domingo, 8 de febrero de 2026

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)

 

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o

CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart en Arte)

 

Todas las tardes —a las cinco—  Martirio, Matilde y Margarita bajan a jugar después de la merienda. Visten  a las muñecas de princesas, hacen carreras, intercambian figuritas de colección, inventan cuentos y hasta crean melodías sobre las cuales recitan las tablas de multiplicar que aprendieron ese día.  Y me habitan a mí, el pasaje empedrado —de una sola cuadra— que comunica sus casas. Saltan a la soga y el ruido de sus zapatitos sobre mis adoquines, se me hacen latidos. Sus voces reverberan en el aire y delimitan mi corta extensión. Cuando los lilas y magentas tiñen mi aspecto, se escuchan a sus madres llamándolas para el baño y la cena. Recién ahí se despiden  y cada una se va para su casa. En la noche,  los ecos de los juegos infantiles me mantienen dispuesto para otra jornada plena de ellas.    

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Al día siguiente —exactamente a las cinco— bajan con sus bancos, los ubican entre  dos relieves que me sobresalen en el sector de la pared del este y que les ofrezco como  protección. Las remeras ajustadas ponen en evidencia que ya usan sostén. Pienso: «Qué rápido han abandonado a las muñecas». Sus cuerpos de mujer, sin terminar, se acomodan en una cercanía que anuncia secretos, y las jovencitas comentan la experiencia de la primera menstruación y del primer beso.  Escondo sus confidencias entre la argamasa y las junturas de mis ladrillos; y los sello después, para que nadie se entere de nada, con el polvo que flota en agosto. Una de mis peculiaridades es que sé guardar, en reserva absoluta, misterios y claves que amparan a los salvadores.

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A la tarde de otro largo día  —siempre a las cinco— reconozco el taconeo de Margarita que regresa de su trabajo, por el sur, con un portafolio de oficina, elegante trajecito y los labios pintados. Sonríe cuando reconoce las siluetas de Martirio y Matilda; que, con delantales de maestras, me abordan por el norte. Las tres aceleran el paso. Me urge facilitarles el encuentro e intento hacerme más cortito para apurar los abrazos. ¡Se me ocurre cada cosa! Pero son ellas las que disminuyen la distancia como si su alegría rodara por un declive que no tengo. Y ahí están en animosa tertulia de señoritas, mientras intercambian  las primeras experiencias laborales. Pongo especial empeño en mantenerme fresco, para aliviarles tanta actividad.

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En la tarde siguiente —clavadas las cinco— argumentan con vehemencia conceptos filosóficos y criterios de organización comunitaria. Están sentadas en el umbral de una de sus casas, tomando mate y escuchando rock nacional. Menos mal que este acuerdo tácito del encuentro a la misma hora se cumple a rajatabla. Entre sus trabajos y sus estudios universitarios, temí en un momento que se diluyera el rito. Pero saben que yo profeso una gran admiración hacia ellas y un acompañamiento incondicional a sus proyectos. Por eso aceptan mi tutela cada vez más dedicada,  me dejan hacer y prevenir a voluntad algunas cuestiones.

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Un día más y allí están las tres —a las cinco—  armando carteles y banderas para la manifestación. Entusiastas y apasionadas, planifican y organizan la marcha e introducen en su conversación tres nombres masculinos con una vehemencia que me inquieta. Pareciera que a cada una de ellas le correspondiese uno de esos varones en particular, por el modo en que marcan las diferencias entre ellos y describen sus virtudes individuales. A medida que las exageran me inclino a pensar que sí, que cada una tiene su preferido.  ¿Acaso las separarán de mí y no estoy preparado todavía para ello? Me incomoda la irrupción de esos entrometidos. Puedo asociar —según los diálogos entre personas que aleatoriamente me han transitado—  que el sentimiento que experimento se llama celos. Martirio, Martina y Margarita no toman en cuenta mi debate interior y parten hacia el centro de la ciudad con sus pancartas en alto. Cuando doblan mi esquina del norte cantan todavía,  a viva voz, las estrofas que las identifican como militantes de un grupo juvenil de asistencia social en los barrios.  El miedo a que me abandonen se interrumpe de modo repentino. Lo suplanta  un sabor  agrio de peligro próximo, de amenaza de algo que no puedo definir. La terquedad de mi ego, interfiere y dificulta, no permite que apacigüe mi confusión. Por fin, logro que se quede adormilado en una cornisa, “me lo saco de encima”, y cuando esto ocurre, me convenzo de que no son celos lo que siento; se  define con claridad un sentimiento premonitorio que me pone en estado de alerta.  Tomo entonces los recaudos necesarios, ya que soy guardián de sus vidas. Ellas lo saben.

