lunes, 16 de febrero de 2026

TEATRO Y NEUROCIENCIAS COMPARTEN RECURSOS, por Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart, en Arte

Los recursos del Teatro y de las Neurociencias, por Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart en Arte



LOS RECURSOS DEL TEATRO Y DE LAS NEUROCIENCIAS 

por Patricia Josefina Steinhardt, Patricia Hart, en Arte.

Durante toda la historia de la humanidad las Artes, con todas sus formas de manifestación, han sido y son los “espacios-tiempo” que han alojado infinitas versiones de resistencias silenciosas, inagotables giros de retiradas activas, habitáculos para la preservación de la energía vital.

 Es en las Artes donde no se valida el sálvese quien pueda. Muy lejos de eso las Artes conciben al conjunto con todas sus posibilidades de realización. Las Artes perciben con total magnitud el sentido de la existencia.

 Las Artes, imitan los movimientos circulares y espiralados de la naturaleza a través de las metáforas, las cuales sugieren, revelan, fortalecen y clarifican sin armaduras.

El descubrimiento de las neuronas espejo ha llevado a los científicos a realizar una comparación sistemática de sus descubrimientos con los saberes y modos de comunicarse que tienen los actores con los espectadores, de la habilidad de producir empatía, y de la capacidad de  construir emociones creíbles e impactantes a voluntad.  Los neurocientíficos comenzaron a entender lo que el teatro ha sabido desde siempre.

 En Neuropsicoeducación se define al ser humano como una Unidad/Cuerpo/Cerebro/Mente/Medio Ambiente (mundo escénico cotidiano). En Teatro se define al actor como Unidad/Artística/Expresiva en Acción con el Entorno (mundo escénico ficcional). Para que un Actor sea un Actor lleva incorporados a través de sus prácticas, ejercicios y entrenamientos, un nivel de autoconocimiento y de conciencia de la evolución de los procesos emocionales, reflexivos y de la memoria que demuestran que las neuronas espejo están desarrolladas en modo superlativo y que dan lugar a un fortalecimiento de las conexiones sinápticas entre las distintas regiones neuronales.

 Son  especialistas en el aprendizaje, en la memoria, en la empatía y en la imitación. Significa entonces que ese procedimiento del cerebro puede ser tomado con el objetivo de mejorar y enriquecer la relación entre las personas y su mundo circundante, sea el educativo, el privado familiar  o el profesional social.

 Los aportes del Teatro a las Neurociencias consisten en facilitar esos modos y prácticas que posibilitan el desarrollo del cerebro y sus funciones. Cómo funcionamos, cómo mejorar y enriquecer los potenciales personales, los campos intelectuales e incursionar sobre los modos en que se desarrollan las emociones, el funcionamiento de la memoria en sus subjetivos y diferentes tiempos de existencia, el poder de concentración, las etapas creativas, las asociaciones intuitivas y el desarrollo del imaginario y la creatividad. Estas cualidades y condiciones de las funciones cerebrales son las que nos guían hacia la invención de sistemas, de mecanismos, de operaciones matemáticas, de composiciones artísticas, de elaboración de obras de todo tipo y producción de ideas.

 Es imprescindible entonces que se incorpore la educación emocional en todos los ámbitos educativos para facilitar los procesos de aprendizaje.

Los Recursos y Saberes del Teatro aportan los modos en que debe gestionarse ese proceso, Lo Recursos de las Neurociencias fundamentan científicamente, desde el punto de vista biológico, electroquímico y morfológico, funcional lo que sucede en el cerebro y los fenómenos y cambios que intervienen en los procesos neuronales.

 Esta interdisciplinariedad indisoluble y armónica de ArteCiencia o CienciaArte hace posible la adquisición de una actitud abierta y disponible hacia el conocimiento.

 “El Teatro me posibilitó, más allá de un saber escénico, adquirir seguridad en mí, como persona pensante y emocional.

Fortaleza para resistir los embates siempre inoportunos de la vida.

Ingenio para transformarlos en aprendizajes.

