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domingo, 15 de febrero de 2026

COINCIDENCIAS en veinte segundos, Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)

 

Patricia Hart en la escena del desbande del pueblo en la obra "Fuenteovejuna" de Lope de 
Vega, en el Teatro Municipal General San Martín, de Buenos Aires. Sala Martín Coronado.


COINCIDENCIAS en veinte segundos

Cuento de Patricia Josefina Steinhardt  (Patricia Hart, en Arte)
 

—Hola Benítez, venite ya. Venite preparado.

Ese mensaje grabado por Hugo, lo escuché a las seis de la mañana, no bien salí de la ducha.

Me llamó la atención el  “venite preparado”. Siempre ando bien preparado. Entre la variedad de objetos necesarios para mi trabajo, que me pego al cuerpo antes de salir, está  el revólver en la sobaquera y una funda en la cintura con el silenciador. Él lo sabe. En fin. Fui.

¡Qué cosa las vueltas de la vida!  A nadie se le ocurre pensar que un ex seminarista, con los votos de obediencia, castidad y pobreza en orden, ande por las calles de Buenos Aires armado hasta los dientes. Recordé cómo en el seminario de la hermandad en Córdoba  —en el que estuve pupilo por años siendo chico, como novicio— nuestro confesor nos mostraba ilustraciones de Cerbero, el perro de tres cabezas, custodio del infierno.  Desarrollé una pavura irracional  a los monstruos, a los perros negros, enormes,  con colmillos goteando sangre.  Cuidador de puertas que no deben  ser traspasadas, sin el debido permiso, para salir o para entrar. ¿Por qué pensaba esto mientras iba a lo de Hugo? Hasta hoy,  la imagen de Cerbero, ávido e insaciable de sangre, me produce terror. Cerbero, cancerbero,  me suena a carcelero.

En algunos trabajitos, para no despertar sospechas uso el alza cuello sacerdotal. Todo se me hace más fácil, porque conozco bien la jerga y adopto con facilidad los gestos de benevolencia característicos del clero.   Entre los de la iglesia también informalmente lo llamamos “collar de perros”. ¡Pero si seré estúpido! Recién ahora caigo. Yo, con este cuello, soy un perro guardián. Me reí sin ganas. Pensé: que ironía ser un perro guardián y aterrorizarme con los perros.

Bueno, listo, ya sé por qué asocié a Cerbero. Antes de llegar, tengo que deducir por qué Hugo me dijo “venite preparado”. Me inquieta. Por lo general adopto este atuendo de sacerdote, cuando necesito tiempo extra de análisis, anterior a la consumación de la tarea. La gente al ver un cura, se tranquiliza, baja las defensas, y en ese tiempo, ajusto el plan, cambio algo, si es necesario y  acelero o retardo su ejecución.

Tomé el subte. Sólo una estación me separaba de lo de Hugo. Todos los asientos estaban ocupados. Compartí el pasa manos de la puerta con otros que también estaban de pie. En el medio del pasillo del vagón, una mujer alta, muy blanca, de pelo largo y abultado,  con flequillo, bien vestida, que no parecía estar en sus cabales, hablaba a viva voz, como si se dirigiera a mucha gente en un espacio enorme. En tono de arenga decía cosas sin sentido. Hablaba con desparpajo. Sin serlo, se asemejaba, por las maneras, a un discurso político. Mechaba su perorata con algún giro humorístico elaborado, que sorprendía a los pasajeros y los llevaba a la risa y a prestarle más atención. Los tenía como hipnotizados. Todo esto, me hizo pasar todavía más desapercibido, y a afinar mi alerta del entorno, sabedor de cómo,  en concentraciones de gentes, se planifican situaciones atractivas, que las  distraen de algún episodio “non sancto”,  pronto a ser realizado por  personas de mi especialidad, digamos.

Sentado en el borde del asiento, un tipo pelirrojo, gordito, pecoso, parecía llevar peluca, pero observándolo detenidamente confirmé que era su pelo natural, así, cortito y duro. Dejó  de mirar a la “habladora”  y cruzó miradas conmigo. ¿Sintió que yo lo miraba o me miró para marcarme su presencia? Un ojo entrenado como el mío, detecta el desvío de una mirada que ocurre en milésima de segundo. Y esto es lo que hizo el pelirrojo, “pirinchos parados”. Cruzó mirada con una mujer que estaba sentada frente a él.  Ella, tenía la cabeza gacha. La levantó para contactar con el pelirrojo. Era la única en el vagón, que no le prestaba atención a la “oradora”. Antes que reclinara su cabeza, la giró hacia mí, sin mirarme y observé sus labios gruesos, sobre todo el inferior, la piel muy blanca, pelo muy rubio, atado en una cola bien tirante. Tenía un notable parecido con Liv  Ullman, por lo que me dije, es sueca.

