domingo, 8 de febrero de 2026

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)

 

EL DÍA Y EL DÍA SIGUIENTE o

CUANDO EL DÍA SIGUIENTE SON AÑOS

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart en Arte)

 

Todas las tardes —a las cinco—  Martirio, Matilde y Margarita bajan a jugar después de la merienda. Visten  a las muñecas de princesas, hacen carreras, intercambian figuritas de colección, inventan cuentos y hasta crean melodías sobre las cuales recitan las tablas de multiplicar que aprendieron ese día.  Y me habitan a mí, el pasaje empedrado —de una sola cuadra— que comunica sus casas. Saltan a la soga y el ruido de sus zapatitos sobre mis adoquines, se me hacen latidos. Sus voces reverberan en el aire y delimitan mi corta extensión. Cuando los lilas y magentas tiñen mi aspecto, se escuchan a sus madres llamándolas para el baño y la cena. Recién ahí se despiden  y cada una se va para su casa. En la noche,  los ecos de los juegos infantiles me mantienen dispuesto para otra jornada plena de ellas.    

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Al día siguiente —exactamente a las cinco— bajan con sus bancos, los ubican entre  dos relieves que me sobresalen en el sector de la pared del este y que les ofrezco como  protección. Las remeras ajustadas ponen en evidencia que ya usan sostén. Pienso: «Qué rápido han abandonado a las muñecas». Sus cuerpos de mujer, sin terminar, se acomodan en una cercanía que anuncia secretos, y las jovencitas comentan la experiencia de la primera menstruación y del primer beso.  Escondo sus confidencias entre la argamasa y las junturas de mis ladrillos; y los sello después, para que nadie se entere de nada, con el polvo que flota en agosto. Una de mis peculiaridades es que sé guardar, en reserva absoluta, misterios y claves que amparan a los salvadores.

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A la tarde de otro largo día  —siempre a las cinco— reconozco el taconeo de Margarita que regresa de su trabajo, por el sur, con un portafolio de oficina, elegante trajecito y los labios pintados. Sonríe cuando reconoce las siluetas de Martirio y Matilda; que, con delantales de maestras, me abordan por el norte. Las tres aceleran el paso. Me urge facilitarles el encuentro e intento hacerme más cortito para apurar los abrazos. ¡Se me ocurre cada cosa! Pero son ellas las que disminuyen la distancia como si su alegría rodara por un declive que no tengo. Y ahí están en animosa tertulia de señoritas, mientras intercambian  las primeras experiencias laborales. Pongo especial empeño en mantenerme fresco, para aliviarles tanta actividad.

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En la tarde siguiente —clavadas las cinco— argumentan con vehemencia conceptos filosóficos y criterios de organización comunitaria. Están sentadas en el umbral de una de sus casas, tomando mate y escuchando rock nacional. Menos mal que este acuerdo tácito del encuentro a la misma hora se cumple a rajatabla. Entre sus trabajos y sus estudios universitarios, temí en un momento que se diluyera el rito. Pero saben que yo profeso una gran admiración hacia ellas y un acompañamiento incondicional a sus proyectos. Por eso aceptan mi tutela cada vez más dedicada,  me dejan hacer y prevenir a voluntad algunas cuestiones.

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Un día más y allí están las tres —a las cinco—  armando carteles y banderas para la manifestación. Entusiastas y apasionadas, planifican y organizan la marcha e introducen en su conversación tres nombres masculinos con una vehemencia que me inquieta. Pareciera que a cada una de ellas le correspondiese uno de esos varones en particular, por el modo en que marcan las diferencias entre ellos y describen sus virtudes individuales. A medida que las exageran me inclino a pensar que sí, que cada una tiene su preferido.  ¿Acaso las separarán de mí y no estoy preparado todavía para ello? Me incomoda la irrupción de esos entrometidos. Puedo asociar —según los diálogos entre personas que aleatoriamente me han transitado—  que el sentimiento que experimento se llama celos. Martirio, Martina y Margarita no toman en cuenta mi debate interior y parten hacia el centro de la ciudad con sus pancartas en alto. Cuando doblan mi esquina del norte cantan todavía,  a viva voz, las estrofas que las identifican como militantes de un grupo juvenil de asistencia social en los barrios.  El miedo a que me abandonen se interrumpe de modo repentino. Lo suplanta  un sabor  agrio de peligro próximo, de amenaza de algo que no puedo definir. La terquedad de mi ego, interfiere y dificulta, no permite que apacigüe mi confusión. Por fin, logro que se quede adormilado en una cornisa, “me lo saco de encima”, y cuando esto ocurre, me convenzo de que no son celos lo que siento; se  define con claridad un sentimiento premonitorio que me pone en estado de alerta.  Tomo entonces los recaudos necesarios, ya que soy guardián de sus vidas. Ellas lo saben.