E imaginación para hacer de cada día una instancia única”


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domingo, 15 de febrero de 2026

COINCIDENCIAS en veinte segundos, Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

Patricia Hart en la escena del desbande del pueblo en la obra "Fuenteovejuna" de Lope de 
Vega, en el Teatro Municipal General San Martín, de Buenos Aires. Sala Martín Coronado.


COINCIDENCIAS en veinte segundos

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)
 

—Hola Benítez, venite ya. Venite preparado.

Ese mensaje grabado por Hugo, lo escuché a las seis de la mañana, no bien salí de la ducha.

Me llamó la atención el  “venite preparado”. Siempre ando bien preparado. Entre la variedad de objetos necesarios para mi trabajo, que me pego al cuerpo antes de salir, está  el revólver en la sobaquera y una funda en la cintura con el silenciador. Él lo sabe. En fin. Fui.

¡Qué cosa las vueltas de la vida!  A nadie se le ocurre pensar que un ex seminarista, con los votos de obediencia, castidad y pobreza en orden, ande por las calles de Buenos Aires armado hasta los dientes. Recordé cómo en el seminario de la hermandad en Córdoba  —en el que estuve pupilo por años siendo chico, como novicio— nuestro confesor nos mostraba ilustraciones de Cerbero, el perro de tres cabezas, custodio del infierno.  Desarrollé una pavura irracional  a los monstruos, a los perros negros, enormes,  con colmillos goteando sangre.  Cuidador de puertas que no deben  ser traspasadas, sin el debido permiso, para salir o para entrar. ¿Por qué pensaba esto mientras iba a lo de Hugo? Hasta hoy,  la imagen de Cerbero, ávido e insaciable de sangre, me produce terror. Cerbero, cancerbero,  me suena a carcelero.

En algunos trabajitos, para no despertar sospechas uso el alza cuello sacerdotal. Todo se me hace más fácil, porque conozco bien la jerga y adopto con facilidad los gestos de benevolencia característicos del clero.   Entre los de la iglesia también informalmente lo llamamos “collar de perros”. ¡Pero si seré estúpido! Recién ahora caigo. Yo, con este cuello, soy un perro guardián. Me reí sin ganas. Pensé: que ironía ser un perro guardián y aterrorizarme con los perros.

Bueno, listo, ya sé por qué asocié a Cerbero. Antes de llegar, tengo que deducir por qué Hugo me dijo “venite preparado”. Me inquieta. Por lo general adopto este atuendo de sacerdote, cuando necesito tiempo extra de análisis, anterior a la consumación de la tarea. La gente al ver un cura, se tranquiliza, baja las defensas, y en ese tiempo, ajusto el plan, cambio algo, si es necesario y  acelero o retardo su ejecución.

Tomé el subte. Sólo una estación me separaba de lo de Hugo. Todos los asientos estaban ocupados. Compartí el pasa manos de la puerta con otros que también estaban de pie. En el medio del pasillo del vagón, una mujer alta, muy blanca, de pelo largo y abultado,  con flequillo, bien vestida, que no parecía estar en sus cabales, hablaba a viva voz, como si se dirigiera a mucha gente en un espacio enorme. En tono de arenga decía cosas sin sentido. Hablaba con desparpajo. Sin serlo, se asemejaba, por las maneras, a un discurso político. Mechaba su perorata con algún giro humorístico elaborado, que sorprendía a los pasajeros y los llevaba a la risa y a prestarle más atención. Los tenía como hipnotizados. Todo esto, me hizo pasar todavía más desapercibido, y a afinar mi alerta del entorno, sabedor de cómo,  en concentraciones de gentes, se planifican situaciones atractivas, que las  distraen de algún episodio “non sancto”,  pronto a ser realizado por  personas de mi especialidad, digamos.