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A la tarde siguiente —a las cinco en punto— irrumpen unos vehículos militares que vallan  mis esquinas y la policía montada me invade con el  sonido ensordecedor que hacen  los cascos de los caballos contra mis adoquines. Los uniformados vociferan vocablos irreproducibles; buscan a mis niñas con una furia descontrolada; gritan sus nombres a viva voz, mientras tiran al viento amenazas de muerte; hieren mis límites cuando golpean las puertas de las tres casas; sangro, cuando quiebran las ventanas. El estupor inhibe mi comprensión por unos instantes, pero instintivamente y como defensa, cubro de humedad toda mi extensión y exudo de mis paredes un vaho maloliente y pegajoso.  Atraigo una bruma que oscurece y desdibuja los contornos, genero un huracán que paraliza la respiración de los caballos  y arroja de las monturas a sus jinetes. Una maraña de patas, brazos, cabezas y cachiporras ruedan en infinitas direcciones y colisionan unos con otros,  confundiendo a los hombres que suplantan los gritos amenazantes, por súplicas y alaridos de terror. Los fusiles se les disparan solos y hay bajas entre ellos. Se oyen también relinchos desesperados, y cuerpos estallando contra los carros de asalto.  Huyen en estampida que no reconoce especies, llevándose sus muertos y heridos.

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Parte alguna de mí se ha replegado ante el ataque. Las he defendido  con todas mis fuerzas. Nada de lo que soy les sirvió a los invasores para asirse o protegerse. Ni siquiera las salientes de mi pared del este, que disimulan a la perfección, la abertura por la que Martirio, Matilde y Margarita han huido hacia la libertad de sus días siguientes.

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Desconozco si otros pasajes han vivido situaciones similares, tampoco puedo salir a buscarlos. En el reparto de las cualidades esenciales, me ha sido negada la capacidad de trasladarme. Existo para que otros seres se trasladen a través de mí, no para cambiar de lugar. Por eso me sorprendo, harto de mí mismo, cuando siento que mi vida es ahora una noche interminable inundada de ausencias. Quizá, la intensidad de los acontecimientos ha trastocado la unidad de tiempo que manejo, constituida por el día y el día siguiente y no me sea posible verlas… ¡Ay, a mis niñas! No tengo modo de dimensionar el tiempo, sumido en esta desolación.

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Al siguiente día —a las cinco de la tarde— agudizo mi percepción al punto que puedo intuirlas o adivinarlas antes de que ingresen a mi campo visual. Hasta que por fin, las veo a las tres aparecer por mi parte norte, con el pelo blanco, blanquísimo. Me dispongo a recibirlas.  Tienen los brazos entrelazados,  se apoyan en bastones y se asisten las unas a las otras, logrando así  un equilibrio perfecto. Caminan lento, muy lento, oigo sus voces un poco más graves y resquebrajadas en animada conversación. A medida que avanzan,  brotan entre mis adoquines florcitas multicolores y mis muros estallan en enredaderas, dándoles la bienvenida.  Las espero ansioso hasta que  logran el centro, entonces el sol ilumina mis salientes de la pared del este, esas que disimulan el pasadizo por donde huyeron una vez, y se acurrucan allí con cierta dificultad. Yo las protejo   —sabiendo que han venido a despedirse—  y suelto sus secretos y libero sus recuerdos. Ellas me honran con risas vibrantes, también ese día, y me preparan para el día siguiente sin ellas. Se alejan siempre unidas, afirmándose en sus bastones.

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Ignoro cómo serán las voces de los nuevos que me habiten, claro que me dispongo a cobijar las costumbres que traigan y los rituales que organicen. ¡Eso sí!, me las ingeniaré para que no sea a las cinco de la tarde; reservo ese tiempo para Martirio, Matilde y Margarita. Cuando mi memoria las traiga, ellas me iluminarán de punta a punta, como  guía para los forasteros y claridad para los elegidos.

