

Su risa era contagiosa y su asombro era de tal magnitud que lo único que yo hacía era escucharla y dejar libre mi propia carcajada. La tentación de risa duro largo rato y nos quitaba la respiración. Se nos caían las lágrimas de la risa. No podíamos parar. Intentamos controlarla, pero al mirarnos repetíamos al unísono:

—¡Estambul!— Y otra vez las carcajadas.

Creo, que un pensamiento fugaz se coló en mi cerebro, pero lo desestimé por distractivo; no podía permitir que nada interrumpiera ese momento.

La risa y la extrañeza de mi madre resonaban en mí, ocupando  todo mi ser, de modo de generar esa complicidad única con ella.  Al punto que comencé a percibir los olores de Estambul y  su universo sonoro. ¿Cuánto tardan dos personas en ingresar al espacio de la maravilla, donde no hay puertas, ni ventanas, ni llaves, ni oscuridades? Pues… ¡nada!... entran, así nomás, al portal de los espacios abiertos. Estábamos en el mismo sueño, estando despiertas. No es “moco de pavo”, compartir con otra persona la existencia simultánea de dos realidades que son complementarias y que  el común de las gentes las define como antagónicas y enfrentadas. Pero nosotras no éramos el común, nunca lo fuimos.

Desde chica siempre recordé mis propios sueños con detalle. Los terroríficos, esos que me despertaban a medianoche, toda transpirada y temblando de miedo,  me enseñaron sobre la fragilidad de la condición humana.

Otro tipo de sueños recurrentes y deliciosos,  siguen siendo aquellos en que  remonto vuelo,  y desde las alturas, veo la ciudad, o los campos y sus ondulaciones.  Me llenan de libertad  y afirman la  certeza de una realidad aparentemente imposible. Porque yo vuelo, literalmente, vuelo. Mi mundo onírico posee el poder de la realidad soñada. Que es una realidad. Es un lenguaje que completa la comprensión del mundo de “ojos abiertos”.


EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la serie: Cuestiones de hermanos


                                  "El asunto de la hermandad es un infierno" Cuento de Patricia

                                  Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la Serie: "Cuestiones

                                  de hermanos"

EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) de la serie: Cuestiones de hermanos

"Te recomiendo Contar hasta diez. Contar hasta diez antes de levantar la voz, antes de agredir, antes de acusar. Contar hasta diez, antes de dañar, antes de romper, antes de engañar. Te recomiendo... Contar hasta diez. Contar hasta diez, antes de presumir, antes de negar, antes de abandonar. Contar hasta diez, hasta diez nada más... Es el tiempo que se necesita para no arrepentirse jamás..."

Entiendo que mi capacidad para observar las actitudes de los demás de manera tan exquisita, se debe a varias cuestiones: una, la sensibilidad natural con la que vine de marca —para ver más allá de lo que se dice o hace— el nivel de empatía, la capacidad de comprensión y mi profesión como actriz, escritora y directora. Estas expresiones parecerán un poco soberbias, y es probable que lo sean, pero la intención de este escrito no es ni desarrollar ni incluir mis debilidades, que las tengo, como todos. Por otro lado, qué me importa pecar de soberbia, por decirlo de alguna manera. Perdón, estoy tentada de risa. Con todos los años que tengo encima, alrededor y adentro, estoy harto habilitada para decir las cosas como las digo —siempre después de mucha reflexión— de remarcar lo que observo, de escribir la vida misma. ¿Vio, este chico, cómo son las cosas?

El asunto es que llegó el día de la escritura de la venta del departamento grande que nos quedó a los 11 hermanos como herencia de nuestros padres, bueno: nueve hermanos vivos y por los dos fallecidos, estaban los seis sobrinos, algunos presentes y otros representados con poderes. En reuniones previas de los hermanos y los sobrinos, mis hermanos habían querido descontarles a los sobrinos, de la parte proporcional que les correspondía de la herencia, lo que ellos habían puesto para ayudar a mamá. En esa reunión dejé sentado lo que había sostenido por años. Que lo que cada hermano aporta de dinero a su madre no es deuda entre hermanos y menos de los seis sobrinos, hijos de nuestros dos hermanos fallecidos. ¡Una locura de avidez descontrolada, de egoísmo extremo, de distorsión descabellada!