Sentado en el borde del asiento, un tipo pelirrojo, gordito, pecoso, parecía llevar peluca, pero observándolo detenidamente confirmé que era su pelo natural, así, cortito y duro. Dejó  de mirar a la “habladora”  y cruzó miradas conmigo. ¿Sintió que yo lo miraba o me miró para marcarme su presencia? Un ojo entrenado como el mío, detecta el desvío de una mirada que ocurre en milésima de segundo. Y esto es lo que hizo el pelirrojo, “pirinchos parados”. Cruzó mirada con una mujer que estaba sentada frente a él.  Ella, tenía la cabeza gacha. La levantó para contactar con el pelirrojo. Era la única en el vagón, que no le prestaba atención a la “oradora”. Antes que reclinara su cabeza, la giró hacia mí, sin mirarme y observé sus labios gruesos, sobre todo el inferior, la piel muy blanca, pelo muy rubio, atado en una cola bien tirante. Tenía un notable parecido con Liv  Ullman, por lo que me dije, es sueca.

En diagonal a mi puerta y medio abrazando el caño vertical, estaba de pie un sujeto flaco, petiso, con un bigote ralo, el pelo lacio, grasoso pegado a su cráneo blanco, el saco del traje holgado. Seguía a la charlatana con el ceño fruncido y las pupilas de los ojos bien para arriba. Hizo un imperceptible movimiento con sus hombros, como una sacudidita. No le hubiera dado importancia, de no ser, que fue replicado por la sueca y el pelirrojo y que la oradora se desplomó en el piso.

Coincidió con la llegada de la formación, a la estación siguiente, Tribunales, y con la apertura de las puertas. Con el desbande de los pasajeros. Coincidió con los pedidos de ayuda, los gritos de alarma de los que intentaban asistir a la mujer, que convulsionaba en el piso, los pitazos de los guardas, las corridas del personal de vigilancia, coincidió con mis asociaciones de que los cuatro tenían la piel muy blanca, que habían sido ubicados estratégicamente en el vagón, de manera que triangulaban conmigo y entre ellos, coincidió con el replanteo de ese, “venite preparado” , de Hugo, que jamás decía y coincidió que yo comenzaba a entender algo así como una traición. Coincidió con la confirmación de la traición de Hugo, cuando la sueca, rodeó mi cuello en un abrazo, mientras me besaba en los labios con pasión, mientras tapaba con su cuerpo al grasoso, que desde abajo me aplicaba un inyectable letal en la ingle. Coincidió cuando la vigilancia me gritaba que deje de franelear y que desocupe el vagón. Coincidió cuando el pelirrojo puso su espalda contra la mía, manteniéndome erguido y entre los tres me sacaron al andén, como si fuésemos parte del caos general. Coincidió cuando me sentaron en uno de los bancos y me apoyaron contra un pasajero que se reponía de un bajón de presión y que no tenía fuerzas para rechazar mi peso. Coincidió cuando me quitaron la sobaquera, el silenciador, el cuchillo de asalto del tobillo y el celular y me plantaron la documentación como clérigo de un pueblo perdido boliviano, fronterizo a Tartagal.

Coincidió cuando falsos enfermeros llevaron a la mujer en camilla hacia la superficie, y la sueca, el grasoso y el pelirrojo se esfumaron entre la multitud.

Y por último, coincidió cuando sonó el pito de cerrar las puertas del vagón, con los ladridos furiosos de Cerbero, preparado con sus tres cabezas para desgarrar mi cuerpo…dormido…digamos.

 

En la imagen: Patricia Hart en el momento del desbande del pueblo, en la representación de  “Fuenteovejuna”.

 

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miércoles, 11 de febrero de 2026

Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte) COMEDIA MUSICAL: UN GÉNERO TEATRAL CON SUS EXIGENCIAS, ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

 


Patricia Hart en el personaje "Caperucita",  de la comedia
musical "¿Quién es, quién es, quién será?" de Jorge Landó

Por Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)

COMEDIA MUSICAL: UN GÉNERO TEATRAL CON SUS EXIGENCIAS

ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE

 Entraba a hacer la función con 52 kg. Cuando finalizaba, apenas llegaba a los 49 Kg. Claro que después los reponía. Esto que menciono, me sirve como un índice, más que claro, para  nombrar las exigencias  que sobrelleva un actor al componer un personaje dentro de una comedia musical. ¿Cuándo fue?  Yo hacía de Caperucita. Y… sí—hace bastante tiempo. Lo digo tentada de risa,  porque ahora, podría componer a la abuelita de Caperucita Roja. Aunque en esa obra —no era el cuento tradicional—  no estaba la abuelita. El autor había tomado personajes de cuentos clásicos haciéndolos intervenir en una historia emocionante, con bailes y canciones.