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lunes, 2 de febrero de 2026

“MAMÁ, TE FELICITO, PORQUE ACTUÁS MUY BIEN” ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)


Patricia Hart en el personaje de Pascuala en "Fuente Ovejuna"
         de Lope de Vega / Dirección de Roberto Villanueva /
Teatro Municipal General San Martín / Sala Martín Coronado



“MAMÁ, TE FELICITO, PORQUE ACTUÁS MUY BIEN” ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE
Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) 

Te entregan una copia del libreto, en las oficinas del Teatro Municipal San Martín. La obra es totalmente en verso. Tienes muy presente la obra porque la has vuelto a leer, no bien te enteraste de que te han convocado. Es un clásico: “Fuente Ovejuna”, de Lope de Vega. La escribió en 1612. Tienes adjudicado un personaje. Es Pascuala, personaje relevante en la historia, ya que es la amiga del personaje protagónico, Laurencia. 
La versión es una adaptación del arquitecto, Roberto Villanueva, que también oficia de director. Con una trayectoria prolífica y muy reconocida por sus inquietantes concepciones escénicas, en los ámbitos teatrales nacionales e internacionales; cualquier actor estaría más que contento de ser dirigido por semejante personalidad. Es mi caso. 

Comparo la versión oficial del San Martín, con la del libro de mi biblioteca. Con horror, caigo en la cuenta que el adaptador ha eliminado secuencias enteras en que interviene Pascuala. ¡Me quiero morir! ¡Ataque de ego herido! Me dura toda la tarde. Tengo otras ediciones y en todas figuran las escenas completas. Debo desterrar la animosidad que me ha generado semejante descubrimiento antes que comiencen los ensayos, la semana siguiente. 

Invento un sistema que me permite ver si la evolución del personaje, se mantiene en la versión acotada. En una plancha de telgopor, pincho papelitos con los nombre de las escenas, en donde está Pascuala. Me alejo y Eureka! se me insinúa un diseño. Debajo de cada título y en otro papelito de otro color, escribo lo que le pasa al personaje en la escena, lo que hace, para qué lo hace. Vuelvo a alejarme, me quedo sentada un rato largo frente a mi sistema. Ya es un camino, casi que puedo tocarlo. Algo así como materializar la idea, ¿vio? Corto tiras de papel, que intercalo entre las columnas verticales de papelitos. Allí escribo todo lo que se me ocurre que le sucede y afecta a Pascuala entre una escena y otra. Listo. En la adaptación “tijereteada” de Villanueva, a Pascuala le pasa lo mismo que si estuviesen las escenas completas. 


Patricia Hart es Pascuala / Hugo Soto es el Comendador
"Fuente Ovejuna" de Lope de Vega / Dirección de Roberto
Villanueva / Teatro Municipal General San Martín / Sala
Martín Coronado 

Primer ensayo. Quedo fascinada con Roberto Villanueva. Anoto en mi libreto todas sus acotaciones y agrego pareceres propios; casi siempre en forma de pregunta, para pensar después. Nos pide que sepamos de memoria la letra de cuatro escenas. 

En el ensayo siguiente, Roberto nos marca los recorridos de los personajes. En la jerga, nos está marcando los lugares. Los caminamos dos veces y en la siguiente pasada, nos indica decir la letra. Se produce como una inquietud entre los actores. Alguien le pregunta sobre las intenciones de su personaje. Con una sonrisa molesta, él le responde: 

—Concéntrate en tu trayecto escénico. No estamos viendo intenciones. Ya las descubrirás. Es tu trabajo de actor. 

El elenco disimula su malestar. Durante un descanso, en el bar, el grupo a sotto voce, expresa su disconformidad. Se escuchan críticas al modo de dirigir de Roberto. Los menos, entre los que me encuentro, mantenemos una actitud paciente y concentrada. 

Después de los ensayos, en casa, Investigo la época histórica, modos de transporte, clima, vestimentas, comidas, terreno geográfico, organización social, creencias, música, bailes, tareas, oficios, vínculos en el campesinado, el trato a los niños, mitos, enfermedades, festejos. 

Me informo sobre Las Hurdes, en España, provincia de Cáceres, una zona agreste y aislada, con casas de piedra. Supe entonces que mi personaje, como todos los demás campesinos de ese año 1490, tenía la espalda encorvada y la mirada siempre hacia abajo. Una respuesta al sometimiento a los reyes, más que por los trabajos rudos del campo. Eso fue una epifanía. Me puse de pie e imaginé que la fuerza de gravedad era tan intensa que me doblaba en dos y que no me permitía alzar la mirada. Caminé así por mi living, diciendo la letra, realizando distintas actividades por mi casa, como si fuese Pascuala. Le había encontrado la corporeidad. Era Pascuala. 