En diagonal a mi puerta y medio abrazando el caño vertical, estaba de pie un sujeto flaco, petiso, con un bigote ralo, el pelo lacio, grasoso pegado a su cráneo blanco, el saco del traje holgado. Seguía a la charlatana con el ceño fruncido y las pupilas de los ojos bien para arriba. Hizo un imperceptible movimiento con sus hombros, como una sacudidita. No le hubiera dado importancia, de no ser, que fue replicado por la sueca y el pelirrojo y que la oradora se desplomó en el piso.

Coincidió con la llegada de la formación, a la estación siguiente, Tribunales, y con la apertura de las puertas. Con el desbande de los pasajeros. Coincidió con los pedidos de ayuda, los gritos de alarma de los que intentaban asistir a la mujer, que convulsionaba en el piso, los pitazos de los guardas, las corridas del personal de vigilancia, coincidió con mis asociaciones de que los cuatro tenían la piel muy blanca, que habían sido ubicados estratégicamente en el vagón, de manera que triangulaban conmigo y entre ellos, coincidió con el replanteo de ese, “venite preparado” , de Hugo, que jamás decía y coincidió que yo comenzaba a entender algo así como una traición. Coincidió con la confirmación de la traición de Hugo, cuando la sueca, rodeó mi cuello en un abrazo, mientras me besaba en los labios con pasión, mientras tapaba con su cuerpo al grasoso, que desde abajo me aplicaba un inyectable letal en la ingle. Coincidió cuando la vigilancia me gritaba que deje de franelear y que desocupe el vagón. Coincidió cuando el pelirrojo puso su espalda contra la mía, manteniéndome erguido y entre los tres me sacaron al andén, como si fuésemos parte del caos general. Coincidió cuando me sentaron en uno de los bancos y me apoyaron contra un pasajero que se reponía de un bajón de presión y que no tenía fuerzas para rechazar mi peso. Coincidió cuando me quitaron la sobaquera, el silenciador, el cuchillo de asalto del tobillo y el celular y me plantaron la documentación como clérigo de un pueblo perdido boliviano, fronterizo a Tartagal.

Coincidió cuando falsos enfermeros llevaron a la mujer en camilla hacia la superficie, y la sueca, el grasoso y el pelirrojo se esfumaron entre la multitud.

Y por último, coincidió cuando sonó el pito de cerrar las puertas del vagón, con los ladridos furiosos de Cerbero, preparado con sus tres cabezas para desgarrar mi cuerpo…dormido…digamos.

 

En la imagen: Patricia Hart en el momento del desbande del pueblo, en la representación de  “Fuenteovejuna”.

 

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lunes, 2 de febrero de 2026

“MAMÁ, TE FELICITO, PORQUE ACTUÁS MUY BIEN” ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte)


Patricia Hart en el personaje de Pascuala en "Fuente Ovejuna"
         de Lope de Vega / Dirección de Roberto Villanueva /
Teatro Municipal General San Martín / Sala Martín Coronado



“MAMÁ, TE FELICITO, PORQUE ACTUÁS MUY BIEN” ANOTACIONES SOBRE LA COMPOSICIÓN Y CONSTRUCCIÓN DE UN PERSONAJE
Por Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart en Arte) 

Te entregan una copia del libreto, en las oficinas del Teatro Municipal San Martín. La obra es totalmente en verso. Tienes muy presente la obra porque la has vuelto a leer, no bien te enteraste de que te han convocado. Es un clásico: “Fuente Ovejuna”, de Lope de Vega. La escribió en 1612. Tienes adjudicado un personaje. Es Pascuala, personaje relevante en la historia, ya que es la amiga del personaje protagónico, Laurencia. 
La versión es una adaptación del arquitecto, Roberto Villanueva, que también oficia de director. Con una trayectoria prolífica y muy reconocida por sus inquietantes concepciones escénicas, en los ámbitos teatrales nacionales e internacionales; cualquier actor estaría más que contento de ser dirigido por semejante personalidad. Es mi caso. 