Tres años consecutivos. Tres temporadas completas de representaciones de la comedia musical infantil: ¿Quién es, quién es, quién será? de Jorge Landó, premio Argentores.

La época de ensayos había sido rigurosa y agotadora.

 En general los actores, cuando tienen función, a la tarde o a la noche, organizan sus actividades diarias sin excesos. Tampoco son de aceptar algún paseo que los aleje un poco del lugar de su trabajo. Algo así, como que si yo tengo función a las 19 hs en el San Martín, no me voy a ir a pasar el día a una isla del Delta a comer un asado. ¿Se entiende, no?

 La premisa con la que nos manejamos los actores consiste en “mantener el cuerpo afinado” Cuando decimos cuerpo, nos referimos a nuestra totalidad, física, espiritual y anímica. Nos importa sobre todo esa “disponibilidad” esa “actitud de entrega, al trabajo que debemos realizar”. Todo, gira alrededor de ello. Llegar al Teatro, una hora y media o  dos horas antes de la representación, es parte del trabajo. Casi diría que uno va siendo el personaje cuando comienza a maquillarse. En la intimidad del camarín, mientras delineaba mis ojos, le decía a mi personaje:

 —Bueno, ya me abandono, no te inquietes, ya puedes ir habitándome.

 Una manera divertida de correr mi ego a conciencia, para que no contamine las circunstancias del personaje.

Pero volvamos a la comedia musical. A la composición del personaje que te toque, debes agregarle los recursos del baile y del canto para contar lo que le pasa. Entonces el actor de este género debe poseer un entrenamiento corporal de excelencia y expresividad para la danza y una habilidad, técnica vocal y buen registro para el canto. Lo que significan clases de danza que mantengan y mejoren cada vez más el tono muscular, la tensión, la fuerza, la resistencia y la flexibilidad. Y también las clases de canto que amplíen el registro, que sepa administrar el aire, que funcione la respiración correcta para cantar mientras se despliega una coreografía exigente o con giros acrobáticos (como me tocó en esa comedia que menciono).


Patricia Hart en el personaje "Caperucita",  de la comedia
musical "¿Quién es, quién es, quién será?" de Jorge Landó

 Lo más interesante de todo esto, para el actor, es que además de adquirir habilidades extra-cotidianas, espectaculares visualmente, aprende a manejar el silencio y la ausencia de movimiento. Hay una fuerza expresiva en la inmovilidad y en los silencios, que dimensiona y profundiza el sentido de la palabra dicha, remarcando la presencia del personaje y sus circunstancias.  Y este diálogo interno del personaje entre lo que muestra y lo que oculta, es una de las cuestiones que más movilizan al espectador.

Patricia Hart en el personaje "Caperucita",  de la comedia
musical "¿Quién es, quién es, quién será?" de Jorge Landó


 Por cierto tanto el universo musical como el de la danza y la acrobacia, no sólo tuvieron relevancia en mi formación como actriz, sino que me permitieron manejar esos lenguajes con fluidez tanto en mis composiciones como actriz, como en mis puestas como directora. Pero eso es otro capítulo.

 Abrazos, amigos.