En uno de los últimos ensayos, a poco del estreno, Roberto, nos agradece y nos da unas palabras de aliento. Y para sorpresa de todos hace público un reconocimiento a mi trabajo, dice: 

—Patricia, realmente has hecho un trabajo notable. Es verdad que he cercenado secuencias enteras de tu personaje, pero lo que haces en escena tiene una presencia que completa y trasciende la palabra. Todo lo que corté, está en tu interpretación. Me has dimensionado la Pascuala que yo tenía concebida. 


Es bueno recordarlo, por lo inesperado. ¿Ustedes piensan que allí finalizó todo? No, después del estreno la mayor de mis sorpresas me estaba esperando. Mi hijo, que en ese entonces tenía diez años, me dio una cartita  que decía: “Mamá, te felicito porque actuás muy bien”.  Tengo su manuscrito guardado.   

PASCUALA, el personaje 
PATRICIA HART, la actriz 
FUENTE OVEJUNA, la obra de teatro 
LOPE DE VEGA, el autor 
TEATRO MUNICIPAL GENERAL SAN MARTÍN, el teatro 
SALA MARTÍN CORONADO, las funciones 
ROBERTO VILLANUEVA, el director


sábado, 31 de enero de 2026

UNA VEZ TUVE MIEDO Micro cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) Teatro y Neurociencias

 

Patricia Hart en el cuadro: "Sentadita en el
hall" del espectáculo Sabores del Alma, en 
el Festival Internacional de Teatro de Cuba



UNA VEZ TUVE MIEDO  

Micro cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart)

Teatro y Neurociencias

 

Una vez tuve miedo de enfermarme de polio, como mi hermana pequeña. Me desperté de una pesadilla, gritando y empapada en el sudor de mis nueve años. Mi padre, alarmado, llegó a mi cuarto, y como si hubiese estado soñando lo mismo que yo me preguntó:

 —¿Tienes miedo de contagiarte?

 —Sí, le dije. —Me abrazó y me dijo:

 —No, no te vas a enfermar.

 Fue su abrazo el que me proveyó de todos los anticuerpos necesarios. Dejé de temblar. No enfermé.

 Es probable que todos los miedos experimentados en mi larga vida, hayan sido sólo versiones enmascaradas de ese episodio.

 Por eso, cualquier pavura que me invada, sólo durará lo que tardo en pronunciar la palabra miedo, siempre que medie un abrazo.

 En la Imagen: Patricia Hart en el espectáculo “Sabores del Alma” en el Festival Internacional de Teatro de Cuba.  Cuadro: “Sentadita en el hall”

 

martes, 27 de enero de 2026

“TIRAR LA TOALLA EN EL CUADRILÁTERO DEL PENSAMIENTO” Artículo de Patricia Steinhardt (Patricia Hart, en Arte) / Teatro y Neurociencias

 


“TIRAR LA TOALLA EN EL CUADRILÁTERO DEL PENSAMIENTO”

Artículo de Patricia Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)  / Teatro y Neurociencias

Artículo de Patricia Steinhardt, Patricia Hart
en arte / Teatro y Neurociencias


La realidad vista desde la perspectiva de la articulación Ciencia-Arte

 ¡Y claro! Si en el título ya sugiero un ring de boxeo, es inevitable que a quien lo lea, aunque no sea consciente, le aparezca en el cerebro una contienda, un enfrentamiento, una lucha de box entre rivales,  una competencia donde gana el mejor, el más hábil, el más fuerte, el más resistente, el más creativo, el más astuto, el más inteligente, el más talentoso, el más entrenado, el más plástico, en fin, “el más, en algo”. Y pierde el menos…bueno, amigos, no voy a desarrollar ni enumerar los menos,  porque se sobrentienden.

 Sólo bastó un título para que en el lector se disparara el chip de todos los mecanismos cerebrales y de la memoria cultural que responde al paradigma que nos fue dado casi genéticamente, (casi),  y que privilegia como valor por antonomasia del ser humano, el ganar la batalla, el salir victorioso, el vencedor, el que tiene poder sobre el otro porque es más y lo provee de privilegios.

Tiene sentido en una competencia deportiva, que gracias a dios (o a quien quieran) permite y posibilita hacer “catarsis” de esa condición, tanto en los deportistas, como en quienes los observan (para el cerebro es lo mismo).

Pero el “cuadrilátero” que propongo está en nuestras cabezas. Este cerebro peleador y “cocorito”  (los que tienen años “de más”, disfrutarán  este término) que llevamos adentro de la caja craneal, se las trae:

 —¡En esta esquina el campeón de las emociones y los sentimientos!  !Y en esta otra esquina, el campeón del razonamiento abstracto y la reflexión!