Comparo la versión oficial del San Martín, con la del libro de mi biblioteca. Con horror, caigo en la cuenta que el adaptador ha eliminado secuencias enteras en que interviene Pascuala. ¡Me quiero morir! ¡Ataque de ego herido! Me dura toda la tarde. Tengo otras ediciones y en todas figuran las escenas completas. Debo desterrar la animosidad que me ha generado semejante descubrimiento antes que comiencen los ensayos, la semana siguiente. 

Invento un sistema que me permite ver si la evolución del personaje, se mantiene en la versión acotada. En una plancha de telgopor, pincho papelitos con los nombre de las escenas, en donde está Pascuala. Me alejo y Eureka! se me insinúa un diseño. Debajo de cada título y en otro papelito de otro color, escribo lo que le pasa al personaje en la escena, lo que hace, para qué lo hace. Vuelvo a alejarme, me quedo sentada un rato largo frente a mi sistema. Ya es un camino, casi que puedo tocarlo. Algo así como materializar la idea, ¿vio? Corto tiras de papel, que intercalo entre las columnas verticales de papelitos. Allí escribo todo lo que se me ocurre que le sucede y afecta a Pascuala entre una escena y otra. Listo. En la adaptación “tijereteada” de Villanueva, a Pascuala le pasa lo mismo que si estuviesen las escenas completas. 


Patricia Hart es Pascuala / Hugo Soto es el Comendador
"Fuente Ovejuna" de Lope de Vega / Dirección de Roberto
Villanueva / Teatro Municipal General San Martín / Sala
Martín Coronado 

Primer ensayo. Quedo fascinada con Roberto Villanueva. Anoto en mi libreto todas sus acotaciones y agrego pareceres propios; casi siempre en forma de pregunta, para pensar después. Nos pide que sepamos de memoria la letra de cuatro escenas. 

En el ensayo siguiente, Roberto nos marca los recorridos de los personajes. En la jerga, nos está marcando los lugares. Los caminamos dos veces y en la siguiente pasada, nos indica decir la letra. Se produce como una inquietud entre los actores. Alguien le pregunta sobre las intenciones de su personaje. Con una sonrisa molesta, él le responde: 

—Concéntrate en tu trayecto escénico. No estamos viendo intenciones. Ya las descubrirás. Es tu trabajo de actor. 

El elenco disimula su malestar. Durante un descanso, en el bar, el grupo a sotto voce, expresa su disconformidad. Se escuchan críticas al modo de dirigir de Roberto. Los menos, entre los que me encuentro, mantenemos una actitud paciente y concentrada. 

Después de los ensayos, en casa, Investigo la época histórica, modos de transporte, clima, vestimentas, comidas, terreno geográfico, organización social, creencias, música, bailes, tareas, oficios, vínculos en el campesinado, el trato a los niños, mitos, enfermedades, festejos. 

Me informo sobre Las Hurdes, en España, provincia de Cáceres, una zona agreste y aislada, con casas de piedra. Supe entonces que mi personaje, como todos los demás campesinos de ese año 1490, tenía la espalda encorvada y la mirada siempre hacia abajo. Una respuesta al sometimiento a los reyes, más que por los trabajos rudos del campo. Eso fue una epifanía. Me puse de pie e imaginé que la fuerza de gravedad era tan intensa que me doblaba en dos y que no me permitía alzar la mirada. Caminé así por mi living, diciendo la letra, realizando distintas actividades por mi casa, como si fuese Pascuala. Le había encontrado la corporeidad. Era Pascuala. 

En uno de los últimos ensayos, a poco del estreno, Roberto, nos agradece y nos da unas palabras de aliento. Y para sorpresa de todos hace público un reconocimiento a mi trabajo, dice: 

—Patricia, realmente has hecho un trabajo notable. Es verdad que he cercenado secuencias enteras de tu personaje, pero lo que haces en escena tiene una presencia que completa y trasciende la palabra. Todo lo que corté, está en tu interpretación. Me has dimensionado la Pascuala que yo tenía concebida. 


Es bueno recordarlo, por lo inesperado. ¿Ustedes piensan que allí finalizó todo? No, después del estreno la mayor de mis sorpresas me estaba esperando. Mi hijo, que en ese entonces tenía diez años, me dio una cartita  que decía: “Mamá, te felicito porque actuás muy bien”.  Tengo su manuscrito guardado.   

PASCUALA, el personaje 
PATRICIA HART, la actriz 
FUENTE OVEJUNA, la obra de teatro 
LOPE DE VEGA, el autor 
TEATRO MUNICIPAL GENERAL SAN MARTÍN, el teatro 
SALA MARTÍN CORONADO, las funciones 
ROBERTO VILLANUEVA, el director