Mi hermana Florencia, que justo se sentó frente a mí, me miraba con insistencia, su cara ya no era la de ella, era la de mamá cuando se ponía prepotente y autoritaria y agresiva, cuestión que los hermanos se negaban a reconocer en mamá, pero que obviamente la  habían padecido.  Pero que ahora, después de muerta, era una santa mujer, casi virgen. Lo digo así, con esta expresión absurda de mi mamá virgen, para dejar registrado el nivel de negación de la realidad y de idealización preponderante de la persona de mamá, de parte de  la mayoría de mis hermanos.  La mirada de Florencia era la de una persona desequilibrada, obsesiva, impulsiva resentida. Florencia, me buscaba para molestarme. Yo estaba en otra,  total, tranquila, en paz. De pronto no pudo más y con movimientos de la boca y en silencio (es muy zorra) balbucea una palabra que no entiendo.  De no haber estado alertada yo, de que eso podía sucederle, me hubiera asustado, pero sólo me movió a la compasión y hacerle una sonrisa, mientras le dije: no es el ámbito, éste,  para tratar ningún asunto, en todo caso se puede hacer después. Reaccionó con un: “nunca”, que sonó como un disparo preparado con tiempo en la recámara de una pistola, antes de cometer un asesinato ya premeditado y calculado.  Ya hacía rato que Florencia había adoptado esa forma tan odiosa de madre autoritaria: era clarísimo, se expresaba así, “tus hermanos, tal cosa, tus hermanos tal otra”. Eso lo puede decir una madre. Un hermano, cuando se refiere a sus otros hermanos dice por ejemplo: nosotros o nosotras, se incluye. Y no era el caso de Florencia. De terror, lo peor era que no era consciente y tampoco lo iba a poder elaborar. Ella desde ese lugar en que se había ubicado, vaya a saber por qué, bajaba línea todo el tiempo y confabulaba sin ningún pudor, contra el que pensara diferente. ¿Intrigas palaciegas? Un poroto. Se nota que le había quedado como aprendizaje posible, esa maldita costumbre que tenía mamá de criticar a uno de nuestros hermanos, todos y cualquiera, cuando estaba sola con alguno. Yo me di cuenta de ese mecanismo de mamá, desde muy temprano y no dudé en preguntarle, ¿por qué hacía eso? luego, un poquito más grande, llegué a decirle que no estaba bueno que me criticara a fulano o a mengana, que eso sólo producía malestar, que lo único que lograba era fomentar enemistad entre hermanos. Ella intentaba con este modo que adhiriéramos a su crítica atroz y destructiva. Por último le prohibí que me criticara a los hermanos. Se quedó muda. Para que mamá se quedara muda, debía suceder algo (¿cómo lo diría?) sobrenatural. Eso. Claro está, que cuando mamá me criticó despiadadamente, todos le creyeron y fue allí donde se produjo la mayor injusticia de mi vida. Menos mal que años después, mamá, estando en Azcuénaga, me dijo: “Patri, perdóname por todo lo que te hice sufrir”. Eso, mientras estábamos abrazadas. Por supuesto sabíamos que se refería a ese episodio tan perverso. Lástima que su orgullo no le permitió explicarles a mis hermanos, cuánto se había equivocado conmigo. ¿Mis hermanos?, ni qué hablar, se abrazaron como un rito a esas difamaciones de mi madre y mantuvieron durante 25 años las falsedades sobre mí, desprestigiándome. ¿Mis hermanos?, un infierno, el Ku Klux Klan.

Alejandro, el menor de todos los hermanos y pronto a cumplir 60 años, el día ese; el de la escritura del departamento grande; se sentó a mi lado, por supuesto sin saludar, cosa que yo sabía iba a suceder, igual que con los demás. Yo sabía que nadie se iba a atrever a saludarme, y así fue. Dejé que Alejandro hiciera y ni siquiera giré hacia él, para no abrir, ningún tipo de intercambio. Todo iba bien, hasta que en un momento  percibí que algo iba a hacer. No tardó mucho tiempo y lo tenía de pie, detrás de mí, apoyándose en el respaldo de mi silla y moviéndola, para molestarme, al mejor estilo de niño patotero, provocando a un compañero. Puede ser que el inconsciente lo haya traicionado, sí, puede ser, y que su disgusto se le escapara “inconscientemente” de ese modo. Pero dada la circunstancia que él, en un momento de nuestras vidas, me había reconocido que se había comportado conmigo de forma perversa, (esa fue la palabra que usó), puedo entonces afirmar que esa provocación que ponía en movimiento era adrede. Era costumbre suya contarnos, cómo en muchas oportunidades bardeaba a sus alumnos o se las ingeniaba para molestarlos por algún motivo. Alejandro, a medida que creció, fue perfeccionando el manejo de la ironía. Para mí, ese mecanismo es agotador, violento  y destructivo. Me levanté y me cambié de silla.