 Caramba, amigos, parece que el enfrentamiento en nuestro cerebro, en esta noche de boxeo “internacionalinterno”, promete un espectáculo imperdible. Menos mal que lo tenemos adentro nuestro, porque lo podemos visualizar cuando queramos y sin que nadie se entere de su contenido. Bueno no es tan así de que nadie se entera, digo, ya que  si alguien nos está observando, ya sea por el lenguaje corporal o las expresiones del  rostro o el tipo de  mirada que manifestemos, puede considerarlas como  pautas para deducir que algo nos sucede, que algo nos está afectando.  Pero esto último,  no es motivo de este artículo.

 El cerebro no puede mantener por mucho tiempo estas contiendas de campeones, con la intensidad que exige su desarrollo.  Por alguna razón los rounds en el box, son de tan pocos minutos. El desgaste es inconmensurable.

Algunos temas que captura nuestro “acorazonadocerebro” se acomodan perfectamente en la categoría de competencia espectacular de altísimo rendimiento  extra-cotidiano.

Cabe hacernos una pregunta: ¿Cuánto tiempo un ser humano puede mantener ese estado de exigencia extrema con sus contendientes cerebrales? ¿Acaso, es posible que los managers y los popes y empresarios del boxeo, armen y exijan a los boxeadores, que jueguen por ejemplo, 40 rounds seguidos? ¿Es posible? Supongamos que sí. Supongamos que es posible.

 Entonces el espectáculo cambiaría su razón de ser, su móvil, su sentido y  se transformaría de catarsis deportiva, a placer perverso de los observadores al ver el inevitable proceso de desintegración de los dos participantes / de deterioro / aniquilamiento / extinción / muerte / hasta que ambos tiran la toalla en el cuadrilátero / y otros los sacan como despojos y los recaudadores de las apuestas se embolsan las ganancias  /  y los organizadores del evento, festejan que se han  llenado de dinero, a sabiendas que otros dos luchadores están esperando para subir al ring.

.¿De qué estamos hablando? ¿Cuál sería la concepción y el objetivo profundo que persigue quien planifica tan drástico espectáculo?  Y volviendo al cuadrilátero del cerebro, ¿también colapsan nuestros campeones? ¿Tal vez sea una metáfora?

 Tengo para mí, las asociaciones y posibles respuestas que se me han ocurrido. Pero no las transcribo porque no superararán nunca las vuestras. Me asumo limitada y confieso el temor que me produce aventurar restringidas opciones.

 

 Ah, me olvidaba decirles que me encanta ver  box, cuando los deportistas lo transforman en una “lucha-arte” / cuando hacen un despliegue de exactitud de observación en millonésimas de segundo del contrincante / y en millonésimas de segundo reaccionan en ataque o en defensa / cuando el árbitro cuida a los jugadores / cuando los entrenadores los estimulan o apaciguan / cuando ellos disfrutan con pasión sus cualidades / cuando se abrazan al final / cuando se reconocen / cuando comparten y construyen entre los dos y el público, el acontecimiento deportivo / cuando son aplaudidos por los espectadores y entonces, felices y satisfechos de haber dado lo mejor que cada uno podía, se retiran del cuadrilátero para descansar y entrenarse con pasión para un próximo encuentro. Y otro encuentro y otro encuentro y otro más, por siempre.

 Abrazos para todos.

viernes, 23 de enero de 2026

ESTAMBUL Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

ESTAMBUL Cuento de Patricia Steinhardt (Patricia Hart 
en arte) 

ESTAMBUL

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)

Un día, mi madre ya anciana, me dice:

—Hay Patri, no sabes lo que soñé; estaba en Estambul, paseaba por sus calles. —Mientras reía con ganas, dijo con sorpresa— ¡En Estambul! ¡Jamás se me ocurrió ir a Estambul!  No sé nada de Estambul. Compraba telas vistosas y abalorios exóticos…Estambul…hay, no sé cómo se me ocurrió soñar eso, caminaba con entusiasmo, había mucha gente, yo estaba vestida con sedas y gasas livianas que se movían con gracia. Estaba en Estambul y era feliz. —Ahora reía a mandíbula batiente y se recostaba sobre mi hombro para recobrar fuerzas—

Su risa era contagiosa y su asombro era de tal magnitud que lo único que yo hacía era escucharla y dejar libre mi propia carcajada. La tentación de risa duro largo rato y nos quitaba la respiración. Se nos caían las lágrimas de la risa. No podíamos parar. Intentamos controlarla, pero al mirarnos repetíamos al unísono:

—¡Estambul!— Y otra vez las carcajadas.

