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| Patricia Hart en la escena del desbande del pueblo en la obra "Fuenteovejuna" de Lope de Vega, en el Teatro Municipal General San Martín, de Buenos Aires. Sala Martín Coronado. |
COINCIDENCIAS en veinte segundos
Cuento de Patricia Josefina Steinhardt (Patricia Hart, en Arte)—Hola Benítez, venite ya. Venite preparado.
Ese mensaje grabado por Hugo, lo escuché a las seis de la mañana, no bien
salí de la ducha.
Me llamó la atención el “venite preparado”.
Siempre ando bien preparado. Entre la variedad de objetos necesarios para mi
trabajo, que me pego al cuerpo antes de salir, está el revólver en la sobaquera y una funda en la
cintura con el silenciador. Él lo sabe. En fin. Fui.
¡Qué cosa las vueltas de la vida! A
nadie se le ocurre pensar que un ex seminarista, con los votos de obediencia,
castidad y pobreza en orden, ande por las calles de Buenos Aires armado hasta
los dientes. Recordé cómo en el seminario de la hermandad en Córdoba —en el que estuve pupilo por años siendo chico,
como novicio— nuestro confesor nos mostraba ilustraciones de Cerbero, el perro
de tres cabezas, custodio del infierno. Desarrollé
una pavura irracional a los monstruos, a
los perros negros, enormes, con
colmillos goteando sangre. Cuidador de
puertas que no deben ser traspasadas,
sin el debido permiso, para salir o para entrar. ¿Por qué pensaba esto mientras
iba a lo de Hugo? Hasta hoy, la imagen
de Cerbero, ávido e insaciable de sangre, me produce terror. Cerbero,
cancerbero, me suena a carcelero.
En algunos trabajitos, para no despertar sospechas uso el alza cuello sacerdotal. Todo se me hace
más fácil, porque conozco bien la jerga y adopto con facilidad los gestos de
benevolencia característicos del clero. Entre los de la iglesia también informalmente
lo llamamos “collar de perros”. ¡Pero si seré estúpido! Recién ahora caigo. Yo,
con este cuello, soy un perro guardián. Me reí sin ganas. Pensé: que ironía ser
un perro guardián y aterrorizarme con los perros.
Bueno, listo, ya sé por qué asocié a Cerbero. Antes de llegar, tengo que
deducir por qué Hugo me dijo “venite preparado”. Me inquieta. Por lo general adopto
este atuendo de sacerdote, cuando necesito tiempo extra de análisis, anterior a
la consumación de la tarea. La gente al ver un cura, se tranquiliza, baja las
defensas, y en ese tiempo, ajusto el plan, cambio algo, si es necesario y acelero o retardo su ejecución.
Tomé el subte. Sólo una estación me separaba de lo de Hugo. Todos los
asientos estaban ocupados. Compartí el pasa manos de la puerta con otros que
también estaban de pie. En el medio del pasillo del vagón, una mujer alta, muy
blanca, de pelo largo y abultado, con
flequillo, bien vestida, que no parecía estar en sus cabales, hablaba a viva
voz, como si se dirigiera a mucha gente en un espacio enorme. En tono de arenga
decía cosas sin sentido. Hablaba con desparpajo. Sin serlo, se asemejaba, por
las maneras, a un discurso político. Mechaba su perorata con algún giro
humorístico elaborado, que sorprendía a los pasajeros y los llevaba a la risa y
a prestarle más atención. Los tenía como hipnotizados. Todo esto, me hizo pasar
todavía más desapercibido, y a afinar mi alerta del entorno, sabedor de cómo, en concentraciones de gentes, se planifican
situaciones atractivas, que las distraen
de algún episodio “non sancto”, pronto a
ser realizado por personas de mi especialidad,
digamos.
Sentado en el borde del asiento, un tipo pelirrojo, gordito, pecoso, parecía
llevar peluca, pero observándolo detenidamente confirmé que era su pelo
natural, así, cortito y duro. Dejó de
mirar a la “habladora” y cruzó miradas
conmigo. ¿Sintió que yo lo miraba o me miró para marcarme su presencia? Un ojo
entrenado como el mío, detecta el desvío de una mirada que ocurre en milésima
de segundo. Y esto es lo que hizo el pelirrojo, “pirinchos parados”. Cruzó
mirada con una mujer que estaba sentada frente a él. Ella, tenía la cabeza gacha. La levantó para
contactar con el pelirrojo. Era la única en el vagón, que no le prestaba
atención a la “oradora”. Antes que reclinara su cabeza, la giró hacia mí, sin
mirarme y observé sus labios gruesos, sobre todo el inferior, la piel muy
blanca, pelo muy rubio, atado en una cola bien tirante. Tenía un notable
parecido con Liv Ullman, por lo que me
dije, es sueca.
En diagonal a mi puerta y medio abrazando el caño vertical, estaba de pie
un sujeto flaco, petiso, con un bigote ralo, el pelo lacio, grasoso pegado a su
cráneo blanco, el saco del traje holgado. Seguía a la charlatana con el ceño
fruncido y las pupilas de los ojos bien para arriba. Hizo un imperceptible
movimiento con sus hombros, como una sacudidita. No le hubiera dado importancia,
de no ser, que fue replicado por la sueca y el pelirrojo y que la oradora se
desplomó en el piso.
Coincidió con la llegada de la formación, a la estación siguiente, Tribunales,
y con la apertura de las puertas. Con el desbande de los pasajeros. Coincidió
con los pedidos de ayuda, los gritos de alarma de los que intentaban asistir a
la mujer, que convulsionaba en el piso, los pitazos de los guardas, las
corridas del personal de vigilancia, coincidió con mis asociaciones de que los
cuatro tenían la piel muy blanca, que habían sido ubicados estratégicamente en
el vagón, de manera que triangulaban conmigo y entre ellos, coincidió con el
replanteo de ese, “venite preparado” , de Hugo, que jamás decía y coincidió que
yo comenzaba a entender algo así como una traición. Coincidió con la
confirmación de la traición de Hugo, cuando la sueca, rodeó mi cuello en un
abrazo, mientras me besaba en los labios con pasión, mientras tapaba con su
cuerpo al grasoso, que desde abajo me aplicaba un inyectable letal en la ingle.
Coincidió cuando la vigilancia me gritaba que deje de franelear y que desocupe
el vagón. Coincidió cuando el pelirrojo puso su espalda contra la mía,
manteniéndome erguido y entre los tres me sacaron al andén, como si fuésemos
parte del caos general. Coincidió cuando me sentaron en uno de los bancos y me
apoyaron contra un pasajero que se reponía de un bajón de presión y que no
tenía fuerzas para rechazar mi peso. Coincidió cuando me quitaron la sobaquera,
el silenciador, el cuchillo de asalto del tobillo y el celular y me plantaron
la documentación como clérigo de un pueblo perdido boliviano, fronterizo a Tartagal.
Coincidió cuando falsos enfermeros llevaron a la mujer en camilla hacia la
superficie, y la sueca, el grasoso y el pelirrojo se esfumaron entre la
multitud.
Y por último, coincidió cuando sonó el pito de cerrar las puertas del
vagón, con los ladridos furiosos de Cerbero, preparado con sus tres cabezas
para desgarrar mi cuerpo…dormido…digamos.
En la imagen: Patricia Hart en el momento del desbande del pueblo, en la
representación de “Fuenteovejuna”.
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