 CAPERUCITA: el personaje

PATRICIA HART: la actriz

¿QUIÉN ES, QUIEN ES, QUIÉN SERÁ?: la comedia musical infantil (premio Argentores)

JORGE LANDÓ: el autor

CENTRO CULTURAL SAN MARTÍN, TEATRO EMBASSY

TEATRO MUNICIPAL ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

SALA SARMIENTO (la del ex zoológico): los teatros

CARLOS NÚÑEZ CORTÉS (el pianista del GRUPO LES LUTHIERS): la composición musical

ESTHER FERRANDO: la coreografía

ALFREDO DE VITA: el director


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domingo, 8 de febrero de 2026

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)

 

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o

CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart en Arte)

 

Todas las tardes —a las cinco—  Martirio, Matilde y Margarita bajan a jugar después de la merienda. Visten  a las muñecas de princesas, hacen carreras, intercambian figuritas de colección, inventan cuentos y hasta crean melodías sobre las cuales recitan las tablas de multiplicar que aprendieron ese día.  Y me habitan a mí, el pasaje empedrado —de una sola cuadra— que comunica sus casas. Saltan a la soga y el ruido de sus zapatitos sobre mis adoquines, se me hacen latidos. Sus voces reverberan en el aire y delimitan mi corta extensión. Cuando los lilas y magentas tiñen mi aspecto, se escuchan a sus madres llamándolas para el baño y la cena. Recién ahí se despiden  y cada una se va para su casa. En la noche,  los ecos de los juegos infantiles me mantienen dispuesto para otra jornada plena de ellas.    

·          

Al día siguiente —exactamente a las cinco— bajan con sus bancos, los ubican entre  dos relieves que me sobresalen en el sector de la pared del este y que les ofrezco como  protección. Las remeras ajustadas ponen en evidencia que ya usan sostén. Pienso: «Qué rápido han abandonado a las muñecas». Sus cuerpos de mujer, sin terminar, se acomodan en una cercanía que anuncia secretos, y las jovencitas comentan la experiencia de la primera menstruación y del primer beso.  Escondo sus confidencias entre la argamasa y las junturas de mis ladrillos; y los sello después, para que nadie se entere de nada, con el polvo que flota en agosto. Una de mis peculiaridades es que sé guardar, en reserva absoluta, misterios y claves que amparan a los salvadores.

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A la tarde de otro largo día  —siempre a las cinco— reconozco el taconeo de Margarita que regresa de su trabajo, por el sur, con un portafolio de oficina, elegante trajecito y los labios pintados. Sonríe cuando reconoce las siluetas de Martirio y Matilda; que, con delantales de maestras, me abordan por el norte. Las tres aceleran el paso. Me urge facilitarles el encuentro e intento hacerme más cortito para apurar los abrazos. ¡Se me ocurre cada cosa! Pero son ellas las que disminuyen la distancia como si su alegría rodara por un declive que no tengo. Y ahí están en animosa tertulia de señoritas, mientras intercambian  las primeras experiencias laborales. Pongo especial empeño en mantenerme fresco, para aliviarles tanta actividad.

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En la tarde siguiente —clavadas las cinco— argumentan con vehemencia conceptos filosóficos y criterios de organización comunitaria. Están sentadas en el umbral de una de sus casas, tomando mate y escuchando rock nacional. Menos mal que este acuerdo tácito del encuentro a la misma hora se cumple a rajatabla. Entre sus trabajos y sus estudios universitarios, temí en un momento que se diluyera el rito. Pero saben que yo profeso una gran admiración hacia ellas y un acompañamiento incondicional a sus proyectos. Por eso aceptan mi tutela cada vez más dedicada,  me dejan hacer y prevenir a voluntad algunas cuestiones.