Creo, que un pensamiento fugaz se coló en mi cerebro, pero lo desestimé por distractivo; no podía permitir que nada interrumpiera ese momento.

La risa y la extrañeza de mi madre resonaban en mí, ocupando  todo mi ser, de modo de generar esa complicidad única con ella.  Al punto que comencé a percibir los olores de Estambul y  su universo sonoro. ¿Cuánto tardan dos personas en ingresar al espacio de la maravilla, donde no hay puertas, ni ventanas, ni llaves, ni oscuridades? Pues… ¡nada!... entran, así nomás, al portal de los espacios abiertos. Estábamos en el mismo sueño, estando despiertas. No es “moco de pavo”, compartir con otra persona la existencia simultánea de dos realidades que son complementarias y que  el común de las gentes las define como antagónicas y enfrentadas. Pero nosotras no éramos el común, nunca lo fuimos.

Desde chica siempre recordé mis propios sueños con detalle. Los terroríficos, esos que me despertaban a medianoche, toda transpirada y temblando de miedo,  me enseñaron sobre la fragilidad de la condición humana.

Otro tipo de sueños recurrentes y deliciosos,  siguen siendo aquellos en que  remonto vuelo,  y desde las alturas, veo la ciudad, o los campos y sus ondulaciones.  Me llenan de libertad  y afirman la  certeza de una realidad aparentemente imposible. Porque yo vuelo, literalmente, vuelo. Mi mundo onírico posee el poder de la realidad soñada. Que es una realidad. Es un lenguaje que completa la comprensión del mundo de “ojos abiertos”.


EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la serie: Cuestiones de hermanos


                                  "El asunto de la hermandad es un infierno" Cuento de Patricia

                                  Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) de la Serie: "Cuestiones

                                  de hermanos"

EL ASUNTO DE LA HERMANDAD ES UN INFIERNO y LA LIBERACIÓN DEL INFIERNO

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart) de la serie: Cuestiones de hermanos

"Te recomiendo Contar hasta diez. Contar hasta diez antes de levantar la voz, antes de agredir, antes de acusar. Contar hasta diez, antes de dañar, antes de romper, antes de engañar. Te recomiendo... Contar hasta diez. Contar hasta diez, antes de presumir, antes de negar, antes de abandonar. Contar hasta diez, hasta diez nada más... Es el tiempo que se necesita para no arrepentirse jamás..."

Entiendo que mi capacidad para observar las actitudes de los demás de manera tan exquisita, se debe a varias cuestiones: una, la sensibilidad natural con la que vine de marca —para ver más allá de lo que se dice o hace— el nivel de empatía, la capacidad de comprensión y mi profesión como actriz, escritora y directora. Estas expresiones parecerán un poco soberbias, y es probable que lo sean, pero la intención de este escrito no es ni desarrollar ni incluir mis debilidades, que las tengo, como todos. Por otro lado, qué me importa pecar de soberbia, por decirlo de alguna manera. Perdón, estoy tentada de risa. Con todos los años que tengo encima, alrededor y adentro, estoy harto habilitada para decir las cosas como las digo —siempre después de mucha reflexión— de remarcar lo que observo, de escribir la vida misma. ¿Vio, este chico, cómo son las cosas?

El asunto es que llegó el día de la escritura de la venta del departamento grande que nos quedó a los 11 hermanos como herencia de nuestros padres, bueno: nueve hermanos vivos y por los dos fallecidos, estaban los seis sobrinos, algunos presentes y otros representados con poderes. En reuniones previas de los hermanos y los sobrinos, mis hermanos habían querido descontarles a los sobrinos, de la parte proporcional que les correspondía de la herencia, lo que ellos habían puesto para ayudar a mamá. En esa reunión dejé sentado lo que había sostenido por años. Que lo que cada hermano aporta de dinero a su madre no es deuda entre hermanos y menos de los seis sobrinos, hijos de nuestros dos hermanos fallecidos. ¡Una locura de avidez descontrolada, de egoísmo extremo, de distorsión descabellada!