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A la tarde siguiente —a las cinco en punto— irrumpen unos vehículos militares que vallan  mis esquinas y la policía montada me invade con el  sonido ensordecedor que hacen  los cascos de los caballos contra mis adoquines. Los uniformados vociferan vocablos irreproducibles; buscan a mis niñas con una furia descontrolada; gritan sus nombres a viva voz, mientras tiran al viento amenazas de muerte; hieren mis límites cuando golpean las puertas de las tres casas; sangro, cuando quiebran las ventanas. El estupor inhibe mi comprensión por unos instantes, pero instintivamente y como defensa, cubro de humedad toda mi extensión y exudo de mis paredes un vaho maloliente y pegajoso.  Atraigo una bruma que oscurece y desdibuja los contornos, genero un huracán que paraliza la respiración de los caballos  y arroja de las monturas a sus jinetes. Una maraña de patas, brazos, cabezas y cachiporras ruedan en infinitas direcciones y colisionan unos con otros,  confundiendo a los hombres que suplantan los gritos amenazantes, por súplicas y alaridos de terror. Los fusiles se les disparan solos y hay bajas entre ellos. Se oyen también relinchos desesperados, y cuerpos estallando contra los carros de asalto.  Huyen en estampida que no reconoce especies, llevándose sus muertos y heridos.

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Parte alguna de mí se ha replegado ante el ataque. Las he defendido  con todas mis fuerzas. Nada de lo que soy les sirvió a los invasores para asirse o protegerse. Ni siquiera las salientes de mi pared del este, que disimulan a la perfección, la abertura por la que Martirio, Matilde y Margarita han huido hacia la libertad de sus días siguientes.

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Desconozco si otros pasajes han vivido situaciones similares, tampoco puedo salir a buscarlos. En el reparto de las cualidades esenciales, me ha sido negada la capacidad de trasladarme. Existo para que otros seres se trasladen a través de mí, no para cambiar de lugar. Por eso me sorprendo, harto de mí mismo, cuando siento que mi vida es ahora una noche interminable inundada de ausencias. Quizá, la intensidad de los acontecimientos ha trastocado la unidad de tiempo que manejo, constituida por el día y el día siguiente y no me sea posible verlas… ¡Ay, a mis niñas! No tengo modo de dimensionar el tiempo, sumido en esta desolación.

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Al siguiente día —a las cinco de la tarde— agudizo mi percepción al punto que puedo intuirlas o adivinarlas antes de que ingresen a mi campo visual. Hasta que por fin, las veo a las tres aparecer por mi parte norte, con el pelo blanco, blanquísimo. Me dispongo a recibirlas.  Tienen los brazos entrelazados,  se apoyan en bastones y se asisten las unas a las otras, logrando así  un equilibrio perfecto. Caminan lento, muy lento, oigo sus voces un poco más graves y resquebrajadas en animada conversación. A medida que avanzan,  brotan entre mis adoquines florcitas multicolores y mis muros estallan en enredaderas, dándoles la bienvenida.  Las espero ansioso hasta que  logran el centro, entonces el sol ilumina mis salientes de la pared del este, esas que disimulan el pasadizo por donde huyeron una vez, y se acurrucan allí con cierta dificultad. Yo las protejo   —sabiendo que han venido a despedirse—  y suelto sus secretos y libero sus recuerdos. Ellas me honran con risas vibrantes, también ese día, y me preparan para el día siguiente sin ellas. Se alejan siempre unidas, afirmándose en sus bastones.

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Ignoro cómo serán las voces de los nuevos que me habiten, claro que me dispongo a cobijar las costumbres que traigan y los rituales que organicen. ¡Eso sí!, me las ingeniaré para que no sea a las cinco de la tarde; reservo ese tiempo para Martirio, Matilde y Margarita. Cuando mi memoria las traiga, ellas me iluminarán de punta a punta, como  guía para los forasteros y claridad para los elegidos.

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