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Un día más y allí están las tres —a las cinco—  armando carteles y banderas para la manifestación. Entusiastas y apasionadas, planifican y organizan la marcha e introducen en su conversación tres nombres masculinos con una vehemencia que me inquieta. Pareciera que a cada una de ellas le correspondiese uno de esos varones en particular, por el modo en que marcan las diferencias entre ellos y describen sus virtudes individuales. A medida que las exageran me inclino a pensar que sí, que cada una tiene su preferido.  ¿Acaso las separarán de mí y no estoy preparado todavía para ello? Me incomoda la irrupción de esos entrometidos. Puedo asociar —según los diálogos entre personas que aleatoriamente me han transitado—  que el sentimiento que experimento se llama celos. Martirio, Martina y Margarita no toman en cuenta mi debate interior y parten hacia el centro de la ciudad con sus pancartas en alto. Cuando doblan mi esquina del norte cantan todavía,  a viva voz, las estrofas que las identifican como militantes de un grupo juvenil de asistencia social en los barrios.  El miedo a que me abandonen se interrumpe de modo repentino. Lo suplanta  un sabor  agrio de peligro próximo, de amenaza de algo que no puedo definir. La terquedad de mi ego, interfiere y dificulta, no permite que apacigüe mi confusión. Por fin, logro que se quede adormilado en una cornisa, “me lo saco de encima”, y cuando esto ocurre, me convenzo de que no son celos lo que siento; se  define con claridad un sentimiento premonitorio que me pone en estado de alerta.  Tomo entonces los recaudos necesarios, ya que soy guardián de sus vidas. Ellas lo saben.

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A la tarde siguiente —a las cinco en punto— irrumpen unos vehículos militares que vallan  mis esquinas y la policía montada me invade con el  sonido ensordecedor que hacen  los cascos de los caballos contra mis adoquines. Los uniformados vociferan vocablos irreproducibles; buscan a mis niñas con una furia descontrolada; gritan sus nombres a viva voz, mientras tiran al viento amenazas de muerte; hieren mis límites cuando golpean las puertas de las tres casas; sangro, cuando quiebran las ventanas. El estupor inhibe mi comprensión por unos instantes, pero instintivamente y como defensa, cubro de humedad toda mi extensión y exudo de mis paredes un vaho maloliente y pegajoso.  Atraigo una bruma que oscurece y desdibuja los contornos, genero un huracán que paraliza la respiración de los caballos  y arroja de las monturas a sus jinetes. Una maraña de patas, brazos, cabezas y cachiporras ruedan en infinitas direcciones y colisionan unos con otros,  confundiendo a los hombres que suplantan los gritos amenazantes, por súplicas y alaridos de terror. Los fusiles se les disparan solos y hay bajas entre ellos. Se oyen también relinchos desesperados, y cuerpos estallando contra los carros de asalto.  Huyen en estampida que no reconoce especies, llevándose sus muertos y heridos.

·          

Parte alguna de mí se ha replegado ante el ataque. Las he defendido  con todas mis fuerzas. Nada de lo que soy les sirvió a los invasores para asirse o protegerse. Ni siquiera las salientes de mi pared del este, que disimulan a la perfección, la abertura por la que Martirio, Matilde y Margarita han huido hacia la libertad de sus días siguientes.

·          

Desconozco si otros pasajes han vivido situaciones similares, tampoco puedo salir a buscarlos. En el reparto de las cualidades esenciales, me ha sido negada la capacidad de trasladarme. Existo para que otros seres se trasladen a través de mí, no para cambiar de lugar. Por eso me sorprendo, harto de mí mismo, cuando siento que mi vida es ahora una noche interminable inundada de ausencias. Quizá, la intensidad de los acontecimientos ha trastocado la unidad de tiempo que manejo, constituida por el día y el día siguiente y no me sea posible verlas… ¡Ay, a mis niñas! No tengo modo de dimensionar el tiempo, sumido en esta desolación.

·          

Al siguiente día —a las cinco de la tarde— agudizo mi percepción al punto que puedo intuirlas o adivinarlas antes de que ingresen a mi campo visual. Hasta que por fin, las veo a las tres aparecer por mi parte norte, con el pelo blanco, blanquísimo. Me dispongo a recibirlas.  Tienen los brazos entrelazados,  se apoyan en bastones y se asisten las unas a las otras, logrando así  un equilibrio perfecto. Caminan lento, muy lento, oigo sus voces un poco más graves y resquebrajadas en animada conversación. A medida que avanzan,  brotan entre mis adoquines florcitas multicolores y mis muros estallan en enredaderas, dándoles la bienvenida.  Las espero ansioso hasta que  logran el centro, entonces el sol ilumina mis salientes de la pared del este, esas que disimulan el pasadizo por donde huyeron una vez, y se acurrucan allí con cierta dificultad. Yo las protejo   —sabiendo que han venido a despedirse—  y suelto sus secretos y libero sus recuerdos. Ellas me honran con risas vibrantes, también ese día, y me preparan para el día siguiente sin ellas. Se alejan siempre unidas, afirmándose en sus bastones.