Mi hermana Florencia, que justo se sentó frente a mí, me miraba con insistencia, su cara ya no era la de ella, era la de mamá cuando se ponía prepotente y autoritaria y agresiva, cuestión que los hermanos se negaban a reconocer en mamá, pero que obviamente la  habían padecido.  Pero que ahora, después de muerta, era una santa mujer, casi virgen. Lo digo así, con esta expresión absurda de mi mamá virgen, para dejar registrado el nivel de negación de la realidad y de idealización preponderante de la persona de mamá, de parte de  la mayoría de mis hermanos.  La mirada de Florencia era la de una persona desequilibrada, obsesiva, impulsiva resentida. Florencia, me buscaba para molestarme. Yo estaba en otra,  total, tranquila, en paz. De pronto no pudo más y con movimientos de la boca y en silencio (es muy zorra) balbucea una palabra que no entiendo.  De no haber estado alertada yo, de que eso podía sucederle, me hubiera asustado, pero sólo me movió a la compasión y hacerle una sonrisa, mientras le dije: no es el ámbito, éste,  para tratar ningún asunto, en todo caso se puede hacer después. Reaccionó con un: “nunca”, que sonó como un disparo preparado con tiempo en la recámara de una pistola, antes de cometer un asesinato ya premeditado y calculado.  Ya hacía rato que Florencia había adoptado esa forma tan odiosa de madre autoritaria: era clarísimo, se expresaba así, “tus hermanos, tal cosa, tus hermanos tal otra”. Eso lo puede decir una madre. Un hermano, cuando se refiere a sus otros hermanos dice por ejemplo: nosotros o nosotras, se incluye. Y no era el caso de Florencia. De terror, lo peor era que no era consciente y tampoco lo iba a poder elaborar. Ella desde ese lugar en que se había ubicado, vaya a saber por qué, bajaba línea todo el tiempo y confabulaba sin ningún pudor, contra el que pensara diferente. ¿Intrigas palaciegas? Un poroto. Se nota que le había quedado como aprendizaje posible, esa maldita costumbre que tenía mamá de criticar a uno de nuestros hermanos, todos y cualquiera, cuando estaba sola con alguno. Yo me di cuenta de ese mecanismo de mamá, desde muy temprano y no dudé en preguntarle, ¿por qué hacía eso? luego, un poquito más grande, llegué a decirle que no estaba bueno que me criticara a fulano o a mengana, que eso sólo producía malestar, que lo único que lograba era fomentar enemistad entre hermanos. Ella intentaba con este modo que adhiriéramos a su crítica atroz y destructiva. Por último le prohibí que me criticara a los hermanos. Se quedó muda. Para que mamá se quedara muda, debía suceder algo (¿cómo lo diría?) sobrenatural. Eso. Claro está, que cuando mamá me criticó despiadadamente, todos le creyeron y fue allí donde se produjo la mayor injusticia de mi vida. Menos mal que años después, mamá, estando en Azcuénaga, me dijo: “Patri, perdóname por todo lo que te hice sufrir”. Eso, mientras estábamos abrazadas. Por supuesto sabíamos que se refería a ese episodio tan perverso. Lástima que su orgullo no le permitió explicarles a mis hermanos, cuánto se había equivocado conmigo. ¿Mis hermanos?, ni qué hablar, se abrazaron como un rito a esas difamaciones de mi madre y mantuvieron durante 25 años las falsedades sobre mí, desprestigiándome. ¿Mis hermanos?, un infierno, el Ku Klux Klan.

Alejandro, el menor de todos los hermanos y pronto a cumplir 60 años, el día ese; el de la escritura del departamento grande; se sentó a mi lado, por supuesto sin saludar, cosa que yo sabía iba a suceder, igual que con los demás. Yo sabía que nadie se iba a atrever a saludarme, y así fue. Dejé que Alejandro hiciera y ni siquiera giré hacia él, para no abrir, ningún tipo de intercambio. Todo iba bien, hasta que en un momento  percibí que algo iba a hacer. No tardó mucho tiempo y lo tenía de pie, detrás de mí, apoyándose en el respaldo de mi silla y moviéndola, para molestarme, al mejor estilo de niño patotero, provocando a un compañero. Puede ser que el inconsciente lo haya traicionado, sí, puede ser, y que su disgusto se le escapara “inconscientemente” de ese modo. Pero dada la circunstancia que él, en un momento de nuestras vidas, me había reconocido que se había comportado conmigo de forma perversa, (esa fue la palabra que usó), puedo entonces afirmar que esa provocación que ponía en movimiento era adrede. Era costumbre suya contarnos, cómo en muchas oportunidades bardeaba a sus alumnos o se las ingeniaba para molestarlos por algún motivo. Alejandro, a medida que creció, fue perfeccionando el manejo de la ironía. Para mí, ese mecanismo es agotador, violento  y destructivo. Me levanté y me cambié de silla.