La escribanía contaba con una máquina que cuenta los billetes y detecta los falsos. La escribana nos ofreció que ponía a nuestra disposición una secretaria de su estudio, especialista en hacer funcionar el aparato. Asentimos. No bien comenzó la operación 5 o 6 de mis hermanos rodearon la máquina. Yo los veía de espaldas. No era una visión agradable. Estaban curiosos y controladores y eso es correcto, normal, necesario. El asunto es que no era agradable verlos porque cuando yo preguntaba algo o quería sacar un número o hacer una cuenta, inmediatamente se enojaban mal y me agredían o decían que yo desconfiaba o que no valoraba el trabajo del otro. De locos. Realmente, patético. La especialista  y voz cantante de este proceder era Adrianita. Todas las veces que nos reuníamos hacía un acting donde lloraba y decía que nadie le agradecía (o algunos) Se engolosinó mal, a medida que pasó el tiempo y transformó para ella, lo que sería hacer cuentas, en un  despliegue de poder y soberbia, donde no aceptaba que cometía algún error, que “el sistema lo dice, es infalible”, decía,  y donde ella distribuía sólo la información escueta que le parecía. Desde chiquita le encantaba hacer cuentas. Lo mismo en estos episodios. Tenía un mensaje contradictorio al límite: consistía en reservarse las cuentas, protestar por el tiempo que le demandaba hacerlas e imposibilitar de una y mil maneras que otros lo hicieran,  con arteras y mentirosos recursos. No daba explicaciones, y maltrataba al que le preguntaba. Bueno, especialmente a mí. Estaba como ensañada, intentando cobrarme vaya a saber qué deuda infantil que me adjudicaba. Problema de ella. Patético.

Adriana se había sentado en la cabecera de la mesa de la escribanía y había desplegado su computadora, con las planillas infalibles, según ella. La flanqueaba mi hermana mayor que no dejaba de cuchichearle cosas, y que estaba provista de papel y lápiz. Mi Dios, si yo hubiese pelado lápiz y papel, se me hubieran abalanzado como fieras, como ya lo habían hecho en otras tantas oportunidades. Es decir, las cuentas, las hacen dos o tres y los demás asienten, sin preguntar y si preguntan, los castigan, desestiman, agreden, ningunean, les faltan el respeto, los excomulgan y expulsan de la comunidad. ¡Pero mirá qué lindo ch’amigo!! ¡Mirá ch`amigo como repiten la prepotencia aprendida de la madre”

Desde joven, cuando yo recién comencé a trabajar y todavía vivía con mis padres y hermanos, todos los meses colaboraba con la mitad de mi sueldo para ayudar a mis padres y hermanos. Y en una oportunidad durante esos años, que mi padre sufría penurias económicas le entregué la totalidad de un dinero de una indemnización que yo había cobrado. Era una buena suma. A mí me producía mucha alegría y orgullo aportar. Sí, es verdad, lo hacía, de algún modo, postergando satisfacer cuestiones que una joven necesita cubrir. No puedo olvidar la alegría de mis hermanos chiquitos, cuando yo les compraba algo a ellos en forma especial. O la actitud de mi padre de agradecimiento y un poco de pesar al mismo tiempo, por tener que pedirme dinero.

Siento además un orgullo muy grande de haber ayudado a mis hermanos, y a muchos de mis sobrinos y sobrinas de distintas maneras durante toda mi vida. Es hermoso y multiplicador. También seguí ayudando con dinero a mamá cuando murió papá. Lo único es que jamás quise que se anotaran mis aportes en una lista que habían hecho los hermanos. ¿Por qué?

El dinero que cada hijo le dio a nuestros  padres, para su bienestar y sostén, en distintos momentos de nuestra historia —  consecuentemente con lo que pienso como principio desde hace años, y de lo cual los hermanos están enterados desde ese entonces— no se convierte en deuda entre hermanos, ni es préstamo de dinero entre hermanos, que deba ser  reintegrado o devuelto o restado  de la onceava parte que le corresponde legalmente a cada uno por la venta de las propiedades heredadas.   Tanto me refiero a la plata que yo puse cuando pude, haciendo sacrificios, como la que pusieron otros hermanos cuando pudieron, haciendo sacrificios.

Por eso, el día de la escritura de la venta del departamento grande fue La Liberación del Infierno.