·          

Ignoro cómo serán las voces de los nuevos que me habiten, claro que me dispongo a cobijar las costumbres que traigan y los rituales que organicen. ¡Eso sí!, me las ingeniaré para que no sea a las cinco de la tarde; reservo ese tiempo para Martirio, Matilde y Margarita. Cuando mi memoria las traiga, ellas me iluminarán de punta a punta, como  guía para los forasteros y claridad para los elegidos.

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lunes, 2 de febrero de 2026

“MAMÁ, TE FELICITO, PORQUE ACTUÁS MUY BIEN” ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)


Patricia Hart en el personaje de Pascuala en "Fuente Ovejuna"
         de Lope de Vega / Dirección de Roberto Villanueva /
Teatro Municipal General San Martín / Sala Martín Coronado



“MAMÁ, TE FELICITO, PORQUE ACTUÁS MUY BIEN” ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE
Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) 

Te entregan una copia del libreto, en las oficinas del Teatro Municipal San Martín. La obra es totalmente en verso. Tienes muy presente la obra porque la has vuelto a leer, no bien te enteraste de que te han convocado. Es un clásico: “Fuente Ovejuna”, de Lope de Vega. La escribió en 1612. Tienes adjudicado un personaje. Es Pascuala, personaje relevante en la historia, ya que es la amiga del personaje protagónico, Laurencia. 
La versión es una adaptación del arquitecto, Roberto Villanueva, que también oficia de director. Con una trayectoria prolífica y muy reconocida por sus inquietantes concepciones escénicas, en los ámbitos teatrales nacionales e internacionales; cualquier actor estaría más que contento de ser dirigido por semejante personalidad. Es mi caso. 

Comparo la versión oficial del San Martín, con la del libro de mi biblioteca. Con horror, caigo en la cuenta que el adaptador ha eliminado secuencias enteras en que interviene Pascuala. ¡Me quiero morir! ¡Ataque de ego herido! Me dura toda la tarde. Tengo otras ediciones y en todas figuran las escenas completas. Debo desterrar la animosidad que me ha generado semejante descubrimiento antes que comiencen los ensayos, la semana siguiente. 

Invento un sistema que me permite ver si la evolución del personaje, se mantiene en la versión acotada. En una plancha de telgopor, pincho papelitos con los nombre de las escenas, en donde está Pascuala. Me alejo y Eureka! se me insinúa un diseño. Debajo de cada título y en otro papelito de otro color, escribo lo que le pasa al personaje en la escena, lo que hace, para qué lo hace. Vuelvo a alejarme, me quedo sentada un rato largo frente a mi sistema. Ya es un camino, casi que puedo tocarlo. Algo así como materializar la idea, ¿vio? Corto tiras de papel, que intercalo entre las columnas verticales de papelitos. Allí escribo todo lo que se me ocurre que le sucede y afecta a Pascuala entre una escena y otra. Listo. En la adaptación “tijereteada” de Villanueva, a Pascuala le pasa lo mismo que si estuviesen las escenas completas. 


Patricia Hart es Pascuala / Hugo Soto es el Comendador
"Fuente Ovejuna" de Lope de Vega / Dirección de Roberto
Villanueva / Teatro Municipal General San Martín / Sala
Martín Coronado 

Primer ensayo. Quedo fascinada con Roberto Villanueva. Anoto en mi libreto todas sus acotaciones y agrego pareceres propios; casi siempre en forma de pregunta, para pensar después. Nos pide que sepamos de memoria la letra de cuatro escenas. 