La escribanía contaba con una máquina que cuenta los billetes y detecta los falsos. La escribana nos ofreció que ponía a nuestra disposición una secretaria de su estudio, especialista en hacer funcionar el aparato. Asentimos. No bien comenzó la operación 5 o 6 de mis hermanos rodearon la máquina. Yo los veía de espaldas. No era una visión agradable. Estaban curiosos y controladores y eso es correcto, normal, necesario. El asunto es que no era agradable verlos porque cuando yo preguntaba algo o quería sacar un número o hacer una cuenta, inmediatamente se enojaban mal y me agredían o decían que yo desconfiaba o que no valoraba el trabajo del otro. De locos. Realmente, patético. La especialista  y voz cantante de este proceder era Adrianita. Todas las veces que nos reuníamos hacía un acting donde lloraba y decía que nadie le agradecía (o algunos) Se engolosinó mal, a medida que pasó el tiempo y transformó para ella, lo que sería hacer cuentas, en un  despliegue de poder y soberbia, donde no aceptaba que cometía algún error, que “el sistema lo dice, es infalible”, decía,  y donde ella distribuía sólo la información escueta que le parecía. Desde chiquita le encantaba hacer cuentas. Lo mismo en estos episodios. Tenía un mensaje contradictorio al límite: consistía en reservarse las cuentas, protestar por el tiempo que le demandaba hacerlas e imposibilitar de una y mil maneras que otros lo hicieran,  con arteras y mentirosos recursos. No daba explicaciones, y maltrataba al que le preguntaba. Bueno, especialmente a mí. Estaba como ensañada, intentando cobrarme vaya a saber qué deuda infantil que me adjudicaba. Problema de ella. Patético.

Adriana se había sentado en la cabecera de la mesa de la escribanía y había desplegado su computadora, con las planillas infalibles, según ella. La flanqueaba mi hermana mayor que no dejaba de cuchichearle cosas, y que estaba provista de papel y lápiz. Mi Dios, si yo hubiese pelado lápiz y papel, se me hubieran abalanzado como fieras, como ya lo habían hecho en otras tantas oportunidades. Es decir, las cuentas, las hacen dos o tres y los demás asienten, sin preguntar y si preguntan, los castigan, desestiman, agreden, ningunean, les faltan el respeto, los excomulgan y expulsan de la comunidad. ¡Pero mirá qué lindo ch’amigo!! ¡Mirá ch`amigo como repiten la prepotencia aprendida de la madre”

Desde joven, cuando yo recién comencé a trabajar y todavía vivía con mis padres y hermanos, todos los meses colaboraba con la mitad de mi sueldo para ayudar a mis padres y hermanos. Y en una oportunidad durante esos años, que mi padre sufría penurias económicas le entregué la totalidad de un dinero de una indemnización que yo había cobrado. Era una buena suma. A mí me producía mucha alegría y orgullo aportar. Sí, es verdad, lo hacía, de algún modo, postergando satisfacer cuestiones que una joven necesita cubrir. No puedo olvidar la alegría de mis hermanos chiquitos, cuando yo les compraba algo a ellos en forma especial. O la actitud de mi padre de agradecimiento y un poco de pesar al mismo tiempo, por tener que pedirme dinero.

Siento además un orgullo muy grande de haber ayudado a mis hermanos, y a muchos de mis sobrinos y sobrinas de distintas maneras durante toda mi vida. Es hermoso y multiplicador. También seguí ayudando con dinero a mamá cuando murió papá. Lo único es que jamás quise que se anotaran mis aportes en una lista que habían hecho los hermanos. ¿Por qué?

El dinero que cada hijo le dio a nuestros  padres, para su bienestar y sostén, en distintos momentos de nuestra historia —  consecuentemente con lo que pienso como principio desde hace años, y de lo cual los hermanos están enterados desde ese entonces— no se convierte en deuda entre hermanos, ni es préstamo de dinero entre hermanos, que deba ser  reintegrado o devuelto o restado  de la onceava parte que le corresponde legalmente a cada uno por la venta de las propiedades heredadas.   Tanto me refiero a la plata que yo puse cuando pude, haciendo sacrificios, como la que pusieron otros hermanos cuando pudieron, haciendo sacrificios.

Por eso, el día de la escritura de la venta del departamento grande fue La Liberación del Infierno.