En el ensayo siguiente, Roberto nos marca los recorridos de los personajes. En la jerga, nos está marcando los lugares. Los caminamos dos veces y en la siguiente pasada, nos indica decir la letra. Se produce como una inquietud entre los actores. Alguien le pregunta sobre las intenciones de su personaje. Con una sonrisa molesta, él le responde: 

—Concéntrate en tu trayecto escénico. No estamos viendo intenciones. Ya las descubrirás. Es tu trabajo de actor. 

El elenco disimula su malestar. Durante un descanso, en el bar, el grupo a sotto voce, expresa su disconformidad. Se escuchan críticas al modo de dirigir de Roberto. Los menos, entre los que me encuentro, mantenemos una actitud paciente y concentrada. 

Después de los ensayos, en casa, Investigo la época histórica, modos de transporte, clima, vestimentas, comidas, terreno geográfico, organización social, creencias, música, bailes, tareas, oficios, vínculos en el campesinado, el trato a los niños, mitos, enfermedades, festejos. 

Me informo sobre Las Hurdes, en España, provincia de Cáceres, una zona agreste y aislada, con casas de piedra. Supe entonces que mi personaje, como todos los demás campesinos de ese año 1490, tenía la espalda encorvada y la mirada siempre hacia abajo. Una respuesta al sometimiento a los reyes, más que por los trabajos rudos del campo. Eso fue una epifanía. Me puse de pie e imaginé que la fuerza de gravedad era tan intensa que me doblaba en dos y que no me permitía alzar la mirada. Caminé así por mi living, diciendo la letra, realizando distintas actividades por mi casa, como si fuese Pascuala. Le había encontrado la corporeidad. Era Pascuala. 

En uno de los últimos ensayos, a poco del estreno, Roberto, nos agradece y nos da unas palabras de aliento. Y para sorpresa de todos hace público un reconocimiento a mi trabajo, dice: 

—Patricia, realmente has hecho un trabajo notable. Es verdad que he cercenado secuencias enteras de tu personaje, pero lo que haces en escena tiene una presencia que completa y trasciende la palabra. Todo lo que corté, está en tu interpretación. Me has dimensionado la Pascuala que yo tenía concebida. 


Es bueno recordarlo, por lo inesperado. ¿Ustedes piensan que allí finalizó todo? No, después del estreno la mayor de mis sorpresas me estaba esperando. Mi hijo, que en ese entonces tenía diez años, me dio una cartita  que decía: “Mamá, te felicito porque actuás muy bien”.  Tengo su manuscrito guardado.   

PASCUALA, el personaje 
PATRICIA HART, la actriz 
FUENTE OVEJUNA, la obra de teatro 
LOPE DE VEGA, el autor 
TEATRO MUNICIPAL GENERAL SAN MARTÍN, el teatro 
SALA MARTÍN CORONADO, las funciones 
ROBERTO VILLANUEVA, el director


sábado, 31 de enero de 2026

UNA VEZ TUVE MIEDO Micro cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) Teatro y Neurociencias

 

Patricia Hart en el cuadro: "Sentadita en el
hall" del espectáculo Sabores del Alma, en 
el Festival Internacional de Teatro de Cuba



UNA VEZ TUVE MIEDO  

Micro cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart)

Teatro y Neurociencias

 

Una vez tuve miedo de enfermarme de polio, como mi hermana pequeña. Me desperté de una pesadilla, gritando y empapada en el sudor de mis nueve años. Mi padre, alarmado, llegó a mi cuarto, y como si hubiese estado soñando lo mismo que yo me preguntó:

 —¿Tienes miedo de contagiarte?

 —Sí, le dije. —Me abrazó y me dijo:

 —No, no te vas a enfermar.

 Fue su abrazo el que me proveyó de todos los anticuerpos necesarios. Dejé de temblar. No enfermé.

 Es probable que todos los miedos experimentados en mi larga vida, hayan sido sólo versiones enmascaradas de ese episodio.

 Por eso, cualquier pavura que me invada, sólo durará lo que tardo en pronunciar la palabra miedo, siempre que medie un abrazo.

 En la Imagen: Patricia Hart en el espectáculo “Sabores del Alma” en el Festival Internacional de Teatro de Cuba.  Cuadro: “Sentadita en el hall”